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Publicado el: Lun, Sep 17th, 2012

PERIODISMO EN AÑOS ACIAGOS: Homenaje a colegas y amigos ausentes

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Por: Guillermo Segovia Mora

Los últimos veinte años del siglo pasado fueron muy dolorosos para Colombia, carcomida en sus entrañas por lacras como la violencia, el paramilitarismo, el narcotráfico, el terrorismo y la corrupción. Varios periodistas fueron asesinados por querer develar las causas de ese horror. Otros tuvieron que salir del país para no regresar. Fui amigo y compañero de algunos de ellos. Cada episodio de dolor es parte de la misma historia. Las causas y causantes de sus muertes y destierro se entrelazan. Los sacaron del camino porque perturbaban un demencial designio.

Lo que Ovidio no pudo contar

De niños, Ovidio Peter Charria jugaba canicas con mi papá en las polvorientas calles de Sandoná (Nariño), su tierra natal. En la lucha por la vida hizo carrera como militar y detective lo que con el tiempo, unido a su gusto por el periodismo, lo llevó a cubrir la fuente castrense en la cadena radial Caracol, con una autoridad indiscutible y reconocimiento unánime. De su talante liberal y el deseo de ampliar el horizonte de trabajo nació Área Libre, periódico mensual para el que aprovechaba los muchos contactos que le ofrecía el oficio, incluida su cercanía y simpatía por las fuerzas militares.

Aún estudiante de bachillerato, atraído por las letras, lo visité en su oficina, la antigua sede de Caracol, en la siempre viva e inevitable calle 19 de Bogotá. Hubo química,polémica y aguardiente. En muchas ocasiones aceptó mis argumentos y rectificó sus prejuicios políticos. Varios artículos míos aparecieron en Área Libre. Paradojas de lavida: apenas unos meses después, en un trabajo como estudiante de periodismo, hice un sentido perfil en remembranza de Ovidio.

El 17 de octubre de 1982, el avión de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC) en que viajaba de retorno de Israel se fue a pique por sobrepeso -irregularidad que se ocultó- en aguas del Atlántico. Como “cortina de humo” se hizo circular la versión de que era un episodio más del misterioso y fatídico “Triángulo de las Bermudas”. Ocho de los sobrevivientes fueron rescatados antes de que la nave se hundiera paulatinamente. Parado en las alas del avión, Ovidio Peter Charria imploró infructuosamente al cielo que alguien lo rescatara. Murió solitario y abandonado. ¿Cómo llegó a ese destino fatal? La respuesta es sorprendente.

De acuerdo con las investigaciones del sacerdote Javier Giraldo sobre los nexos del General Rito Alejo Del Río con el paramilitarismo, basado en declaraciones de un ex – oficial del ejército ante organizaciones de derechos humanos, “Según lo relató el General Fernando Landazábal (+) a un Mayor del Ejército hoy retirado, el General DEL RÍO aprovechó su estadía en Israel entre 1982 y 1983, donde coincidió con Carlos Castaño Gil, posteriormente líder nacional de los paramilitares, para conseguir arsenales de armas con destino a la estructura paramilitar. Cuando el General Landazábal, entonces Ministro de Defensa, se enteró del asunto por fuentes confiables, envió a Israel a un periodista de su plena confianza y además ex-militar, para investigar si todo ello era cierto.

El periodista Ovidio “Peter” Charria pudo comprobarlo todo sobre el terreno y le informó por teléfono al General Landazábal que ya estaba preparado un avión (el Hércules 1003 de la Fuerza Aérea Colombiana) cargado con dichas armas, que debía aterrizar en Bogotá el 18 de octubre de 1982 y que él mismo pensaba regresarse en ese vuelo. El Ministro de Defensa preparó un operativo en el aeropuerto militar de Catam para recibirlo con una inspección minuciosa, pero el 17 llegó la noticia de que el avión había caído al mar, a 280 kilómetros de Nueva Jersey, por el sobrepeso que traía, pereciendo allí el mismo periodista Ovidio Charria.

Entre los 13 ocupantes, casi todos militares de la Fuerza Aérea, excepto el periodista y un capitán del Ejército, se salvaron 8 que fueron rescatados por un barco liberiano capitaneado por un canadiense, quien declaró su extrañeza de ver que los ocupantes “perdían tiempo” -según él- “arrojando la carga”, ya que solo tenían gasolina para 10 minutos y podrían amarizar sin riesgo de incendio.

