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Publicado el: Mar, Jul 31st, 2012

Entre fiestas y dolores patrios:¿Qué nos dejó el Bicentenario de la Independencia?*


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La conmemoración de los 200 años del Grito de Independencia en 2010  propició, para fortuna del país, una reflexión intelectual con horizontes novedosos y amplios hacia la comprensión de ese período histórico, sus antecedentes y repercusiones. Más allá de describir el acontecimiento, contextualizarlo o diseccionarlo, las preguntas ahora ahondan en si se trató de una revolución o una guerra civil donde el pueblo fue la carne de cañón, si produjo alteraciones en el poder o una alternación en los sectores dominantes, si fue la consolidación de  una nación y el nacimiento de un Estado o apenas el inició de su construcción o si las corrientes  avanzadas y justicieras que la inspiraron se ahogaron en una estructura retrógrada que impidió la modernidad. Se cuestionan también los mitos fundadores, su centralismo y clasismo. En las respuestas están las pistas de nuestro presente, aunque en el dominio apartado de la academia y los espíritus críticos.

A la vez, y para mal, el Bicentenario no fue la feliz ocasión para construir ciudadanía y enriquecer la cultura política de los colombianos. Tras décadas de guerra sucia, paramilitarismo y democracia nominal, fueron convocados a multitudinarios espectáculos artísticos patrioteros , como treta  amnésica y legitimante a las pretensiones  del uribismo, período en el que la clase política al servicio del neoliberalismo cercenó y desvirtuó la Constitución y acomodó  las instituciones para prolongar un proyecto autoritario montado sobre la criminalidad y la corrupción, y, fracasada la intentona continuista, para tratar de cubrirse con un ominoso manto de impunidad en nombre de una reforma a la justicia (Junio 2112), es uno de los episodios más vergonzosos de nuestra  dudosa vida republicana, justo al cumplirse 202 años del hito al que se ata su origen.

Nuevas miradas y decenas de libros

La conmemoración motivó una generosa y lúcida reflexión académica y producción editorial en las que se destacan  las universidades. La Universidad Industrial de Santander,  con la dirección de Armando Martínez Garnica, desentrañó documentos esenciales de archivos españoles (12 títulos); la del Rosario, rescató testimonios e incunables invaluables (10 títulos) y editó un hermoso compendio de artículos e iconografía; los Andes,  puso a circular novedosas líneas de investigación (5 títulos); el Centro de Estudios en Historia del  Externado dio a conocer  ricas e innovadoras pesquisas (8 títulos), la Cátedra 200 años, de la Javeriana y el Rosario, divulgó investigaciones diversas y la Universidad Nacional  socializó memorias de eventos, ensayos e investigaciones de gran valor historiográfico, como La Cuestión Colonial, compilación de Heraclio Bonilla, que además de su calidad editorial rescató un tema relegado  en los últimos lustros; Indios, mestizos y negros en la Independencia (memorias); Conceptos fundamentales de la cultura política de la Independencia (compilación) y Recepción de Ideas y construcción de mitos del filósofo Lisímaco Parra, a los que  se suman  una colección de documentos históricos (10 títulos) y los trabajos de investigación auspiciados  por la Comisión Bicentenario (10 títulos).

Enjundiosas investigaciones sobre la coyuntura independentista, desde diversos aspectos y con enfoque novedoso, vieron la luz estimuladas por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (8 títulos), el Banco de la República y EAFIT (4 títulos)  y por el concurso convocado por la Academia Colombiana de Historia (3 títulos), la que editó también lujosos volúmenes conmemorativos. La Sociedad Santanderista reeditó estudios clásicos (4 títulos). La Asociación Colombiana de Historiadores, con la coordinación de Javier Guerrero, realizó su congreso bianual en Bogotá con la magnifica asistencia de cerca de  mil profesionales y estudiantes de todo el país, centrado en la Independencia y las nuevas temáticas de interés de los investigadores. El certamen rindió un merecido homenaje al historiador Hermes Tovar, cuyo discurso y otros textos publicados por los Andes bajo el título La sal del desarrollo debería ser de lectura obligatoria de todos los colombianos. La emancipación también fue el centro de las disertaciones del encuentro de la asociación de historiadores colombianistas. En una labor meritoria, el historiador Luis Javier Caicedo creó y alimentó la página web no oficial ALBICENTENARIO que desde el 2006 hizo el seguimiento crítico a las políticas públicas conmemorativas en Latinoamérica, alertó sobre las intenciones oportunistas del gobierno Uribe de aplazar la efeméride y ofreció amplia información y documentación sobre el hecho histórico y su celebración.

