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Publicado el: Dom, Jun 9th, 2013

Septimazo: De tanto andar la Calle Real, ya ni nos enteramos


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marchaPor Luis Carlos Osorio R.

 Como de costumbre, Victoria salió ese martes a encontrarse con su amigovio. Ensimismada en su trabajo como abogada en la procuraduría, no se percató que ése era un día de marchas. En el primer piso de la entidad había tumulto.

Los funcionarios se agolpaban tratando de salir por la puerta lateral y afuera un ruido de vuvuzelas apenas si dejaba escuchar las consignas contra el Procurador.  Victoria no podía distinguir si era por la anunciada suspensión del Secretario de Gobierno, o por los desafueros de su jefe quien había dicho que “el alcalde de la ciudad se la había fumado verde”.

Con dificultad logró franquear la carrera quinta y apenas sí pudo percibir que era una marcha de apoyo a los diálogos de la Habana.  Pero ella poca atención le prestó al asunto.  Tenía el tiempo preciso para llegar al punto de encuentro, una pescadería localizada en una de las calles aledañas al viejo parque de Las Nieves, por la calle 22 con carrera octava, en pleno centro de la ciudad.  La distancia no era mucha, pero el tiempo apremiaba.  Andrés le había llamado veinte minutos antes, para que llegaran al tiempo.  Él laboraba en el edificio de FONADE.

-Mierda, alcanzó a murmurar al llegar a la Séptima-.

Miró hacia los cielos y vio como el edificio de Avianca parecía que se le venía encima.  Volvió su mirada hacia el norte, por encima de esa inmensa mancha blanca que la invitaba a meterse.

Muchas veces había visto marchas en el centro,

-eso es el pan de cada día-, pensó.  Y empezó a marchar contra la corriente.  Al principio fue fácil, logró avanzar una cuadra, pero cada vez la marcha se abría más y más sobre el anden.

“Nos negamos a ser partidarios de la guerra”, se leía en una inmensa pancarta verde.  Sintió una inmensa emoción.  Ella misma había sido una activista del movimiento por los derechos humanos, hasta que su profesión de abogada la llevó a realizar esta labor desde el Ministerio Público.

El vibrado de su celular se confundía con los latidos de su corazón.  Para ella era muy importante encontrarse con Andrés.

-Aló, aló, aló-, gritaba como si fuera una consigna en medio de la marcha. Aguzó los oídos al máximo, pero no lograba escuchar nada.  Sus ojos se encontraron de frente con la máscara de V de Victoria.  Adoraba su nombre, denotaba alegría, felicidad, pero en ese momento veía un rostro inmutable y en perspectiva una multiplicidad de textos que unos con otros no hacían otra cosa que expresar su inmenso rechazo a la corrupción que envuelve a la ciudad y al país.  Sintió una rabia inmensa.  Quería virar, meterse en la muchedumbre.

-¿Y Andrés?-  No era sólo un amigovio, como le decía a sus amigos, tratando de evadir algún tipo de compromiso.  Se sonrió.  Lo conoció dos años atrás en una reunión en la que se discutía la pertinencia o no del Septimazo.  Él prestaba su asesoría a una organización de comerciantes de la ciudad y ella estuvo allí

–Por metida-, pensó, pues para ese entonces sólo acompañaba a dicha reunión a una amiga de la Personería, que participaba en el proceso.

No tenía velas en el asunto, pero asintió cuando se concluyó en ese momento que el Septimazo de los viernes había que acabarlo pues se había salido de todo control.  La inseguridad era galopante, el espacio público lo negociaban por segmentos algunos “dueños” de los vendedores ambulantes, las ventas de comestibles hechos con gas circulaban por la Séptima como una inmensa bomba de tiempo y las actividades culturales, que inspiraron el proyecto, se fueron quedando en el olvido o al libre albedrío de los saltimbanquis populares.  Las oportunidades para el fortalecimiento del comercio formal se las tragó la informalidad, sin que la administración de entonces tuviera garras para administrar una iniciativa que en algún momento fue importante. Y al final, ese descarrilado Septimazo de los viernes se acabó.

Negros e indígenas pasaban al lado de Victoria gritando consignas contra el Estado, que lo acusaban de no ser garante de su pleno derecho fundamental a la Consulta Previa e indicaban que las políticas públicas eran un inmenso propósito sin salida en un libro llamado Constitución.  Al parecer, lo único real en aquel momento era el ejercicio de la movilización que realizaban millones de personas en todo el país.  La Séptima era como una inmensa pancarta sonora y visual de todos sus problemas, con un solo elemento común: el rechazo a la guerra, el clamor por la paz.  ¿Y Andrés?

-Un mensaje de texto-. No sabía porqué no se le había ocurrido antes.  Sacó con precaución su celular y para su desgracia constató que su móvil estaba muerto.

La marcha se había tomado cada centímetro de la Séptima y no tuvo otra alternativa que meterse a un almacén de zapatos que ya estaba inundado de marchantes, cuyos vendedores se veían altamente consternados.  Miró hacia la calle y sólo alcanzó a ver las réplicas de Asprilla marchando hacia la Plaza de Bolívar.

Ni modo.  La marcha era eterna.  Afuera una comparsa refrescaba el ambiente.  Las consignas y las vuvuzelas se detuvieron por un instante.  Salió a disfrutar de las danzas, volvió los ojos y allí, al frente suyo, estaba Andrés mostrándole su celular con un mensaje de texto: “Si la montaña no viene hacia mi, yo voy a la montaña”. Se fundieron en un abrazo y se unieron a la marcha

 

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