Las jerarquías castrenses no juzgaron, sin embargo, conveniente, interrumpir la carrera militar del oficial DEL RÍO” Sep. 9 de 2008.

http://www.javiergiraldo.org/IMG/pdf/10_Elementos_probatorios_Gral_Del_Rio.pdf

Landazábal, desde el ministerio de defensa, era un desbocado opositor al proceso de paz que adelantaba el presidente Belisario Betancur. Intérprete de la Doctrina de la Seguridad Nacional y su concepción del “enemigo interno” para Colombia, por la fecha defendía airadamente a militares que, según el Procurador, hacían parte del grupo paramilitar Muerte A Secuestradores (MAS). Después de varias salidas provocadoras, Betancur lo pasó a retiro. El testimonio citado muestra que a Landazábal, no obstante, le preocupaba la manera como algunos de sus subalternos encaraban la guerra antisubversiva. Años más tarde lo asesinaron por razones que aún son un misterio.

De haberse salvado Ovidio, posiblemente habría logrado una extraordinaria “chiva” periodística: la génesis del paramilitarismo y la “guerra sucia” en Israel y, a lo mejor, en algo habría cambiado la página negra que aún vivimos.

“Toño”, la penitencia por tu muerte será eterna

En el encuentro del tinto mañanero, Héctor se veía muy preocupado. Entre sorbos y angustia comentó que algo muy raro estaba pasando. En un hecho que no era costumbre, Antonio Hernández Niño, el “todero” de nuestra revista Solidaridad (escribía reflexiones, empacaba y entregaba revistas, organizaba eventos), no había pasado la noche en su casa y a la media mañana aún no se sabía nada sobre su paradero. Héctor presentía lo peor. Al medio día, después de muchas averiguaciones, hubo una señal tenebrosa: a la salida de Bogotá, hacia el norte, la policía encontró el cadáver de un hombre abaleado cuya descripción correspondía a los rasgos físicos de Antonio. Se fue para allá y un par de horas después, desde algún teléfono público, con voz pausada, me dio una razón que me produjo rabia y escalofrío: – Es “Toño”.

Solidaridad y Colombia hoy -con la que yo también colaboraba- en ese momento eran las únicas publicaciones de izquierda independientes, con alguna presencia nacional, después de la desaparición de Alternativa, la revista que hicieran, entre otros, los mas recientes directores del periódico El Tiempo, Enrique Santos -hermano del actual presidente del país y primo del anterior vicepresidente- y Roberto Pombo, ahora al mando. Surgió del empeño de Héctor Torres, sociólogo y teólogo de Paris y Lovaina, por fortalecer, mediante un medio de información y formación, las comunidades eclesiales de base, agrupaciones en las que la Teología de la Liberación fincó la posibilidad de encarnar el mensaje de Jesús visto con ojos de pueblo y redención, y el quehacer de los sacerdotes y religiosas militantes de la iglesia de los pobres.

Antonio fue uno de esos tantos muchachos que encontraron en la convocatoria vívida y sincera para un laicismo de compromiso, una opción válida y honesta para sus vidas. Con su afecto, sinceridad y mensaje, Héctor le puso razón o interrogante a la vida de muchos de nosotros. Alguna vez, oyéndome lamentar que no tenía donde decir tantas cosas de aquí y allá que me agobiaban, no dudo en invitarme a trabajar con Solidaridad, ese manifiesto de vida que salía mes a mes gracias a un grupo de cristianos que se querían y a su sueño de pan compartido. Cuando por las gestiones de apoyo internacional de Héctor, Solidaridad creció un poco, llamó a Antonio, con quien compartimos durante varios meses. Era inteligente, vivaz, activo, comprometido en labores organizativas y protestas.

La visita de Juan Pablo II, segundo Papa que pisaba estas tierras, en 1986, puso a todas las tendencias de la iglesia católica a pensar cómo aprovechar la ocasión para dar el mensaje: la jerarquía: protocolo; los cristianos de base: denuncia. Éstos querían que se escuchara su visión crítica del país que no era la metáfora del presidente Belisario. “Toño” andaba en los preparativos de esas actividades. La militancia de la guerrilla del M-19 también tenía sus planes.

