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Publicado el: Mar, Sep 18th, 2012

Plan Nacional de Cultura: Una década después (1)

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Por Marco Antonio Mejía
Han pasado ya más de diez años de formulación y vigencia del Plan Nacional de Cultura. Para su definición se acogió una premisa en diálogo con el matiz que dio al sujeto de la modernidad la figura de ciudadano en correspondencia con la trasformación urbana y la asignación de ciudadanía al colectivo de comunidades : “Hacia una ciudadanía democrática cultural. Un Plan colectivo desde y para un país plural”. Ésta connotación que subtitula el Plan, insinúa el proceso que se acogió para su construcción: la consulta colectiva y la participación plural de los sectores. El punto de partida quiere ser inequívoco, alude a los desarrollos culturales concebidos en las formulaciones impulsadas por la UNESCO y por las diversas organizaciones internacionales dedicadas a las reflexiones sobre la cultura,  a la concepción y el acuerdo de estrategias, y al impulso de políticas que se convocan para adopción multilateral en los países que se acogen y expresan su voluntad de alinearse en torno a éstos principios.
Se destaca la vocación de futuro y el compromiso de la figura ya señalada del “ciudadano”  -hoy tan planetaria en su realidad nombrada, pero tan local en su realidad múltiple- que protagoniza su participación en  la construcción del Plan y las responsabilidades que le corresponden para su desarrollo. Ungido en su intención y dotado de su vocación democrática el Plan se propone cómo una “ruta”. En ese sentido es por lo tanto una alternativa, entre otras rutas de gestión que dialogan con los señales de ruta del Plan.
Los caminos que se trazaron, para definir los horizontes de esa ruta imaginaria, confluían desde todos los rincones del país. La modalidad de los Foros se propuso como la punta de lanza y tuvo su origen como una unidad de base en el espacio local, en los municipios, convocados todos para ir escalando luego hacia los Foros Departamentales y Regionales y confluir  en un gran Foro Nacional. La gestión de convocatoria y de orientación de su dinámica logró que más de veinte mil personas participaran en las mesas de trabajo para cavilar en torno  a unas preguntas esenciales que inducían a revisar diagnósticos, renovar inventarios, recoger experiencias, ampliar visiones, acumular saberes, actualizar conocimientos, atender saberes.
Merodeaba en el ambiente nuevas formas del conflicto y de la violencia en Colombia. Los barrios populares fueron acordonados por los “combos” que  impusieron fronteras ni tan tenues, ni tan invisibles, justificadas como defensa en unos territorios que escondían formas complejas de la guerra. El tráfico de armas se intensificó para dotar los bandos de orientación paramilitar o guerrillera y definir posiciones en las periferias urbanas; a la vez  se extendía un reposicionamiento de los mercados del narcotráfico, los carteles suprimieron las figuras de los capos visibles y se organizaron bajo estructuras con un alto poder de penetración y de influencia en los organismos y en las instituciones del estado: la policía, el ejército, los órganos de la justicia, las  administraciones locales y departamentales, las representaciones en las corporaciones legislativas. La corrupción, instalada en los principales campos de decisión, creció intocable y fortalecida por la alianza y la complicidad de fichas claves en todas las esferas sociales. La guerrilla se dispuso a mostrar su capacidad de fuerza afectando en sus incursiones a la población civil. Todo esto obligaba a sostener, en el fondo de las reflexiones, la presencia del conflicto y a volver sobre la cuestión de la construcción de país, porque la secuencia histórica evidenciaba que, la nación, era un proyecto inconcluso de esa modernidad que entró en pedazos en nuestra configuración social.
No fue nada fácil, algunas convocatorias enfrentaron circunstancias de obstáculo, entre ellas los silencios impuestos por amenazas que censuraban todo tipo de indagación sobre la realidad, por ésta razón el análisis de lo social que se requería para comprender la acción de la cultura en medio de aquella época de penuria , reflejaban la polarización a la cual el país dio puerta abierta. La imposibilidad de movilizarse por las zonas tomadas como escenario del conflicto impedían la realización de tareas locales y la imaginación debió buscar tácticas que posibilitaran el encuentro en los sectores urbanos, condicionados por fronteras del terror. La agrupación Barrio Comparsa que reunía entre sus integrantes a un colectivo conformado por muchachos de los diferentes barrios de Medellín, logró, con sus recorridos artísticos y su fanfarria de calle, romper cercos en sus zonas de influencia para gestionar el encuentro barrial que aportó su experiencia al Foro Municipal.
De esa y de muchas otras maneras las voces llegaron a los espacios de discusión y construcción de un Plan que se entendió, debería incluir, no solamente estrategias, metas, aspiraciones, anhelos, modelos de concertación, sino también una comprensión de la compleja realidad que heredaba un pasado histórico que no pudo, en doscientos años, conjurar sus guerras  y, ese pasado, enfrentaba un presente camuflado en el discurso de un desarrollo indiferente a la condición humana para encaminarse hacía un futuro que debía, para entrar a las veleidades de la internacionalización de la economía, sacrificar el derecho social de sus ciudadanos.
Entre esas líneas en rojo, que esbozaban las circunstancias del país y a su vez la tendencia del panorama mundial, se estructuró el Plan Nacional de Cultura. Su ejercicio hizo lectura de unas realidades que dan contenido a su presentación, introducción y postulados. Un mapa de confluencias que delineaba los ecos de las regiones, un encuentro de sensibilidades que palpaban la realidad desde sus vivencias, un reconocimiento de las diversidades y por lo tanto de las identidades en las cuales el uno es en sí y es en el otro; un dialogo de imaginarios deseosos de nutrirse con la riqueza de su simbologías; en fin una gestión colectiva dio cuerpo a sus motivaciones y concretó los postulados y las propuestas que llegaron a la mesa nacional en un ejercicio integrador y aleccionador.

 

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