Las editoriales comerciales también aportaron varios títulos novedosos en crónicas, novelas y ensayos. Entre otros, La pasión de la Pola, de Pedro Badrán (Grijalbo), Las locuras pasionales de Bolívar, de Luis Roncallo (Planeta) , El soldado que despareció entre la niebla y 111 historias, de Gonzalo España (Planeta), ¡Vuelvan caras, carajo!, de Rafael Baena (Pre-Textos), El mariscal que vivió de prisa, de Mauricio Vargas (Planeta), En busca de Bolívar, de William Ospina (Norma), Adiós a los  próceres, de Pablo Montoya (Grijalbo) El general y sus centauros, biografía de Santander, de Carlos Bastidas Padilla (Panamericana) , Mujeres libertadoras, de Enrique Santos Molano (Planeta) y La perniciosa incertidumbre, Memorias de Fermín Donaire,  de Alfredo Arango y Juan Lara ( Planeta y Editorial Puente Levadizo). Además  tres libros sobre el período, en el revisionismo hispanista de Pablo Victoria (Planeta); los trabajos para niños de Irene Vasco,  y las compilaciones: 1810 (Tauros), Las independencias hispanoamericanas (Norma), El gran libro del Bicentenario (Planeta) y Crónicas y relatos de la Independencia (Ediciones B). Sin propósito conmemorativo, pero con trasfondo en la guerra de Independencia, en Enero de 2012, fue presentada La Carroza de Bolívar (Tusquets), deliciosa  novela iconoclasta de Evelio Rosero Diago.

Las editoriales independientes FICA (12 títulos), La Carreta -unto con la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia de Tunja (8 títulos) y Desde Abajo (8 títulos), hicieron un esfuerzo notable por dar a conocer teoría, balances y perspectivas de la historiografía crítica, investigaciones y ensayos desde esta corriente y documentos  reveladores en colecciones conmemorativas. Un editor principiante publicó las memorias antibolivarianas del militar estadounidense Ducoudray Holstein, hasta ahora inéditas en español. La Feria Internacional del Libro en su versión 2010 tuvo como invitado de honor al Bicentenario y consecuente con ello abundó en conferencias, talleres, presentaciones de libros, exposiciones, cine y gastronomía relacionados con la efeméride.

El Bicentenario trajo consigo el afianzamiento de nuevas tendencias de la historiografía que implican una versión más plural e incluyente, menos procera y patriotera, que lleva a la ampliación de los temas a investigar hacia la cultura, la vida cotidiana, las representaciones simbólicas y los imaginarios colectivos; que habla del papel de los indígenas, los afrodescendientes, las mujeres y los pueblos, que reconoce a las provincias y habla de independencias, que explica la posición de la gente a partir del estudio de sus intereses y no la rechaza desde los prejuicios, que inserta la Independencia en el proceso más amplio de las revoluciones liberales atlánticas, obliga a estudiar hasta donde éstas fueron causa o consecuencia  y la hermana con la rebelión anticolonial latinoamericana, donde el monumental esfuerzo militar patriota es hecho fundacional; que obliga a revaluar el peso de la crisis monárquica de 1808  -superando el determinismo que le adjudicó Francisco Xavier Guerra-,  Cádiz y la “eclosión juntera”, el retorno de la monarquía y la recuperación sangrienta de sus dominios y, finalmente, la derrota militar y el desistimiento liberal por desgano. Hallazgos e incógnitas que lograron amplia divulgación y asimilación, por  lo menos en los círculos intelectuales  interesados.

