Publicado el: Jue, Nov 12th, 2015

OTRA VEZ LOS AMOS DEL PERICO


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cargamentoPor: Mario Serrato

Durante la época de Uribe se redujeron los cultivos de hoja de coca y la producción de cocaína.

Sí señor, pero en los consejos editoriales de los periódicos y los noticieros. En el campo y en el mercado, todo siguió intacto.

El avispao oportunista de Fernando Londoño Hoyos llegó a anunciar, siendo ministro del Interior, que las pocas hectáreas de hoja de coca que aún quedaban en Colombia serían erradicadas en cuestión de pocos meses y como consecuencia estábamos a dos combates y cien bajas de poner fin al  narcotráfico.

Los medios miraron hacia Uribe y vieron brillar las facciones de un dios del Olimpo, este, por su parte, adoptó su típica pose de niño bueno al que le resultan las cosas por su incuestionable condición de mesías.

Algunos funcionarios del gobierno Bush, todos embusteros, se asomaron a los medios a anunciar el triunfo de Uribe y de Bush sobre la infraestructura del narcotráfico en Colombia, mientras las oficinas de estadísticas de los EE.UU, y el DANE colombiano, ponían a sus expertos a trabajar horas extras para acomodar las matemáticas a la nueva verdad.

Los generales de la Policía, del Ejército y los almirantes de la Armada, disponían sus pechos para recibir las medallas por el triunfo obtenido. La seguridad democrática asestaba un golpe más a la guerrilla de las FARC y aseguraba un triunfo histórico sobre el flagelo del siglo. También aseguraba su continuidad en el poder.

Mientras tanto, un periodista independiente, sorprendido por los datos y las expresiones de victoria presidenciales, preguntaba a los yuppies en los pasillos de la bolsa de Nueva York si la coca que consumían a diario había subido de precio, y le dijeron que no. Si la calidad había bajado, y le dijeron que no. Si la dificultad para conseguirla era mayor, y le dijeron que no.

Entretanto un narcotraficante en Sinaloa leía el periódico y preocupado llamaba a su proveedor en Colombia y este le decía, “no sé de dónde sacan que erradicaron los cultivos o que los laboratorios no están produciendo, aquí todo sigue igual”.

La guerra contra las drogas, tras la victoria final anunciada por Bush y Uribe, dejaba satisfechas a todos sus combatientes: los generales del pentágono, más obesos que nunca, los voceros de Bush y sus funcionarios de estadísticas atarugados de falsedades bien pagadas, los generales colombianos con sus medallas en el pecho, el ministro Londoño con su voz nasal anunciando una nueva era que duraría mil años, Uribe recibiendo honores en un rancho de magnates texanos ordinarios y tramposos, los narcotraficantes felices enviando embarques de una coca que oficialmente no existía, los yuppies de Wall Street inhalando sin tregua, y la prensa del mundo aplaudiendo las mentiras que ellos mismos inventaron en sus consejos editoriales.

Nunca se ha visto una conspiración más globalizada que la del triunfo de la guerra contra las drogas en las administraciones de Bush y Uribe.

Tampoco hemos tenido los colombianos un gobierno con tanto apoyo mediático como el de Uribe, y no hemos conocido épocas en que la prensa se haya prestado para inventar tanto dato falso, tanto triunfo mentiroso, tanto victoria de papel y tanto éxito sin soporte en la realidad.

Los datos falseados sobre el número de hectáreas cultivadas con hoja de coca se mantuvieron gobierno y medio más. Estaban tan bien empacados y embalados que ni siquiera la pelea entre Uribe y Santos consiguió su destape.

Fueron tantas las mentiras que entre los dos crearon que prefirieron mantener en la intimidad sus pecados, como hacen los amantes viejos con las travesuras de alcoba de sus primeros días.

Hoy, cuando la fuerza de la realidad rompió los amarres de las mentiras embaladas, la gran prensa internacional nos recuerda que seguimos siendo el máximo productor de cocaína del mundo y que la guerra contra las drogas, lejos de acabarse, escribe un nuevo capítulo de fugas espectaculares, de naciones enteras sometidas a su comercio, de grupos humanos cuyos gobiernos no han hecho nada efectivo para librarlos del consumo habitual, de narcotraficantes exitosos y de expresidentes y antiguos amigotes culpándose mutuamente por mentiras y datos falsos que construyeron con una prensa aliada en el propósito generalizado de mentir para mantener en el poder a quien les beneficiaba con sus políticas.

A pesar de las fantasías mediáticas que ponían a Uribe en el pedestal de la eficiencia y a Bush como el adalid de la victoria, la verdad es que no fueron más que un par de líderes que consiguieron sus triunfos en los consejos de redacción de los periódicos y noticieros y que, como todos, no hicieron nunca nada efectivo para mejorar las condiciones de vida de quienes padecimos la mala fortuna de soportar sus gobiernos.

Hoy como ayer, la realidad nos recuerda que nunca hemos dejado de ser los amos del perico.

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