Publicado el: Mar, Jul 1st, 2014

UNA LIMOSNITA PARA COMPRAR UN MERCEDES BENZ

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sin medios2Por Mario Serrato/ 

“Durante más de un siglo estos autoproclamados censurados, han llenado con sus opiniones y trabajos periodísticos las páginas de los grandes medios nacionales y continúan dirigiendo la opinión desde la radio, la prensa, la televisión y las redes sociales, sin exclusiones de ninguna naturaleza”. 

Leí con detalle un artículo del periodista Iván Garzón Vallejo en El Espectador del domingo 29 de junio. El comunicador enseña un dato muy interesante: entre 2010 y 2014, salieron de los medios de prensa con mayor difusión en el país, personajes como José Obdulio Gaviria, Ana Mercedes Gómez, “Juan Paz”, Hassan Nassar y Fernando Londoño, el columnista olvidó la pluma camuflada de Ernesto Yamhure.

En su escrito asegura que tales retiros reducen el panorama de la opinión pública. Tanto es así, que en un aparte de su columna escribe: “Pero es inobjetable que las voces críticas han disminuido notoriamente, con perjuicio para los ciudadanos, que ven reducidas las voces que comparecen en el ámbito público en el propósito de formar la opinión pública y la voluntad política”.

También da a entender que la libertad de prensa ésta siendo golpeada, y una especie de unanimismo conceptual ataca las bases de nuestra democracia.

Resulta insólito que un grupo de periodistas o columnistas uribistas, sientan que están siendo marginados de los foros a los que están acostumbrados, y consideren que esto constituye afectación a la libertad de prensa.

También se convierte en un acto de cinismo olímpico hacernos creer  que su posición es diferente a la del gobierno de turno. O que su oposición tiene soporte real. La verdad es que son los mismos neoliberales, con las mismas mañas, las mismas convicciones sobre el mercado e idéntica postura excluyente frente a los derechos de los trabajadores y la equidad social. Su única diferencia consiste en que unos están dentro de palacio y los otros esperan su turno en los clubes sociales.

Durante más de un siglo estos autoproclamados censurados, han llenado con sus opiniones y trabajos periodísticos las páginas de los grandes medios nacionales y continúan dirigiendo la opinión desde la radio, la prensa, la televisión y las redes sociales, sin exclusiones de ninguna naturaleza.

Han incidido en la vida nacional sin la más mínima restricción, es más, algunos de los que hoy manifiestan sus quejas infundadas, se les conoce por su aprobación y apoyo a la censura de aquellos medios o de aquellos periodistas independientes o de posturas ideológicas satanizadas.

Se quejan de que el escandaloso nivel de pauta publicitaria del gobierno termina por crear dependencia de los medios, dependencia que generaría condicionantes económicos y proclividad a la autocensura. La verdad es que ese mismo nivel de pauta lo han tenido los gobiernos anteriores con la misma intensidad y del mismo modo manipulador del actual.

Francamente no he visto publicidad gubernamental en el diario Voz o en Noticias UNO, solo por mencionar a los pocos medios que verdaderamente sostienen una posición no alineada. Tampoco he podido encontrarme esa misma densidad en la pauta publicitaria en las emisoras sociales, comunales, indígenas o populares.

Pienso que el puñado de periodistas que se quejan por no estar en la actualidad en los grandes medios, presenta unos argumentos que tienen por único fundamento el supuesto derecho a permanecer vigentes, el cual, si somos profesionales,  debe apoyarse únicamente en su calidad periodística, capacidad investigativa, profundidad en sus análisis o actualidad de sus conceptos.

Estos personajes consideran que su presencia en los medios más leídos o vistos es una especie de derecho adquirido, quien sabe porque razón natural o ideológica,  la que seguramente creen que les proviene directamente de Dios,  como el poder y dignidades sociales a nobles europeos en siglos pasados.

La verdadera censura de prensa en este país se ha presentado de forma dramática. No mediante inocuas charlas de restaurante caro o influencias palaciegas. García Márquez,  por ejemplo, salió despavorido hacia la embajada de México buscando asilo cuando las tenazas de la tortura de Turbay y de Camacho Leyva quisieron llegar a sus testículos. El actual director de Voz ha sufrido atentados dinamiteros y su antecesor fue asesinado a tiros en una calle capitalina. A varios caricaturistas y columnistas, opositores de verdad, el anterior gobierno les abrió expedientes criminales y unos años atrás, a un periodista y humorista ya legendario, agudo y crítico implacable, lo asesinaron a unas cuadras de la emisora en que trabajaba, una fría mañana bogotana, unos hombres que pertenecían a una organización paramilitar que llegó a controlar el treinta por ciento del congreso de la república y que apoyó, sin escrúpulos de ninguna naturaleza, la elección, reelección y los gobiernos de Álvaro Uribe.

Estos ejemplos anteriores si son evidencia de censura, lo que manifiestan los autoproclamados opositores de hoy, es solo histeria de desempleados que reclaman los privilegios que siempre han tenido y que no han perdido debido a que disponen a su antojo de todos los espacios que esta democracia limitada e ilegítima les ha procurado desde siempre.

En pocas palabras, quieren la atención, opinión y monedas de los colombianos para que sea el pueblo quien limosnee su retorno a lo que nunca han perdido y a la conservación de sus privilegios.

Por otra parte, si sus artículos, opiniones, investigaciones o trabajos periodísticos pretenden convencer a los colombianos de que Juan Manuel Santos es un peligroso comunista agazapado que le cambiará el nombre al país por el de república bolchevique de Colombia y que derrumbará la estatua de Bolívar de su plaza en Bogotá para poner en su lugar una de Estalín besuqueando a Lenin, es mejor que permanezcan en sus clubes sociales bebiendo licor y vociferando en todos los medios que controlan,  mientras añoran el retorno de la seguridad democrática, bazofia de caballista amargado en que ya no cree nadie.

Por eso el título de esta columna: una limosnita para comprar un Mercedes Benz.

 

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