Según testimonio de José Cuesta Novoa, para entonces comandante regional del M-19 en Bogotá, en su libro ¿A dónde van los desaparecidos?, publicado por Editorial Intermedio de la Casa Editorial El Tiempo, su organización había determinado inmiscuirse en las actividades programadas por los grupos cristianos durante la visita papal y amplificar la denuncia sobre la situación del país. Por esa circunstancia, Guillermo Marín y él participarían en una reunión programada en la sede de la JTC, en el centro de la ciudad, el 8 de abril de 1986.

Asistió Marín. Cuesta llegó tarde, tras toparse y eludir en los alrededores a un suboficial de inteligencia del funesto Batallón Charry Solano, que tiempo atrás había sido descubierto infiltrado en el M-19, y varios agentes más. El hecho lo ofuscó de tal manera que su presencia en la reunión pasó inadvertida pues todo el rato estuvo divagando en soliloquio sobre lo que estaría tramando el tal “Lucas” -suboficial Bernardo Garzón, también comprometido, entre otros, en el asesinato de Oscar William Calvo, delegado del EPL en las negociaciones de paz del gobierno de Betancur. En la reunión, Antonio fue muy vehemente y locuaz para defender la necesidad de enunciar, ante el mundo, a través del Papa, la realidad nacional. Lo sucedido en la reunión confundió a los esbirros.

Luego de despedirse y seguir cada cual por su lado, Marín y “Toño” fueron interceptados. Marín apareció encostalado, torturado y acribillado en el nororiente de la ciudad, sobrevivió y fue sacado del país. A “Toño”, flagelado, impotente, angustiado, aterrorizado, suplicante, de rodillas, le descargaron un tiro en la frente y lo botaron en el norte, en la vía a Tunja.

En enero de 1991, el suboficial Bernardo Garzón le confesó a la Procuraduría que el General Iván Ramírez -hoy preso y procesado por las desapariciones en la masacre del Palacio de Justicia en 1985 y entonces jefe de inteligencia de la Brigada XX- les había ordenado matar a Cuesta y Marín. Tras interceptar a Marín y a “Toño” por Cuesta, le requirieron qué hacer: – “Despidan a los pacientes y bótenlos por separado”, dice Garzón que respondió. Durante años Garzón ha ido y venido reafirmándose y desdiciéndose a conveniencia. En el caso de Marín ya fueron condenados dos ex-agentes.

Los amigos de “Toño” no podíamos creerlo, recordando las risas de apenas unas horas atrás. Yolanda -hoy merecidamente codirectora de una cadena noticiosa tras una carrera exitosa-, con quien tenía alguna cercanía afectiva, conmovía, pensativa y afligida en un rincón. Tanta tristeza no cabía en aquél salón. La hipótesis de José Cuesta es que los asesinos se equivocaron y que la víctima iba a ser él. Como quiera que haya sido, a “Toño”, en plena cosecha, miserablemente le segaron la vida, en otra trama absurda y perversa de la tragedia colombiana.

Desde las páginas de Solidaridad, durante la década de los 80, como desde Utopías -otra hazaña periodística de Héctor-, en el decenio final del siglo XX, fuimos testigos y narramos el horrendo desangre que la alianza derechista terrateniente narco-paramilitar le causó al país y las luchas de los de abajo por sus vidas y por un lugar digno en la sociedad. En una evaluación contratada por una organización católica de cooperación europea para fundamentar su respaldo a Solidaridad, Javier Darío Restrepo, la calificó como “valiente y veraz”.

Lamentable que connotados periodistas directores de medios se lamenten que no vieron o no advirtieron lo que pasaba y lo que podía venir, como lo afirman en Casi toda la verdad, el pretencioso libro de María Isabel Rueda, al hablar del paramilitarismo y la parapolítica. Tal “descuido” tal vez se explique porque, como producto del mea culpa por la fascinación guerrillera de los 80, se hizo eco sumiso de la verdad oficial, reproduciendo “propaganda negra” de mandos castrenses que enceguecidos en la lucha contrainsurgente se aliaron con el diablo para hacer de Colombia un infierno; avalando estereotipos o poniendo toda denuncia en cuestión. Cuando se pellizcaron, como dijo Brecht, era demasiado tarde. El periodismo de los grandes medios no ha sido preventivo y, salvo contadas excepciones, se ha conformado con dejar constancia y dar condolencias.