Memoria y arte

Se destacó la labor museográfica y de exposiciones. En el Museo Nacional un grupo liderado por Cristina Lleras le dio un vuelco a las miradas sacralizadas para provocar una reflexión  honda sobre las exclusiones y los olvidos en Las Historias de un grito. El remodelado Museo de la Independencia (Casa del Florero), bajo  la dirección de Daniel Castro, modernizó sus contenidos  con recursos interactivos y realizó una sugestiva presentación sobre la estela del Acta de la Independencia. La Biblioteca Luis Ángel Arango (como parte de la Programación del Banco de la República), con la dirección de  Margarita Garrido, nos puso a reflexionar sobre el significado histórico de los conceptos en la muestra Palabras que nos cambiaron,  con la curaduría de Beatriz González mostró la agudeza de la caricatura política en 200 años de vida republicana,  y presentó, con la U. de los Andes, la relación de la cartografía y la política  en la historia en Ensamblando la nación.  La Biblioteca Nacional desarchivó y puso a la vista la fascinante muestra de Proclamas, bandos y hojas volantes 1782-1830 y varias presentaciones digitales temáticas en su web. Las nuevas concepciones  sobre la conservación del pasado y sus proyecciones dieron como resultado atractivas muestras interactivas, críticas, cuestionadoras, incluyentes  y contrastantes.

En lo relacionado con el arte no se pueden quedar por fuera del inventario las versiones del Salón BAT de Arte Popular 2009 y 2010 dedicado a la Independencia, donde artesanos y artistas de las provincias del país mostraron su habilidad y talento. La pieza ganadora del salón 2010, un busto de Bolívar con una lágrima de sangre, fue un mensaje contundente. Durante un año la muestra recorrió las capitales departamentales para que se conociera la obra de esos cultores anónimos. En Bogotá, por iniciativa de la Alcaldía y la revista El Malpensante, tuvo lugar una exposición muy especial. Los mejores ilustradores del continente americano y España recrearon en versión de arte pop algunas de las más famosas pinturas relacionadas con personajes de la Colonia y la Independencia. Un Bolívar flamígero, la “Pola” al estilo de los comics de Marvel  y el rostro despellejado y purulante  de Fernando VII fueron algunas de las osadías. El Museo de Arte Moderno presentó  varias exposiciones sobre la pintura patriótica y la evolución del arte en Hispanoamérica. Propal dedicó su tradicional almanaque a la conmemoración con la reproducción de lo mejor de la iconografía patriótica.

Con textos de William Ospina y la dirección de Omar Porras, el MinCultura presentó la polémica obra teatral Bolívar, fragmentos de un sueño. Por su parte, la Corporación Colombiana de Teatro realizó un festival con obras alusivas al período y a las luchas sociales en Colombia. El cortometraje Pienta!, la hormiga y el coronel, propuesta financiada por concurso por  la Gobernación de Santander, rinde homenaje a la heroica resistencia del pueblo de Charalá que hizo posible la victoria en la Batalla de Boyacá. En Cartagena, con la intervención De la historia nuestra caballero (verso de la canción La rebelión, de Joe Arroyo), el artista perfomance Nelsón Fory, protestó contra la exclusión de los afrodescendientes de la historia patria, colocando pelucas afro a los bustos de los próceres criollos sitos en la ciudad.

