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Publicado el: Jue, Sep 5th, 2013

Pandilleros


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dali-marioPor Mario Serrato/

Aclaro: ninguna guerra o intervención militar tiene justificación. Es más, he dicho algunas veces en esta columna, que el mundo será el mejor de los mundos cuando erradiquemos a los militares del planeta y a todos los que reclaman su existencia. Ni el Che Guevara, ni Patton, ni Garibaldi, ni Napoleón. En 1990 George Bush, padre, intervino militarmente en Irak con la intención de repeler la invasión del sátrapa Sadam Hussein en Kuwait. A salvo el petróleo, los soldados gringos se quedaron acechando en la frontera de los dos países, y apoyando las labores de las compañías petroleras norteamericanas.
El gobierno de Clinton, con mayor discreción, pero con igual daño a la población civil, bombardeo a Irak de lo lindo. Más o menos cada vez que Hillary lo mandaba a dormir al sofá, es decir, muy a menudo.
Llegaron entonces los aciagos e infames ataques a las torres gemelas y George Bush, hijo, atacó a Irak, con el pretexto de encontrar y destruir unas armas de destrucción masiva que solo estaban en la imaginación de Richard Cheney y de Condolezza Rice. Por supuesto, estas armas también existían en la contabilidad reconstructora de Halliburton, la compañía contratista de la que Cheney había sido presidente desde 1995 hasta el 2000, cuando Bush lo llamó como fórmula vicepresidencial.

La invasión de Irak y de Afganistán se decidió en cuestión de segundos y ante un llamado de pandilleros internacionales, la respuesta no se hizo esperar. La oxidada máquina militar alemana reapareció. La juerga militar española envió contingentes enteros de nuevos conquistadores, pero esta vez el origen de la soldadesca no era andaluza, extremeña o catalana: era ecuatoriana, colombiana,  argentina y de centroamericanos necesitados de pan y trabajo.
Franceses, canadienses, belgas y toda la canalla que compone la OTAN pusieron a órdenes de la bolsa de Nueva York, Londres y Ginebra a millares de muchachos desconcertados. Mas de 5 mil de ellos han regresado, con discreción de militares, en las siniestras bolsas negras de la injusticia.
En el final de los primeros diez años de este siglo, oleadas de inconformismo popular pusieron a temblar regímenes de décadas en los países del llamado mundo Arabe. Túnez, Egipto y Barhein son ejemplo de lo denominada primavera Arabe.
La pandilla observó el asunto y se mantuvo quieta, cosa diferente pasó cuando esa oleada, con menor intensidad, llegó a Libia. Los líderes de la pandilla: EE.UU, Francia y sobre todo Inglaterra, estos últimos en magníficas relaciones con el régimen de Gadafi, atacaron en un par de minutos e inclinaron la balanza a favor de los rebeldes. Halliburton y Dick Cheney se frotaban las manos.
Esa oleada de inconformismo siguió y alcanzó a Siria. Más de 6 millones de desplazados en menos de dos años; cien mil muertos civiles en la confrontación; empleo de gases mortales(fabricados con precursores alemanes y gringos) contra la población civil y ataques con morteros, helicópteros artillados y tropas despiadadas, contra escuelas, mercados y plazas han devastado al país.

¿Y la pandilla que hace?. El apremio, afán o audacia decisoria que la llevó a Baghdad y a Trípoli, se transformó en un tiraquejale de congresistas, permisos que no llegan, autorizaciones que no se dan y evasivas presidenciales, la razón es simple: Siria no tiene las cantidades de petróleo que excitan a las contratistas gringas.
Si Obama quiere entrar en Siria a impedir de algún modo que esa masacre se siga cometiendo,  (asunto que no hará) no debe pedirle a su congreso el permiso, tampoco debe convencer a su difícil y libre opinión pública, si de verdad quiere hacerlo, debe solicitar la bendición del presidente de la Halliburton o de la compañía  reconstructora que esté de moda en este gobierno. Es decir, debe hablar con el jefe de la pandilla.
Mientras Halliburton estuvo de moda, con Dick Cheney en la vicepresidencia de los Estados Unidos, se invirtieron más de 60 mil millones de dólares en la reconstrucción de Irak. Cualquier hijo de vecino que quiera viajar ahora a ese país infortunado, encontrará que no se edificó un solo hospital, escuela o parque. No se construyó un puente peatonal o un caminito vecinal. No se renovó la tierra del jardín botánico de Baghdad, ni se puso la primera piedra de  ninguna obra. Para los primos Nule, la Halliburton es un ejemplo, un norte a seguir.
Pero peor que ese acto de corrupción colosal, es que los gringos crean que intervenir en un país con su mezquino espíritu de contratistas puede resolver algo. En Siria se está presentando un problema humano, y si la comunidad internacional decide intervenir, por una vez, solo por una vez, dejen a personas como Cheney y su alma de pandilleros a un lado.

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