De la preocupación por el papel del periodismo en un país en conflicto, la necesidad de un ejercicio profesional fundamentado y contextualizado, ético, con responsabilidad social, y el compromiso de contribuir en la construcción de la convivencia, por iniciativa de Gloria de Castro, Guillermo González, Ángel Becassino, Luis Roca, Amparo Díaz, Héctor Fabio Cardona, Constanza Viera, Arturo Guerrero, Myriam Bautista, entre muchos otros, en 1998, fundamos Medios para la Paz.

Los sueños rotos de Julio Daniel

Algún funcionario lamedor del Plan Nacional de Rehabilitación del gobierno de Virgilio Barco, me increpó enfadado: – ¡mire lo que escribió su amigo Julio Daniel Chaparro! Revisé el periódico El Espectador hasta que encontré la nota, una de las varias que hizo como balance del cuatrienio, para la cual Julio me había consultado varias veces como jefe de comunicaciones del PNR. El titular me preocupó pero el artículo, aparte de bien escrito por la calidad de Julio y su vena oética, era ecuánime, sustentado, contrastado, en fin, “objetivo”. Al preguntarle por qué había titulado así, me explicó la razón de la ironía “El PNR lava en casa”: si el plan había sido positivo en llevar precariamente el Estado a algunas zonas que lo desconocían, sencillamente estaba empezando a limpiar la suciedad de la que éste era responsable.

Coincidíamos. A mi no me molestaba la crítica porque había llegado al cargo, aceptando la propuesta de Eduardo Díaz Uribe, con la postura de apoyar comunicativamente al plan y no a hacer propaganda. Así lo reconoció María Teresa Herrán, en una de sus columnas, al calificar el mini informativo de TV del PNR Amarillo, Azul y Rojo, realizado por Alexandra Uribe y Martha Lucía Ávila, como “un comercial a punta de patria”, en mención a mi lineamiento de que la valoración de las obras, de la gestión y las críticas las hiciera la gente humilde de todos los rincones de un país hasta entonces invisible para las grandes ciudades.

Conocí a ese exquisito poeta llanero en un seminario sobre periodismo para el desarrollo que organicé con el apoyo de Fescol y el Círculo de Periodistas de Bogotá, bajo la presidencia de Rafael Gálvez. Fue un evento con buena asistencia, ameno y productivo. Tenía temor, porque a pesar de que conocía a varios colegas de los medios, la invitación la hacía desde un programa gubernamental y ellos me identificaban en la brega de la prensa alternativa. Un corito de amigas solidarias, encabezado por Marcela Giraldo, me quitó el susto: – vinimos por ti, para apoyarte. Recuerdo, además, a Carlos Chica, Víctor Javier Solano, Carlos Arturo Páez, Servio Tulio Díaz y María Teresa Herrán. Entre la treintena de colegas, llegó con su mochila arhuaca terciada el inolvidable Julio Daniel Chaparro, con quien después de un par de tanteos nos hicimos amigos de muchos tintos.

Tiempo después, al valiente y osado Julio Daniel, en el periódico le asignaron -a lo mejor se lo peleó- un reportaje sobre la violencia en el nordeste antioqueño donde había sucedido uno de los hechos más espantosos de la violencia paramilitar: la masacre de 43 personas a plena luz del día en el pueblo minero de Segovia, el 11 de noviembre de 1988, por las bandas de Fidel Castaño mientras las fuerzas de la policía y el ejército simulaban ataques de la guerrilla para guardarse en sus cuarteles y dejar a la gente a su suerte.

La noche del 24 de abril de 1991, Julio Daniel y el fotógrafo Jorge Enrique Torres, fueron acribillados en uno de los sitios donde se produjo la matanza, por orden de los mismos autores intelectuales y a lo mejor por las mismas manos. Había escrito dos libros de poemas y en su homenaje se publicó Papaito país con sus crónicas y reportajes sobre la Colombia profunda. Sin saber qué pasaría con su vida dijo de las tristezas del amor en Los sueños de ahora:

Hubo un tiempo en que soñamos

Entonces éramos como soles

Éramos vientos De nuestras manos salían alces

Y en los pechos queríamos dibujar un eclipse de sol en una noche.

