Publicado el: Lun, Dic 1st, 2014

“PIZARRO TENÍA QUE MORIR”


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CarlosPizarroPor: Héctor Pineda S.

El estropicio de las picas y palas removiendo la lápida con las inscripciones y símbolos de la extinta agrupación guerrillera, como el cimbronazo con el fémur contra el cráneo propinado por el simio en proceso de hominización, de tierras de monolitos prehistóricos descrito en el libro de Arthur Clarke, abandonado en la aldea triste de la Cordillera Central dejada atrás en el éxodo hacia la vida civil, perturbaron el silencio del cráneo hueco reposado sobre la seda desecha por la humedad de veinticuatro años en el mundo de los muertos.

La proximidad de retorno al universo de los vivos, obligado por las decisiones de los fiscales investigadores, de repente,  le asustó. Imaginarse volviendo en cuerpo y alma a los dolores en el instante en que se le derramó la vida por los orificios certeros de las balas de una subametralladora disparada por la mano entrenada de un sicario recién salido de la pubertad, le estremecieron toda la fantasmal humanidad. Recordó que el arma fue fundida y repasó asuntos pendientes de la noche antes de ser asesinado.

Durante toda la noche, enredado en el insomnio, repasó de memoria los textos de las propuestas que le acompañarían durante el debate que abriría en la Plaza de la Paz de la ciudad de Barranquilla. Sabía que en ese rincón de la geografía colombiana, días antes,   el oficial de la Policía Socha Salamanca, había desactivado el plan que se organizaba para asesinarlo. Armas, fotos y referencias de prensa fueron los indicios que sirvieron para judicializar a los que habían alquilado una habitación en un hotel del centro de la ciudad, desde donde planeaban el atentado.

Repasó una a una todas las instrucciones que le ordenó al encargado de la seguridad, en un intento por extraviar la conspiración que se había echado a andar para matarlo. “De ahora en adelante, mis movimientos deben permanecer bajo total secreto y se cambia el itinerario de mis viajes”, dicen que ordenó al anillo de seguridad más pegado a su cuerpo, comandado por un ex guerrillero con el apodo del personaje de televisión, campeón de artes marciales, que vestía a la usanza de los vaqueros rústicos del lejano oeste. La orden, como una cascada de palabras precisas, bajó hasta el séquito de guardaespaldas. Cuando la orden llego al oído de los escoltas agentes secretos del DAS, como la rueda  desdentada del engranaje, la instrucción se detuvo. “¡En mi escritorio, en 24, necesito el itinerario de Pizarro  o quedan despedidos!”, dicen que exigió el jefe de la secreta. Un testigo, asesinado años después, afirma que impartida la implacable orden para averiguar los movimientos de Pizarro, se hizo la llamada al jefe paramilitar que revelaría, en un reportaje macabro, algunos de los pormenores  del asesinato sucedido en un avión en pleno vuelo.

La noche del día antes del asesinato, soñó correteando con sus hijas,  María José y María del Mar, en un valle sembrado de trinitarias moradas y siete cueros de hojas metálicas. Contempló la foto en blanco y negro, abrazados con eternizada sonrisa. Recordó que un hijo varón venía en camino. Se imaginó con él, dibujando con trazos firmes faunas marinas de peces fantásticos de mares desconocidos, con la que divertía a los niños campesinos que se topaba en su camino de guerrero. Seguramente eran los dibujos de la fauna paterna de los mares remotos que navegó en sus años como Almirante de la marina. “¡Comandante, hora de marchar!”, dijo la voz que lo sacó de la ensoñación. La puerta, hacia el destino trágico, se abrió. “Pizarro tenía que morir”, confesó el autor material. Los determinadores siguen libres. ¿Hasta cuándo?

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