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Publicado el: Jue, Sep 27th, 2012

Plan Nacional de Cultura. Una década después (2)

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El Plan Nacional de cultura expresó así sus motivaciones:
“Este Plan es una propuesta de largo plazo. De largo aliento. De larga duración. Una propuesta que convoca las memorias de los colombianos y de quienes sin serlo aportan a la construcción de la Nación. Una propuesta que convoca sus utopías. Que renueva sus solidaridades. Las alianzas que consolidan los sueños y que nos dan la alternativa de trascender creativa y pacíficamente las violencias que hoy hacen que millones de personas tengan miedo.El Plan nos impulsa a pensar el país en medio de la incertidumbre. Nos hace soñar en medio del cerco. Nos alienta a comunicarnos cuando el derecho a expresarse libremente está amenazado. Nos empuja a movilizarnos en un momento en que vastas zonas del país están penetradas por el miedo que tiende a replegar.
El Plan tiende puentes y comunica corrientes fuertes y profundas que construyen Nación aquí y allá y nuevos movimientos que están cambiando las formas tradicionales con las que hemos manejado los conflictos. Así mismo, el Plan acoge, pero también propone, alternativas de convivencia en las que la diversidad ideológica y política pueda expresarse libremente y en paz.
El Plan como decíamos es una apuesta. Una apuesta dirigida hacia la construcción de una ciudadanía democrática cultural. Una ciudadanía con el poder de expresarse sin temor y en comunión con los otros.
Una ciudadanía plural. Una ciudadanía de sujetos que reconocen, que acogen, que celebran aquello que nos identifica y nos hace pensar distinto. Una ciudadanía que no sustrae la diferencia. Que no la diluye. Que no avasalla. Una ciudadanía que diversifica lo público. Que lo amplía. Que lo enriquece.
Una ciudadanía democrática. Una ciudadanía que no se impone. Que no decide unilateralmente. Que forja acuerdos y construye desde los desacuerdos. Que eleva nuestra responsabilidad con el proyecto colectivo de Nación. Una ciudadanía que implica que los sujetos, desde sus especificidades, accedan y sean interlocutores de otros en los espacios públicos y en los escenarios de negociación y decisión. La pluralidad que reconoce el Plan parte de crear esa presencia y acción concreta en la vida política.
Este Plan habla de un país para ser construido entre todos y convoca todas las fuerzas para hacerlo incluyente.
Este Plan es para construir lo nacional colectivamente. Su condición de ser Plan Nacional refiere más un propósito colectivo que algo dado. Tenemos que hacer el Plan Nacional, pero también tenemos que forjar lo nacional con el Plan y tejerlo con sus múltiples memorias e identidades…
…Por último, éste es el Plan Nacional de Cultura, pero también es el plan de las culturas. Y si se quiere el plan de las contraculturas. Su apuesta aspira a profundizar el diálogo en y entre las culturas y alentar entre ellas nuevos procesos de reconocimiento mutuo abiertos al cruce, la fusión y la mezcla.
Con este espíritu, el Plan nos convoca a todos a trabajar, recordándonos que no es solamente un Plan del Estado, sino un Plan de la sociedad con el Estado, que habrá de servir de referente para los procesos socioculturales dirigidos hacia la construcción de ciudadanía democrática cultural.” (*)
La experiencia trascendió su propósito; tuvo de agregado, más allá de la gestión, la visibilización de un movimiento que asumió abordar una reflexión y trazarse un conjunto de tareas para enfrentar, desde las rutas culturales, la crisis de una nación asediada por los males que se encunaron en su realidad. Pero pasados los momentos de participación, trascurridos los días de debate, entregados sus contenidos a un equipo multidisciplinario que acertara en su formulación, publicados finalmente en sus contenidos y socializado fantasmalmente, en esporádicas convocatorias que pasaron de largo por las regiones, el Plan quedó sumido a su realidad de ser un texto empotrado en las oficinas; el monitoreo, el seguimiento y el ajuste se quedó como grafía impresa. Los miles de participantes que contribuyeron a su construcción, desmovilizados cada quien en sus territorios, ocupados en la gestión que debían atender en sus localidades ó entregados a sus ejercicios creativos, no volvieron al ejercicio colectivo de analizar y revisar lo que había partido desde sus cercanías y se tejió para unirse al hilo de Ariadna dispuesto para salir del laberinto, en el cual, se habían  extraviado los caminos comunes de nuestra aspiración cómo nación. La ruta que se ofrecía como orientación cultural y como vocación para la convivencia, quedó relegada quizás por el vértigo de los acontecimientos que abarrotó, el día a día, en la asombrosa cotidianidad  país.
El debate no se dio. Su realidad y puesta en práctica se reflejó por su razón de ser como la carta de navegación del Ministerio de Cultura. Al asumirse como política de Estado, se apoyó en la normatividad para hacer viable los consensos, motivar la participación, promover la inclusión y, en especial, ha logrado mantenerse en las políticas públicas que se reflejan en el Plan Nacional de Concertación y Estímulos a la Creación y la Investigación.
Los principios del Plan dieron cuerpo a muchos de los planes regionales; su esencia se ha interpretado como piel que cubre las políticas locales, ha sido base para la construcción de los planes de desarrollo, ha tenido sus versiones en la formulación de los planes departamentales que, en Antioquia y Medellín, se elaboraron en busca de acertar en las especificidades y necesidades que no se interpretaban en el Plan Nacional, por lo cual se requería una formulación diferente que acertara en el contexto de nuestra realidad local.
El dialogo del Plan se ha dado a través de las estrategias concebidas, pero no alcanza la dimensión de universalidad propuesta en su filosofía de ciudadanía democrática. La conexión para platicar en un escenario abierto, se rompe ante las estructuras mismas del oficio de estado, los  accesos a ese escenario se llenan de obstáculos difíciles de romper.

(*) Plan Nacional de Cultura, 2001-2010.

 

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