….
Y ahora lo recuerdo sumergido en este frío Desnudo yo, tan opaco, tan muñeco muerto

Tan hecho mí enemigo Susurrando amor, amor

En esta hora interminable

Que me es río de sombra, mar de miedo

Ahora lo recuerdo muerto de pájaros y digo

Hubo un día y éramos como soles. Éramos vientos.

Ligia, por donde pasas dejas huella

Preocupados por las violaciones a los derechos humanos y los asesinatos de periodistas, varios artistas, liderados por el nunca bien lamentado Jorge Emilio Salazar, en septiembre de 1986, convocaron a una reunión para promover un grupo de trabajo, denunciar la situación y exigir protección. Entre los asistentes me impactó la vehemencia, positivismo y compromiso de una mujer de baja estatura, ojos claros y vivaces y hablar rápido y directo. Desde entonces, con Ligia Riveros sellamos una amistad que, como el acero, se fue templando con el tiempo.

Por su sensibilidad y calidez había hecho carrera dándole un giro al periodismo de farándula. De su pasión y romanticismo salió Te quiero y que (“Te quiero y qué, te amo y qué, que lo sepa todo el mundo, que me envidien”), la balada que fue un éxito en la voz de la barranquillera Ximena. Pero su alma de cronista y el compromiso social le pidieron a gritos enfrentar la realidad del país de a pie que no se ve en los escenarios del espectáculo. Siempre audaz, fue de los primeros periodistas en asumir roles para penetrar y mostrar realidades que dejaban pasmados a los lectores. Vivió como reclusa para narrar el drama de las condenadas. Según la necesidad, fue monja, ciclista, torera o enfermera. En Cromos, hizo gala de un estilo inigualable que la convirtió en pionera del periodismo literario y social y en una de las mejores, sino la mejor, cronista del país.

No escribía como el que no quiere ver. Siempre develaba. Todavía hacen roña sus artículos sobre la corrupción, la politiquería, la pobreza y la violencia contra lo desposeídos. Con la crónica “El que tortura la paga”, en la que narró el vía crucis de la médica Olga López de Roldán, torturada por el ejército, y la vindicación jurídica por el Consejo de Estado que ordenó resarcirla económicamente, evidenció la práctica de vejaciones y violaciones a los derechos humanos. La calidad literaria e investigativa del artículo la hizo merecedora del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 1986. Con ese mismo coraje, en 1985, el Círculo de Periodistas de Bogotá le entregó una condecoración al valor por la crónica “32 hombres armados contra un niño maniatado”, en la que, luego de una travesía por trochas y montañas, de eludir persecutores y tragarse miedos, desenterrar cadáveres y contener el llanto, en compañía del fotógrafo Fabio Serrano, reveló una de las primeras masacres cometidas en Colombia, en Remedios, Antioquia.

Un artículo suyo, publicado 15 días después del asesinato por la mafia de Rodrigo Lara Bonilla, el Ministro de Justicia del Gobierno Betancur (15 de abril de 1984), denunció que una de las preocupaciones de Lara era el hallazgo de una avioneta de propiedad de Alberto Uribe Sierra -padre del expresidente Álvaro Uribe Vélez- en la base coquera de Tranquilandia. La nota, traída al día en 2007 por Fernando Garavito en el libro El Señor de las Sombras y luego referencia del Miami Herald reviviendo el asunto, llevó a Rodrigo Lara, hijo, a renunciar al cargo de zar anticorrupción del gobierno de Uribe.

En medio de un país que se hundía, la insurgencia ganó simpatías y espacios mediáticos y la reacción de ultraderecha activó sus espadas. A Ligia no le perdonaron sus denuncias valientes ni que el M-19 la privilegiara en sus contactos. Admiraba a Jaime Bateman, a Pizarro a la “Chiqui” (Carmenza Londoño) en su sueño justiciero, pero su corazón no justificaría jamás un asesinato ni un atropello. Durante el proceso de paz que adelantó Betancur, fue incesante su trabajo periodístico desde campamentos, trincheras, y combates. Ella, como muchos de nosotros, vibraba con la pasión del periodista que asistía al suceso histórico de la paz con justicia y democracia para Colombia. ¡Que desconsuelo! Desconocía que, para el poder oculto, era “una comunista más”, hasta que su nombre, junto con el de varios políticos, intelectuales, artistas y activistas sociales apareció en la lista de amenazas de la autodenominada Triple A: se van o se mueren. Héctor Abad Gómez fue la primera víctima.