La conmemoración en los medios

Los medios de comunicación no fueron ajenos al evento. Con la telenovela La Pola, RCN se la jugó con un producto atractivo y controversial que motivó la mirada al pasado y en su noticiero trasmitió las notas Armando la historia, con atención a hechos poco conocidos o mal difundidos; Caracol, en coproducción con entidades públicas, produjo la serie Viajes a la memoria que puso el acento en los personajes, poblaciones y sucesos regionales desconocidos o ignorados, ampliando el escenario y los protagonistas de nuestra historia. La TV pública, a través de Señal Colombia, presentó varias propuestas entre documentales, notas y crónicas periodísticas y el inefable animado Profesor Super O; la Universidad Nacional trasmitió un valioso ciclo de entrevistas a cargo de Carlos Patiño, otro tanto hizo el MinCultura con los diálogos presentadas por Germán Mejía Pavoni. History Chanell celebró en todo el Continente con Unidos por la Historia, atando los cabos que unen en la diversidad a la patria grande y National Geographic realizó cinco espléndidos documentales sobre facetas fascinantes de nuestra historia.

La Radiodifusora Nacional creó una emisora temática, con noticias, crónicas, radioteatro y recuperación del archivo radiofónico. Una opción multimedia con notas televisivas y radiofónicas y varios libros sobre aspectos diversos de la vida nacional  lideraron las universidades Eafit y de Antioquia, que, en coedición con la Nacional, presentaron una reedición de la contemporánea, parcializada pero imprescindible Historia de la Revolución en Colombia de José E. Restrepo. Los periódicos El Tiempo y El Espectador, además de series periodísticas, realizaron ediciones especiales conmemorativas; la prensa regional publicó en fascículos el libro 1808-1830 La historia de la Independencia de Colombia; Diners y Cromos notas ligeras, Número, El Malpensante y Poder artículos heterodoxos, Credencial Historia la serie Bicentenario y la revista Semana con la Universidad Nacional, 200 años de identidad (5 fascículos) , y con la Alcaldía de Cartagena, Bicentenario de la Independencia de Cartagena (2 fascículos). Varias de éstas iniciativas museográficas y audiovisuales tuvieron su versión digital en la red, algunas de las cuales persisten.

La fiesta oficial

La agenda gubernamental fue liderada por la Alta Consejería Presidencial para el Bicentenario, dirigida por María Cecilia Donato, que, superadas los roces por el intento presidencial de cambiar la fecha y sus pretensiones revisionistas , con la  colaboración  de reconocidos historiadores, realizó en Cartagena un encuentro internacional de especialistas en el período, publicó las memorias y presentó un especial de televisión sobre el mismo; promovió eventos académicos por todo el país y una muestra gastronómica de la época; creó una amplia, valiosa y documentada página web; editó la Historia de la Independencia de Colombia, en dos hermosos volúmenes ilustrados con facsímiles y pinturas de la época, que recogen  ensayos de firmas prestigiosas relativos a Revolución, independencias y guerras civiles y a Vida cotidiana y cultura material en la Independencia.

Con el Ministerio de Cultura, fueron las entidades  responsables de los conciertos musicales  en todos los municipios del país, con elenco especial en Leticia, Amazonas, donde se realizó el acto oficial con presencia presidencial y énfasis en manifestaciones patrióticas. Un mensaje contundente de la orientación gubernamental a la celebración, en un escenario de la teatralización del poder de que habla Georges Balandier. El Ejército por su parte, realizó una espectacular y costosa cuña publicitaria con el mensaje legitimante de su entronque con las tropas patriotas y el pueblo, en una coyuntura adversa generada por los aberrantes casos de asesinatos de civiles presentados como bajas en combate, otro episodio nefasto  de esta reciente guerra prolongada y desquiciada que no cesa.

La Alcaldía de Bogotá adelantó una conmemoración de altura. El 20 de Julio de 2009, decenas de globos ilustrados con reflexiones de pintores renombrados surcaron el cielo abriendo la oferta que incluyó una página web temática, actividades académicas de la Fundación Alzate Avendaño con el IFEA y un seminario internacional al que se sumo la U. Nacional, sobre la Constitución de Cadiz de 1812 y sus impactos, con la presencia de los renombrados historiadores Manuel Chust y Juan Marchena. Además, la apertura de la urna cerrada en el centenario y el cierre de la ofrecida para el tricentenario, un precioso documental tras las huellas del Acta de la Independencia, más de un centenar de notas radiales producidas por Jorge Consuegra, biografías de los próceres, en la serie gratuita de Libros al viento.

