Publicado el: Mar, Abr 2nd, 2013

¿Porqué los jóvenes se van a la guerra?*


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Foto LCOPor Luis Carlos Osorio Rendón/ @lcarlososorio/

“Mambrú se fue a la guerra, /¡qué dolor, qué dolor, qué pena!/ Mambrú se fue a la guerra/ no sé cuándo vendrá”.

Tengo que confesarlo, no presté servicio militar. Era mi último año de secundaria y al colegio llegó la citación para que todos los jóvenes nos presentáramos a la semana siguiente al batallón de reclutamiento.

Mi padre se puso pálido al escuchar la noticia y en la noche “cuchicheaba” con mi madre; era una charla interminable, con un murmullo que no dejaba dormir. Al día siguiente, se reunió con muchos de los padres de mis compañeros de promoción. Fue “Tista”[1] quien me dijo que los papás estaban hablando con el papá del “gato”, un ex capitán del ejército, quien nos conseguiría la libreta, por cinco mil barras cada una.

–¿Cinco mil? Atiné a preguntarle.

–Si llavería, me dijo.

–Prefiero enrolarme, le contesté.

-Eso haré yo, me dijo con tristeza.

Mi padre solicitó un préstamo en la fábrica, sacó sus pequeños ahorros de la “natillera” y sufría en silencio con mi madre, no sólo ante la posibilidad de verme marchar al ejército, sino pensando en la forma como pagarían la deuda y en cómo sus sueños quedaban suspendidos en un limbo. Aún no me decían nada.

–¿Y si se lo llevan, nos devolverán la plata? Le preguntó mi madre.

–No se lo van a llevar, le respondió mi padre con certeza.

Me llamó y me colocó una manilla de cuero en la muñeca.

–No te la podés quitar hasta que te diga.

Con el tiempo, la manilla se fue volviendo un fleco, hasta perderla sin que me diera cuenta. Cinco mil pesos fue el costo para evadirme de la guerra.

Era una larga fila de jóvenes desnudos –recuerdo-, muchos llevábamos manillas de cuero en nuestras muñecas; caminábamos como hacia el cadalso, cubriéndonos los genitales con las manos. Tista me miró después del examen, con rabia y con angustia. Dejé de verlo por años, aunque mi madre me mantuvo muy cerca de su historia.

Fue decisión de mi padre que no fuera a la guerra. El fue hijo de la primera generación de la violencia reciente de Colombia, de esa iniciada ad portas de la década del cincuenta, cuando la gente se mataba por el color de un trapo, sin tener muy claro las ideas que representaba.

Con el tiempo, he descubierto que este relato bien podría escribirlo cualquier joven colombiano. En un estudio realizado por la OIT se dice que “La adolescencia es una época de vulnerabilidad, con las incertidumbres y las turbulencias del desarrollo físico, mental y emocional. Es también el tiempo de las oportunidades de una libertad mayor, del desarrollo de la comprensión de la propia identidad y del lugar en la comunidad y en la sociedad, y de una nueva capacidad para hacer escogencias y asumir responsabilidades. La etapa de la pubertad, durante la cual muchos de estos jóvenes se enrolaron, se caracteriza por sentimientos de oposición y resistencia a la autoridad y a las estructuras de poder en las familias, la escuela y el Estado. Además, es un tiempo en el que la injusticia y su inaceptabilidad se sienten fuertemente. Las razones por las que los jóvenes se enrolan en las fuerzas armadas y los grupos armados reflejan todos estos aspectos de esta etapa específica de la vida”[2].

El padre de Tista tampoco quiso que él fuera a la guerra; simplemente no tuvo cómo evitarlo. Su hermano menor, en cambio, dos años después, desapareció de su casa apenas terminando su bachillerato. En su carta de despedida le decía a su madre que se iba a luchar por una vida mejor para él, para sus hijos y también para su hermano. Que sólo le pedía a Dios que nunca tuviera que tropezarse con Tista. Y Dios le atendió el ruego, pues apenas llegó al frente de batalla, recibió una bala en la columna que lo dejó parapléjico.

-Son los costos de la guerra, fueron las palabras del “gato”, quien ya hablaba como su padre, me dijo mi madre.

Pero los costos de la guerra son muchos más. “De hecho, para el próximo año se destinarán $21,5 billones, la mitad de lo que el país invertirá en los próximos años en infraestructura y en la entrega de 273 kilómetros de dobles calzadas”[3]; esto, sin contar los cientos de millones que muchos colombianos pagan en “manillas”, tratando de hacerle el quite a la guerra.

Victoria y Euclides también pensaron, en algún momento de sus vidas, en irse a la guerra. Victoria daba sus primeros pinitos como militante de izquierda y “los jefes la inducían a que diera el paso”. Estuvo a punto de irse a la montaña, en un momento de idilio con Iván, uno de sus compañeros, pero sus afectos por el camarada fueron desapareciendo, al igual que su interés por empuñar un arma. Ella nunca estuvo segura y hoy lo ve como un asunto de adolescencia, de romanticismo, aunque piensa que siempre hay razones de fondo para irse a la guerra pensando en transformar la realidad del país.