El 17 de diciembre de 1986, un sicario del narcotraficante Pablo Escobar acribilló al director de El Espectador, Guillermo Cano. Desesperada, Ligia me dijo: -¡Hay quehacer algo! Con su rápida convocatorio juntamos 50 firmas de periodistas de todos los niveles (estudiantes, reporteros “cargaladrillos”, afamados columnistas, directores de medios), para repudiar el crimen y lanzar el Colectivo de periodistas por la vida. El 9 de febrero de 1987, Día Nacional del Periodista, con el apoyo de todas las agremiaciones de periodistas y trabajadores de la prensa realizamos el “Foro por los Derechos Humanos y la Libertad de Prensa Guillermo Cano”. Con un amplio criterio, Ligia nos convenció de invitar a Álvaro Gómez Hurtado y al ex-general Fernando Landazábal, representantes de la derecha después asesinados por móviles aún no esclarecidos. También participó Fernando, uno de los hijos huérfanos de Cano y el Procurador General, Carlos Mauro Hoyos, quien luego sería asesinado por orden de Escobar. El evento fue un éxito pero apenas un titilar en la horrible noche que se vivía y se siguió viviendo.

Las amenazas contra su vida no cesaron. La solidaridad de muchos no lograba calmar su ansiedad y el temor por ella y su familia. Cada encuentro era un doloroso momento para consolar sus lágrimas y amainar su duelo. No obstante, su inicial resistencia, aceptó una salida muy a la mano: ella y sus hijas tienen nacionalidad española por su esposo y padre. Hace 22 años, Ligia Riveros abandonó el país y, salvo dos visitas fugaces, la chirimoya y las empanaditas son un añorado sabor que se diluye con el tiempo. Rehízo su vida profesional y con su familia se adaptó con éxito al país adoptivo porque del natal los sacaron a la fuerza. Colombia volvió a oír de ella cuando su hija Ligia Jazmín, médica de gran sensibilidad social, resultó ilesa en un fatal accidente aéreo en 2009. Hablamos largamente por teléfono de cuando en cuando. Fue muy doloroso comunicarle la muerte de tantos amigos en común: el asesinato aún impune del abogado penalista Eduardo Umaña Mendoza, la muerte súbita de la abogada laboralista Paulina Ruiz, el deceso de Apolinar Díaz Callejas, el accidente que le quitó la vida el año pasado a su maestro y entrañable amigo Fernando Garavito, quien le dedicó un capítulo a su parábola vital en el libro País que duele.

En noviembre de 2001, la llamada de Ligia Fernando, otra de sus hijas, en la madrugada, me anunció una sorpresa muy grata. En el canal Antena 3, donde Ligia trabajaba, querían hacerle un reconocimiento y determinaron que su historia iría bien en un programa de re-encuentros que tenía alta sintonía. Consultadas por el canal, las Palomino Riveros habían coincidido en mí como la persona a quien su mamá querría volver a ver. A comienzos de diciembre, luego de tres días de andar cauteloso por Madrid para no estropear el encuentro, en los estudios del canal llegó la hora. En vivo y en directo, Ligia contaba emocionada apartes de su vida. De repente, con voz entrecortada, respondió por qué había tenido que salir de Colombia. Entonces la presentadora le preguntó: -¿a quién recuerdas de esos momentos tristes? Ligia con cariño me describió como “un chico que al saberme en riesgo se volvió mi sombra”. Le anunciaron mi presencia. Buscó alrededor con la mirada vidriosa. Nos encontramos en un abrazo que había vivido por años en los recuerdos. Con los ojos llorosos apenas le susurré a la entrevistadora: – La extrañamos. Nos hace mucha falta.

Han pasado muchos años desde que Ligia Riveros salió del país, pero su huella en el periodismo colombiano está muy fresca y bien marcada.

La risa de Silvia retumba en Cimitarra

Cuando Ramón Jimeno se inventó el semanario Zona de regreso al país después de enriquecedoras experiencias en el exterior, no me aguanté las ganas de buscarlo y pedirle que me diera un lugar en esa atrayente aventura. Poco a poco, puliéndome y “neutralizando” mis artículos y entrevistas me abrió espacio. Desafortunadamente, la empresa, saludada con mucha expectativa en el medio, duro muy poco.

