Publicado el: Mie, Nov 28th, 2012

Un carriel para Miguel Hernández

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Foto tomada de http://tibiorincon.wordpress.com/Por Marco Antonio Mejía

“Y ahí estaba, prensado por la Philips de Colombia el disco que resaltaba el nombre de Miguel Hernández y la figura de un Joan Manuel Serrat sorprendentemente barbado, en una doble carátula negra que incluía las letras de las canciones y dos fotografías del poeta, entre ellas, aquella que se volvió un ícono: la de su figura de perfil sentado sobre la sierra  Oriolana”

UNO: El cantor y el poeta pastor

Las tormentas de octubre suelen venir con su dosis de descargas que alumbran y sacuden la cadena montañosa del suroeste antioqueño. Entre aterrador y seductor, este espectáculo de presunta ira celeste, iluminaba las riveras del río Buey en la finca la Esperanza, corregimiento de Damasco, refugio que elegí para amortiguar la espera de un paro de maestros que se pronunciaban contra el Estatuto Docente. El cese de actividades nos lanzó a unas vacaciones adelantadas que prolongaron mi angustia para culminar la secundaria en ese incierto año de 1973, que como tantos otros, desplegaba la agitada cotidianidad colombiana, que aún hoy, no cesa de entregarnos una historia ciertamente trágica e impredecible y cuyo fondo se abisma ante el nuevo hecho o la noticia que no deja de parecernos imposible.

Emprendí entonces un viaje a pie con tres compañeros de clase y recorrimos 79 kilómetros hasta llegar al corregimiento de Damasco, en cuyo camino mi padre -como le ocurrió a Pablo de Tarso – perdió la visión en una tarea de volar un obstáculo de rocas con una excesiva carga de dinamita; la explosión lo mandó a una hospitalización de seis meses que lo devolvió huérfano de ojos a la inhospitalidad de la calle.

La fascinación ante la tormenta la adobaba sorteando en el dial emisoras que llegaban en ondas radiales de otras fronteras, cuya audición buscábamos con cierta actitud furtiva para oír las voces de países vedados y que nos atraían por su prohibición: la Cuba castrista que noticiaba el trágico golpe chileno a Salvador Allende y buscábamos también las emisiones en español de radio Moscú que adoctrinaban sobre el paraíso que se ocultaba tras los muros de la Guerra Fría.

La radio -de ampliación modulada, y prestada por mi padre invidente para tener contacto con el mundo- me regaló en la primera noche una canción que escuchamos entrecortada pues la onda iba y venía al vaivén del viento tormentoso. La inconfundible voz de Serrat, el acompañamiento ciertamente sinfónico de los músicos y la letra -que narraba la historia de un niño que se amamantaba con el sabor de las cebollas- le dieron un toque de melancolía a ese instante que nos mostró la existencia de un poeta desconocido para nosotros, Miguel Hernández, descrito en la locución del presentador como uno de los tantos sacrificados de la guerra civil española. Los poetas españoles, algunos al menos, me habían sido cercanos y sus versos cabían con frecuencia en mi memoria; pero en ese octubre, triste y lluvioso, vino uno más, llevando tras de sí tres heridas que entrarían profundamente a nuestra generación y cuyos versos hechos canciones disculparon o explicaron inquietudes de una adolescencia intranquila políticamente y ávida de convicciones y de palabras.

El paro llegó a su fin y pude graduarme de bachiller en los primeros días de diciembre. Mi madre, que sabía latín y le leía a mi padre- el ciego-  pasajes de la Divina Comedia, me sorprendió con el regalo de grado. Rasgué el papel en el que adivinaba la forma de un disco. Y ahí estaba, prensado por la Philips de Colombia el disco que resaltaba el nombre de Miguel Hernández y la figura de un Joan Manuel Serrat sorprendentemente barbado, en una doble carátula negra que incluía las letras de las canciones y dos fotografías del poeta, entre ellas, aquella que se volvió un ícono: la de su figura de perfil sentado sobre la sierra  Oriolana.