Euclides, por su parte, siempre estuvo atraído por las armas, el color verde olivo, la elegancia de los militares. Su tío, un viejo general de la república siempre fue su referente, pero su padre le dijo que prefería que se ganara la vida con “la cabeza”. En su pragmatismo, Euclides siempre ha visto a las fuerzas armadas como una empresa que da oportunidades, donde los mandos, si bien llegan “por relaciones”, ascienden por méritos en una espiral que puede terminar en la cúspide. Es una empresa que da seguridad laboral, académica, social, pues uno se jubila cuando la vida está joven. Pero pesaron más en él los consejos de su padre.

En el texto citado, también se dice que “La mayoría de las personas jóvenes que se involucran en la guerra lo hacen porque hay conflicto armado. Esto es tan obvio que ha merecido muy poca consideración como un factor causal en este involucramiento” (Dumas y De Cook -2003, p. 25)[4]. Sin embargo, ningún país puede mantener a sus jóvenes en una guerra perenne. Por eso, el sólo gesto de reactivar o desarrollar diálogos de paz con los actores del conflicto, debe ser un elemento esperanzador para todas nuestras generaciones.

Pero este elemento ha sido desestimado en Colombia por algunos de nuestros políticos que consideran que cualquier intento de paz no es otra cosa que una estrategia reeleccionista que beneficia a Santos e incluso a Chávez, reencarnado en Maduro. Otros mas primarios, imbuidos por cierto lenguaje castrense, piensan que “Hacer acuerdos de paz con traficantes, bandidos, asesinos, es un absurdo. Creemos que hay que derrotarlos primero militarmente para poder someterlos y luego dialogar”[5] (sic).

El hermano de Tista, en su silla de ruedas, piensa que antes la gente se iba a la guerrilla por convicciones políticas, a pesar de su juventud.

–Eso ha cambiado, dice.

-Yo me fui a la guerra a hacer una revolución. Tista, a pagar un servicio y a “perseguir los fantasmas de los ricos”.

-Los jóvenes de hoy se van a la guerra porque ven en ella una opción laboral. La guerrilla, al igual que los paramilitares y el ejército pagan a sus hombres. Entonces,

-¿quién le va a pagar a varios cientos de miles de combatientes regulares e irregulares si viene la paz? Tista le hace un gesto de silencio y le riposta:

–¿Con cuántas más generaciones y con qué otro trozo de país tendremos que acabar para que nuestros padres y nuestros hijos puedan vivir en paz?

La guerra no se gana con más guerra, parece contestarle Victoria a Tista. Desde hace varios años es maestra de secundaria en un colegio de la capital y su juventud le permite codearse con sus estudiantes como si fuera uno de ellos. Para ella, las razones por las cuales los jóvenes se van a la guerra se conjugan como los elementos de una receta de cocina: desintegración familiar, desempleo paterno, bajos ingresos familiares, alcoholismo en el entorno familiar, consumo de drogas, corrupción; la existencia de bandas, de violencia escolar,  de emisoras de radio viscerales y una televisión que hace apología y fomenta la violencia. En fin, una larga caminata a ninguna parte,,,, y para colmo, sin vías. Y listo: el muchacho aún adolescente, está ávido de propuestas.

-¿Qué más puede esperarse de un joven inmerso en un entorno que no le ofrece nada, mientras algunos políticos le dicen al oído que tal vez la guerra se arregla con mas guerra?, dice el hermano de Tista.

A mi madre, como a la de Tista, le daba escalofrío pensar que hoy podría estarle entregando un hijo a la patria, y mañana podría estar recibiendo un ataúd.

-Si pudiera devolver el tiempo, mis hijos jamás hubieran ido a la guerra, dice la madre de Tista.

-¿Y quién dice que los jóvenes se van hoy a la guerra? Pregunta Victoria en una reunión de padres.

-Tal vez los del Norte de Bogotá, los del Sur de Cali o quienes viven en las colinas del Poblado, en Medellín, no perciban que vivimos en guerra, pero… Ustedes saben que en estas ciudades también hay comunas, siloés o barrios marginales como Ciudad Bolívar.

– La guerra la tenemos aquí, de esas puertas para fuera. Por eso hay que hacer la paz ya. Nadie busca guerras ajenas para pelear. La mejor manera de pelear la nuestra, es acabarla.

 


[1] Todos los nombre utilizados en este relato han sido cambiados

[2] Jóvenes soldados y combatientes ¿Porqué van a la lucha?. Pdf pág. 18

[4] Citado en jóvenes soldados y combatientes…

[5] Texto citado Vanguardia Liberal

* Fotografía tomada de la página web de ANNCOL

Displaying 3 Comments
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  1. olga luz dice:

    Bella crónica que inaugura una nueva perspectiva de este género al partir de las propias vivencias del autor pero las trasciende, por lo cual le doy mis mas sinceras felicitaciones. Lo único que la cambiaría es la foto del autor, por una mas sexi.

  2. Alvaro dice:

    Creo lo mismo. Que mucha gente como en la vereda, busca tomar las armas como una solución a sus problemas económicos. y para sobre salir en su comunidad…. La paz no se hace con más guerra. la paz se hace escuchando sus adversarios y cediendo terreno, no imponiendo reglas que solo benefician a una sola parte….. ceder y compartir es la solución. Buena crónica Luis Carlos

  3. ¿Como le hago para no ser reclutado ?

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