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Publicado el: Mar, Ago 21st, 2012

Palabras que matan, Silencios que son complicidad


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Por: Deidamia García*

Hoy tuve una revelación, “miedo” de no ser  nadie. Esta dramática evaluación sobre mi misma, la hago amparada en una frase de la afamada  Sofia Vergara, “En Latinoamérica si no tienes un trasero grande, eres nadie”, más allá  de quien es ella y quien soy yo, pensé  en el efecto de este tipo de frases que  bombardean nuestro ser cotidiano, que se instauran en el ambiente como  verdades  o  ejemplos a seguir,  pero  que en realidad  son expresiones reveladoras de  una sociedad   profundamente marcada por  la  discriminación y la segregación, como formas de violencia  que se reproducen rápidamente  y  con el  beneplácito de amplios sectores sociales. 

“Mujer que no jode es hombre”,  “Su hermano parece una mujercita”, “Tiene muchas  canas  y no ganas”,   “Negro tenía que ser”, “el niño no sabe de eso”.

El lenguaje hecho palabras, prácticas y silencios, discursos en  boca de políticos, funcionarios públicos, medios de comunicación, padres y madres de familia, personas del común, se constituye en el mecanismo más poderoso para aprender  e  interiorizar  valores, formas de ser, establecer relaciones sociales y de dominación sobre el otro, la otra  y su manera de estar en el mundo, es decir  su  representación  y  su cultura.

Las redes sociales, la velocidad con la que transita la información, acciones como la del gobernador Fajardo en Antioquía sobre la prohibición de los reinados en las instituciones educativas, nos han permitido  indignarnos y participar de una especie de sanción social ante algunas “equivocaciones” de personajes públicos que  han  verbalizado  lo que  aprendieron, su manera  de ver y de relacionarse  a partir de unas formas “amplias” en estereotipos y prejuicios sobre el ser y el hacer de las personas en razón a su edad, género, discapacidad, grupo racial, status social, nacionalidad, orientación sexual, entre otras.

Las conocidas y destacadas frases del exdiputado de Antioquía “invertir en choco es como perfumar un bollo”, del concejal “merienda de negros”, de la presentadora y actriz  “ventajas de la gordura” son apenas un ejemplo claro de menosprecio  hacía una persona  o un grupo de personas por diferentes razones  y hacemos bien en rasgarnos las vestiduras, en promover la sanción social  y pedir que se haga  uso de la ley como un instrumento legal para avanzar en la lucha contra toda forma de  discriminación, pero esto no es suficiente porque  las faltas de la sociedad que discrimina no están solo en las palabras o en las frases que se dicen sino en el día a día, en lo cotidiano de nuestras formas de vivir, en nuestro silencio, no podemos esperar que cambien las palabras, que las disculpas tengan un efecto e incluso las mismas sanciones,  sino modificamos estructuralmente los significados.

En días pasados, frente a la movilización indígena en el Cauca, símbolo de resistencia civil, era común escuchar en algunos medios de comunicación, en la calle o en  nuestras propias casas, en las conversaciones de nuestras tías venidas de mejor familia; la palabra “indio”, utilizada con el más claro  pero sutil efecto discriminatorio. Cuantas veces usted, ha dicho o escuchado la palabra “indio” para referirse a la manera de ser de una persona  que actúa diferente o desconoce algo que quien lo interpela sí cree saber o hacer.

Estamos hinchados de orgullo por los logros en los juegos olímpicos de Londres, con una importante representación de personas afrodescendientes, como medallistas. Sin embargo, por fuera del calendario olímpico, en la calle, en el restaurante, la palabra negro está dada para referirse a situaciones que consideramos negativas,  “una negra intención”, “actúas como negro”. No estamos ante un problema simple de uso del lenguaje o frente a la necesidad de  encontrar términos y palabras políticamente correctas, sino ante una sociedad además afectada por la colonización europea que no solo nos lleva a anular nuestras raíces, sino también a ser violentos ante aquellos que las mantienen y nos las recuerdan.

Los términos han evolucionado para cumplir con la corrección política, no se usa discapacitado, invalido o minusválido para referirse a una persona con discapacidad pero vale la pena observar sí los ambientes en los que vivimos lo han hecho también. Las políticas de inclusión para personas con discapacidad se reducen en muchos casos a la empleabilidad en los call center  y en labores de orden asistencial aún en personas con formación  y experiencia profesional, de dientes para afuera se pregona la igualdad, pero en la práctica se perpetúa la exclusión.

Alguien que se pregunte por qué tanta violencia en los colegios, por qué el ácido en los rostros de las mujeres, por qué el matoneo en los niños y niñas, reflexionar sobre como somos a diario podría indicarle la respuesta. Permitir  que nuestros hijos, sobrinos o conocidos acepten la burla sobre sus compañeros de clase porque son gordos, delgados,  tienen los ojos rasgados, pertenecen a una comunidad religiosa, indígena o gitana o porque son tímidos; permitir que se refieran a otros como  maricones o marimachos y que los agredan por sus formas de expresarse o de amar es como ver que usan un arma para atacar a otro y no decir nada. Qué pensar cuando el muerto o el anulado por el lenguaje sea uno de los nuestros.

En muchos medios de comunicación, la ignorancia es rampante a veces no se sabe sí por el poco estudio o profundidad que dan a algunos temas o porque conviene más  reproducir  ideas falsas y acomodadas de la realidad y de las formas de ser de las personas, mañanas enteras en las emisoras  o en la noche los reallity infestados de chistes sexistas, homofóbicos en donde se matiza la agresión pero que sirven de vehículo a una discriminación permanente que nadie parece controlar pero tampoco controvertir,  ideas que llegan a los hogares, las escuelas,  las parroquias, las oficinas públicas o que salen de allá.

El reto de la política pública, de los partidos políticos, los medios de comunicación, las organizaciones sociales, las instituciones educativas, de los padres, las madres, las mujeres y hombres es construir una cultura del respeto a la igualdad, a la diferencia y a la diversidad, una cultura de lucha contra toda forma de discriminación. Entender que el respeto a la Constitución y a las normas  no es el respeto a una única forma de ser hombre o mujer, de actuar o de pensar, no es el respeto a la imposición de un credo o una religión, no es el respeto a la uniformidad  ideológica y  política, el respeto es a la  diferencia, al entendimiento en la pluralidad  y no se reduce a hablar correctamente sino que implica comprender que hay palabras que matan por lo que traen consigo y silencios que son complicidad.

* Licenciada en Psicología y Pedagogía. Especialista en Gerencia Educativa, Especialista en Gobierno y Políticas públicas, Gerencia  y Gobernabilidad Política. Ha ejercido diversos cargos públicos y responsabilidades relacionadas con la política social, la implementación de políticas públicas de reconocimiento y redistribución, participación y descentralización local.  Amante de la música, la comida  y la buena conversación.

 

Displaying 1 Comments
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  1. Adriana dice:

    EXCELENTE ARTICULO…. A VECES LA DISCRIMINACION NO PERMITE APROVECHAR LOS CONOCIMIENTOS Y LAS EXPERIENCIAS DE LAS PERSONAS…. POR QUE LOS SEÑALAMIENTOS Y JUZGAMIENTOS NOS LLEVAN A EQUIVOCACIONES

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