Tuve el disco, pero no tenía como escucharlo. La modesta economía familiar no nos daba para el lujo de un tocadiscos y no quería estrenarlo en un aparato ajeno. Así que por unos días me dediqué a aprender sus letras y su contenido se me reveló en metáforas cuya sencillez y hondura, repetí en intentos de versos torpes por su falta de naturaleza y de realidad como la que motivaba a aquel cabrero de Orihuela.

Mi padre completó el regalo y con certeza pudo suplir la carencia en la noche de navidad. Me retiré bajo la rampa de las escaleras donde tenía mi cama y en medio de la rivalidad de la música de parranda que sonaba en la radio de mi padre, escuché por primera vez el disco completo y seguí sus letras que se convirtieron en el pasatiempo de aquel periodo de fin de año. No le alcanzó para un equipo grande, pero me trajo una radiola manual que además era portátil y podía, por ello, escuchar el disco fuera de casa, en virtud de la magia de cuatro pilas que duraban 10 horas hasta que el motor exprimía su energía condensada.

Literalmente molimos el disco. Con mis tres amigos, pasábamos el final de la tarde en el campo cercano, a la sombra de los guayabos que después tumbaron para hacer un seminario y donde en una noche alucinada, vimos pasar al Siete Leguas ante el miedo y el asombro que nunca pudo admitir nuestra racionalidad.

Aquellos poemas satisfacían algunas de las inconformidades de mis compañeros: la sutil incitación o el entramado himno que descubrimos en Para la libertad, el sentimiento de solidaridad reflejado en los austeros cuadros de La nanas de la cebolla y El niño yuntero. Yo en cambio intimaba con la desolación de la Canción última o con el retrato de esa melancolía que todavía cultivo y que magistralmente supo describir Umbrío por la pena. La canción preferida en colectivo era sin lugar a dudas Elegía, porque nos puso a preguntarnos sobre ¿cuándo tendríamos a la tan temida cegadora frente a nuestras vidas? Y además porque allí se anticipó el sentimiento que la muerte de un amigo generaría entre nosotros. Ya dos de aquellos tres compañeros están contenidos en la ausencia que narran aquellos versos.

Me gradué así en aquellas vacaciones en ese primer poemario de Miguel Hernández y con esa sobredosis llegué a la Facultad de Filosofía y Letras dónde otras palabras y otros pensamientos ocuparon mis reflexiones durante cuatro años. No perdió vigencia aquel encuentro con Miguel Hernández y luego las ediciones de Aguilar abrieron su obra completa y la dimensión de este pastor de cabras y palabras se nos hizo más humana. Y por supuesto los años que no solo llegan echando días, sino ausencias, nos llevan con frecuencia ante lo inevitable, a que los versos de Elegía digan lo que no sabemos decir ni precisar ante la muerte que indolente dicta cátedra en nuestras tierras.

DOS: Amancio Prada y el hortelano

Treinta y ocho años después los poemas de Miguel Hernández me otorgaron otra singular experiencia en los territorios montañosos del suroeste antioqueño, ya no bajo el esfuerzo de las ondas de radio, sino con su presencia viva, bajo el obstinado proyecto del alcalde de un pueblo encumbrado en la cordillera central y tan distante de Orihuela, no sólo porque es preciso atravesar la inmensidad del atlántico, sino también porque se requiere ascender hacia la montaña donde se aposenta Jericó, tradicional población que da cuenta de la locura de esa empresa de colonización que levantó poblaciones en las faldas de sus montes.