La campaña de expectativa, al estilo de la propaganda clandestina de la izquierda, prendió alertas. Su contenido crítico y de denuncia cerró puertas. La distribuidora, por precaución, la dejaba arrumada en la bodega. Pero los pocos números que vieron la luz trajeron sorpresas. El estilo moderno de periodismo que le imprimió Jimeno, algunas “chivas” investigativas sobre corrupción y la publicación de testimonios y documentos desconocidos, tuvieron impacto.

Publicó un documento desclasificado que evidenciaba el envío de armas por los EE.UU. a Ospina Pérez para que conjurara la revuelta desatada por el asesinato de Gaitán el 9 de abril; el testimonio que revelaba la estrategia diseñada por Carlos Pizarro, comandante del M-19, para tomarse militarmente nada menos que Cali -su gran obsesión-; el no menos alucinante relato de cómo, años antes, llevaron un avión, repleto de armas, desde la Guajira para acuatizarlo en el río Orteguaza, en las selvas del Caquetá, y los primeros hallazgos de su investigación sobre la masacre del Palacio de Justicia.

Éramos pocos en un gran salón sin divisiones en el que funcionaban la redacción, la diagramación y la administración. Allí compartimos unas cuantas veces, en consejo de redacción, con Silvia Margarita Duzán. La mujer “Pila” y valiente, apasionada por las historia de barrio bajo, de las pandillas y la música desafiante de los marginales. En un espacio así, su risa era más notoria y la prodigaba con gusto. Como aquella vez que me sorprendió coqueteándole a una de las asistentes y se soltó a corear la canción del Grupo Niche “esto me huele a matrimonio”, en medio de las carcajadas de todos y mi sonrojo. Después del cierre de Zona no supe de ella por unos meses.

Hasta el 26 de febrero de 1990. En la noche de ese día, en Cimitarra, Santander, Silvia departía con Josué Vargas, Miguel Ángel Barajas y Saúl Castañeda, directivos de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare, quienes la apoyaban para realizar un documental sobre cultivos ilícitos para la BBC, cuando fueron abordados y asesinados por miembros de los grupos paramilitares que, en complicidad con el ejército y la policía, terratenientes y capos del narcotráfico, anegaron en sangre el Magdalena Medio para “limpiarlo de comunistas”.

La ATCC se había ganado el aprecio de muchos pacifistas y demócratas del país y del exterior por rechazar la violencia de cualquier origen y exigir que los dejaran adelantar con tranquilidad sus proyectos económicos y de vida. El Plan Nacional de Rehabilitación los respaldaba en alguna iniciativa, por lo que desde la oficina de prensa tuve la oportunidad de dialogar con sus directivos y hacer notas periodísticas sobre su empeño. Eran unos campesinos dignos y frenteros.

A veinte años de los sucesos, María Jimena Duzán, periodista y columnista brillante, valerosa, aguda, incisiva (leer en Semana por qué los colombianos no protestamos o la crítica a la conveniente neutralidad de los políticos jóvenes), a quien la violencia también puso por un tiempo en el exilio, decidió confrontar el pasado para tratar de desentrañar quiénes fueron los asesinos, las razones del crimen y por qué tanta dilación y encubrimiento desde algún sector de la justicia y la autoridad castrense y policial.

El relato conmovedor y revelador de sus vivencias, reflexiones y pesquisas lo hace en el libro “Mi viaje al INFIERNO”. Un retrato de la Colombia aun herida que clama verdad, justicia y reparación. Leyéndolo se encuentran las evidencias y pistas que ponen al descubierto una realidad pasmosa. Las vidas truncadas de Ovidio Peter Charria, Antonio Hernández, Julio Daniel Chaparro, Silvia Duzán, en lo que hace a este artículo, y muchas más, así como el exilio de Ligia Riveros, y tantos otros, todos víctimas de la más reciente guerra contra nuestra sociedad, son episodios del mismo libreto macabro y demencial, cuyo fin definitivo debe ser la máxima prioridad de una nación que debe reinventarse, para que esta tragedia no se vuelva a repetir.

 

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