Un espectáculo de cierre, el 20 de Julio de 2010, dirigido por  Jorge Alí Triana, tras una alegoría teatral y musical a nuestras luchas, hizo gala de la más avanzada tecnología para convertir la fachada del  Palacio Liévano, sede de la Alcaldía -ampliada con un nuevo edificio bautizado en honor al Bicentenario-, en una pantalla gigante sobre la que efectos visuales desplegaron imágenes representativas del ser colombiano, celebradas con una explosión pirotécnica  multicolor, ovacionados  por miles de personas. Desafortunadamente el carácter progresista de la celebración, contrastó con la corrupción reinante en la Administración capitalina, aupada por un partido de izquierda. En otras ciudades, mientras los pastusos, liderados por el Gobernador de Nariño, Antonio Navarro, exaltaban la lealtad y bravura del realista Agustín Agualongo y repudiaban los desmanes del Ejército Libertador; la alcaldesa de Cartagena,   reivindicaba  al  afrocubano Pedro Romero y a los pardos y negros patriotas de Getsemani.

Independencia: ¿tarea aún pendiente?

No obstante que el período emancipador  abarca más de dos décadas, por el lado oficial, al parecer, se cerró el ciclo conmemorativo de los 200 años de la Independencia. Para el  actual mandatario, Juan Manuel Santos, la celebración coincidió con su ascenso a la Presidencia de la República, algo grandioso para cualquier ego, en particular, si se tienen ambiciones trascendentales. Bien servido, clausuró la Alta Consejería para el Bicentenario, creada tardía y forzosamente por su antecesor Álvaro Uribe. A éste le pasó lo contrario,  quiso torcerle el cuello al calendario de la efeméride, consensuado por los países latinoamericanos concelebrantes, para festejar  en el Bicentenario de la Batalla de Boyacá (7 de Agosto de 2019), la segunda década  del Estado Cumunitario,  con un país marchando firme bajo su liderazgo autoritario y mesiánico. A regañadientes asumió los festejos del 20 de Julio -redimensionados  por la Alta Consejera- y la Corte Constitucional le cerró el paso a su ambición continuista.

En el período de celebraciones fue notoria la ausencia de los partidos políticos tradicionales y de las coaliciones creadas recientemente con sus desmembraciones, más aún cuando  reclaman raíces en esos hechos históricos. La excepción estuvo por las orillas más opuestas del espectro ideológico del país. Uribe y sus áulicos, como ya se dijo, intentó cambiar el carácter y la fecha de la conmemoración y adaptarla a sus objetivos políticos. Prometía comandar una segunda independencia, esta vez de la violencia, en su visión causante de la pobreza, con un proyecto de “seguridad democrática, cohesión social y confianza inversionista”. En confrontación,  un frente de organizaciones sociales dio inició a la Marcha Patriótica por la Segunda y Definitiva Independencia contra la opresión interna y externa, en su análisis,  raíz de la miseria y la exclusión, con una apuesta por la “solución negociada del conflicto armado, justicia social y liberación nacional”. En esa radical contradicción en algo coinciden los extremos con muchos colombianos de a pie, consultados a propósito de los 202 años del 20 de Julio, invocando disímiles razones y significados: no somos independientes.