Esa sensación de “subida al cielo”, angustiosa e interminable, la expresaba entre incrédulo y conmovido, ese juglar de la poesía española, Amancio Prada, que se aventuró a cantar lo incantable: piezas magistrales de la poesía española, San Juan de la Cruz, Jorge Manrique, Rosalía de Castro, poetas anónimos, poetas contemporáneos; pero nunca imaginó que, aceptar esa invitación a rendir un homenaje a Miguel Hernández en un tal Jericó -nombre que le sonó bíblico y a trompetas que detienen el sol- implicaba esa perplejidad de no saber si en algún momento se llegaría por aquella estrecha carretera, asediada por deslizamientos de tierra y derrumbes recién limpiados, a un lugar civilizado, que yo le aseguraba existía allá entre la contundencia de la vegetación y en dónde, se suponía, lo esperaba un pueblo en el cual saberse de memoria, un poema de Miguel Hernández, era cosa cotidiana. Algo en ese camino no encajaba. Nada amortiguó ese ¿cuándo llegaremos? Ni siquiera la imponente presencia de esa pirámide montañosa de Cerro Tusa cuya contemplación implica tener ante sí, la visión, la realidad del misterio mismo.

Amancio Prada, con la generosidad de la amistad y la curiosidad del artista, aceptó ofrecer un recital de la poética española en homenaje a Miguel Hernández, a quien precisamente, en esa última semana de octubre, se le evocaba por el fervor que, en diferentes países, traen las conmemoraciones y que posibilitan una memoria que pone de boca en boca, lo que el día a día olvida.

La idea se le ocurrió al alcalde de Jericó, que en una casual ocasión – por ese interés sobre la situación colombiana en Europa- tuvo la oportunidad de asistir a un encuentro en Orihuela y allí, con su par, acordó hermanarse bajo la sombra del poeta cabrero y avivar la memoria de sus versos en las recordaciones del centenario. Hermandad sin retratos ni afinidades de vecindad, sino de lejanos y antagónicos paisajes, pero unidos bajo el calor de los versos que llegaron de Miguel Hernández a un lejano pueblo y supo hacerse a un buen número de sus seguidores que han sabido cultivarlos y mantenerlos en la memoria; suelen, estos versos, acompañar y animar el camino que acostumbran emprender hacia las Nubes, la montaña que abraza y resguarda a Jericó.

Después de tres horas de viaje, el pueblo se le apareció al juglar así de súbito y ante la visión de su arquitectura se reconcilió con la intranquilidad de la ruta. Los parlantes en la plaza extendían las versiones del Cántico espiritual y una amable y sincera recepción le dio la bienvenida a Amancio Prada, emisario aquel día de Miguel Hernández. En la puerta de la habitación, un caballete, sostenía una copia hecha a mano con la decoración y la caligrafía de un pintor local, del poema de Miguel Hernández los Hortelanos, texto que Amancio Prada llevó a una bucólica versión musical.

“Es una de mis primeras canciones. La hice cuando tenía veinte años. Me llegó al alma porque hace referencia a un mundo de herramientas y de manos…, como fue el de mi infancia y adolescencia rural en mi tierra, en el Bierzo. Recuerdo a mi padre arando la tierra… Solía cantar como sembrando su salmodia en el surco romano recién abierto… Yo era un niño e iba delante de las vacas como guiándolas, haciendo que hacía algo… En aquel mundo, en aquel tiempo, todos teníamos algo que hacer en el campo, había una tarea apropiada a la edad y condición de cada cual. Abuelos, padres y niños; hombres y mujeres. La vendimia, la siega, el acarreo, el cuidado de los animales, la labranza de la huerta… Por aquella senda transcurrieron mis años mozos, con más fatigas que amores. Comprendes ahora por qué se me clavaron los versos de Miguel Hernández. Y ahí siguen, aquí, redivivos cada vez que los canta el niño que va dentro del pecho, del pájaro que hay en la jaula que tengo dentro del pecho”.

