Publicado el: Jue, Ene 16th, 2014

UN FALLO CONSTRUIDO


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Marchas PetroDSC04051Por Mario Serrato/ 

El fallo presenta vacíos probatorios tan ostensibles que el fallador se obligó a llenarlos con institucionalidad. El gran Diderot afirmaba: “El delito no se construye, se descubre”. 

Estoy completamente seguro de que un fallo emitido por una autoridad judicial o administrativa, así represente la institucionalidad, cuando tiene vicios, genera protesta o reacción. Y cuanto mayor sea la masificación de la reacción, más máculas presenta el fallo.
La decisión que marginó a Samuel Moreno de la alcaldía generó una reacción insignificante de sus seguidores. Igual situación, o mejor, ninguna reacción, se presentó cuando la justicia estableció que Londoño Hoyos debía reintegrar al patrimonio público los beneficios obtenidos en la maniobra de INVERCOLSA.
No creo que una sola persona en Colombia discrepe de la sanción impuesta a personajes como Luis Alfredo Garavito, salvo que el monto de la pena sea ínfimo. Del mismo modo en que no existe nadie que se oponga a la sanción impuesta a alguien que asesine a un niño.
Las reacciones a las medidas sancionatorias hacen relación al concepto de justicia que tiene una comunidad. Una sociedad que goza de un alto grado de legitimidad en sus instituciones, poco o nada discrepa de las decisiones de sus instituciones cuando estas sancionan, esto debido a que ellas, cuando obran con rigor,  rinden constante tributo a la legalidad.
En Colombia pedimos lo contrario, es la legalidad la que debe mostrar respeto por la institucionalidad. Así la institución apoye sus decisiones en manifiestas y evidentes injusticias o interpretaciones plagadas de arbitrariedad o cuando solo son una muestra mezquina del poder.
Los actores institucionales pretenden confundir sus actuaciones con la legalidad, cuando muchas veces esa legalidad repele a la institucionalidad.
En el fallo emitido por la procuraduría contra Gustavo Petro, se han presentado manifestaciones que van desde el rechazo rotundo, hasta la censura de personas y medios a la reacción del alcalde y sus seguidores.
El fallo ha generado tantas muestras de inconformismo como muestras de aceptación, lamentablemente el mismo  fallo no ha producido un balance claro entre legalidad e institucionalidad. Así lo demuestran los hechos.
El fallo presenta vacíos probatorios tan ostensibles que el fallador se obligó a llenarlos con institucionalidad. El gran Diderot afirmaba: “El delito no se construye, se descubre”.
La decisión contra Petro presenta unas conclusiones a las que nunca hubiera llegado un fallador objetivo. En el fallo fue preciso apelar a los ladrillos inciertos de la interpretación para construir una gaseosa forma del  descubrimiento.
El fallo se construyó. La responsabilidad se edificó. El dolo se inventó. Y todo esto es cierto, porque el daño nunca se causó.
Sin embargo, por respeto a la institucionalidad, ¿debemos aceptar la injusticia?. Me parece que no. Y para soportar mi criterio me transporto y retomo una conclusión de la declaración de independencia de los Estados Unidos de América:
” La prudencia, claro está, aconsejará que los gobiernos establecidos hace mucho tiempo no se cambien por motivos leves y transitorios; y, de acuerdo con esto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a sufrir, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia mediante la abolición de las formas a las que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, que persigue invariablemente el mismo objetivo, evidencia el designio de someterlos bajo un despotismo absoluto, es el derecho de ellos, es el deber de ellos, derrocar ese gobierno y proveer nuevas salvaguardas para su futura seguridad”.

 

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