La ignorancia impide la libertad

Si bien lo expuesto da cuenta de una actividad conmemorativa variada,  enriquecedora, pluralista y de  amplia cobertura, la valoración del impacto de los análisis, las ideas y las propuestas puestas en circulación no es positiva. Varias encuestas  evidencian que un alto porcentaje de ciudadanos desconoce lo que se celebró y su importancia para el país. Un sondeo en varios países latinoamericanos dejó al descubierto un desinterés generalizado por el hecho histórico y su celebración. A la par con ello, en los últimos años, las exigencias de la apertura neoliberal condujeron a reformas en la educación que, tras la apariencia de cambios avanzados en la pedagogía, orientados a estimular competencias investigativas y ciudadanas e integrar materias afines, por el contrario conducen cada vez más a la apatía, la superficialidad, la incapacidad de una lectura crítica de la realidad, la desconexión con los contextos y antecedentes de la vida personal y social, y, en consecuencia, la carencia de capacidad propositiva y compromiso con el cambio. No es de menor la diferencia entre no ser  analfabeto y leer, escribir y expresarse pensando.

Los publicistas del neoliberalismo, extremando la necesidad de que la sociedad colombiana dé un viraje a su perfil profesional y técnico, hacia la formación para la producción para ser mas competitiva, fustigan la importante matrícula universitaria en áreas sociales, en particular de historia. Paradójicamente, en un reciente editorial, el periódico El Tiempo clamaba por recuperar y mejorar esa cátedra en la educación básica, afectada por la política educativa, dado que “Es difícil que una sociedad que ignora su pasado pueda discutir con seriedad y sin intolerancia sus problemas”. Es tal la incoherencia en la materia, que el Ministerio de Educación, responsable del problema al sujetar las metas del milenio a un asunto de cantidad, asumir orientaciones pedagógicas aparentemente progresistas pero sustancialmente ineficaces y confundir calidad con disponibilidad de tecnología, fue la entidad pública que desarrolló una de las agendas conmemorativas más interesante, pedagógicamente innovadora, pluralista y deliberativa a través del Foro Educativo Nacional, el concurso 200 años, 200 preguntas y la iniciativa Colombia Aprende con el Bicentenario, apoyada por un maletín didáctico entregado a las escuelas del país que es un verdadero tesoro de recursos escritos y audiovisuales sobre el período independentista y sus diversas manifestaciones. Esfuerzo que ameritaba continuidad. Pero ¿historia para qué?

La crisis ocasionada por la estrafalaria reforma a la justicia (junio de 2012) nos develó como un país políticamente analfabeto y, por ende, el rotundo fracaso de la  formación para la ciudadanía. Si por un lado fue notorio el impacto de la movilización de algunas organizaciones no gubernamentales y los medios en la indignación pública y  el frenazo en seco gubernamental, la pregunta de cómo en una democracia pasa algo tan grave queda en el aire. La vigencia de un régimen político clientelista y mafioso es posible, en la medida en que existe un electorado que lo legitima, bien por corrupción o por ignorancia, y en ambos casos es palmaria la carencia de ciudadanía, es decir de un comportamiento formado, ético y participativo, por tanto autónomo, frente a lo público y el ejercicio de derechos. Formar políticos y servidores públicos eficientes y honestos, a favor de una democracia real,  también sería tarea de una educación de calidad.

Patético que un Congreso apruebe una reforma venal, que la Justicia la negocie, que el Ejecutivo la consienta y, ante la reacción, la acabe amañando la Constitución y la Ley, y que la gente  sea incapaz de una interpretación sistemática del asunto, se aliviane con cualquier excusa y éste a expensas de los afanes cortoplacistas e interesados de los medios, en este caso no por ello menos positivos, o de las salidas intrépidas. Con contadas excepciones, la “clase política” da asco. La noción del político como el representante más idóneo y transparente de los intereses de la sociedad fue tergiversada en favor del taimado vividor.  En ese aspecto, doscientos años de vida republicana nos han servido poco. Será que “cesó la horrible noche” o apenas conocemos la “libertad de ublime”.

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*Síntesis de un trabajo que con el mismo nombre realiza una amplia revisión crítica de la producción cultural y científica alrededor de la conmemoración, en la historiografía, la museografía, la industria editorial, la academia, el arte y los medios de comunicación.

** Politólogo, abogado, investigador social y periodista.

 

 

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