Más de mil personas se congregaron en la noche para escuchar el recital y presenciar el acto que trajo una serie de fotografías de Miguel Hernández mientras se repasaba su corta y trágica existencia; luego vino la voz del propio poeta en una declaración que dio en su paso de huída hacia la frontera de Portugal y finalmente el despliegue portentoso de la voz de Amancio Prada que recorrió el poemario musical que ha sabido cultivar. Su cantar envolvió, con sobria intimidad, el recinto del Museo de Arte Religioso, centro cultural que concibió la filantropía y el humanismo del padre Pompilio, quizás el último de los sacerdotes formados por una cultura del refinamiento, cultivador del trato cortés y obstinado escritor de cartas, correspondencias en las cuales acostumbraba dignificar- incluso a un escéptico como soy yo- al destinatario con un respeto y unas palabras que ya han desaparecido de nuestro lenguaje ordinario.

Amancio Prada recibió el elogio y la gratitud de aquella comunidad, que lo acogió entre los suyos con la entrega de un  carriel, tradicional bolso de cuero que acompañó la gesta de la colonización antioqueña. El utensilio realmente es un micro universo de 18 compartimientos en los que tienen lugar un inventario de cosas básicas: espejo, peine, barbera, navaja, vela, aguja, lámpara, aguja, cáñamo, cabuya, silbido, imagen del santo protector, cruz, mechón de la persona que se ama, amuletos, naipes y los dados; todo aquello que se requiere para sobrevivir, defenderse, protegerse, distraer las noches de soledad, atraer la suerte, librarse de los males que acechan los caminos, acompañarse de las bendiciones y los sortilegios necesarios y recordar las ausencias que venían con las largas jornadas que los llevaban más allá de las montañas.

Amancio Prada lució el carriel que le impusieron ceremoniosamente, a la vez que le solicitaron y le encomendaron una misión: llevarle un carriel a Miguel Hernández. Las razones muchas, la pasión de ese pueblo por la poesía, su culto a Miguel Hernández, la simplicidad que les hace grandes y especialmente la naturaleza del carriel que se elabora del cuero del ganado y apoya la labor y la soledad de quienes obran sobre la tierra o se  ocupan del ganado. Ese uso del carriel connota al morral de los pastores, el que quizás tuvo o no tuvo, aquel pastor cuya mirada se perdía en las lontananzas y en las oquedades de las sierras o se complacía en las visiones de la Huerta de Orihuela, mientras llegaban imágenes que esquilaría bajo el signo de su oficio: poeta cabrero.

“En diciembre, dijo Amancio Prada, podré pasar y cumpliré la encomienda”.

TRES: El carriel y el disco

Ese gesto tuvo lugar el 14 de diciembre, hace dos años ya. La encomienda al cumplirse logró unir las montañas del suroeste con las sierras de Orihuela, unió al cantor, al poeta y a los hombres que lo escuchan y lo leen. Hasta allá llegó el carriel para Miguel Hernández. Lo llevó un hombre que se hizo cantor después de una infancia en las huertas y lo entregó para un poeta que fue pastor en los campos y que miró ese instante último de frente, con unos ojos azules que se negaron a cerrarse como si pudiera, vigilante al fin, custodiar y pastorear la muerte.

Ahora en  éste diciembre se cumplen 40 años de mi graduación, no tanto en la secundaria, sino en los versos de Miguel Hernández y veo el disco ajado en un estante olvidado; ya no por carencia, sino por cambio de tecnología, me es imposible escucharlo y más quisiera oírlo, no por supuesto en las versiones digitales, sino en los surcos trazados por la aguja y que saltan entre las frases creando un nexo entre la pena, la cebolla y la libertad. La dedicatoria, escrita en letra pegada por mi madre, sobrevive desfigurada por la tinta en agua que mancha la caratula como una galaxia en nacimiento. Llego al final de estas líneas con esas ganas de volver al pasado, a ese momento de plena rusticidad cuando tomaba la radio transmisora  de mi padre y en acomodarme en algún rincón de ésta casa ya vacía y pintada de ausencias, donde escuché por vez primera un verso alegre de mayo y que abrió, además de las tres, una cuarta herida que no cierra.

 

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