Publicado el: Jue, Dic 26th, 2013

OJO CON EL PAPA


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SerratoPor Mario Serrato//

Por persecución de la iglesia cristiana, cuyo fundador y guía pregonaba la tolerancia, el respeto a los demás y el amor como razón fundamental de la vida, los homosexuales y lesbianas debieron ocultar su condición hasta ahora, del mismo modo en que los leprosos del siglo II se escondían en cavernas contiguas a Cafarnaúm mientras llegaba la muerte a apiadarse de ellos. 

Pocas veces en la historia de la humanidad se encuentra una contradicción mayor a la existente entre los seguidores de Cristo y Cristo.  Se conocen imágenes de jerarcas de la iglesia católica bendiciendo tanques de guerra nazis. A muchos pastores o predicadores de las iglesias protestantes se les ha visto defendiendo con dientes y uñas las formas más crudas  e ignominiosas del racismo.  Fueron seguidores de Cristo los causantes de uno de los genocidios más grandes de la humanidad en la América de la conquista y la colonia, y también seguidores de Cristo fueron los diseñadores y aplicadores de una las formas de enjuiciamiento más crueles de que tenga conocimiento la humanidad: la inquisición.
En la Colombia a principios del sigo XX, desde el púlpito se legitimaba e instigaba el asesinato de liberales y se permitía,  en dichos permisos eclesiásticos, la muerte de aquellos hijos de liberales que estuvieran en el vientre con el fin de erradicar de raíz el pensamiento, calificado de contrario a la fe.
En muchas ocasiones se conoció de sacerdotes que se rehusaban a comulgar con muchachos nacidos en una relación extramatrimonial e impedían que estos usaran el apellido del padre o recibieran algún tipo de beneficio en la herencia. Bastardos, hijos naturales, hijos de padre desconocido,  fueron las oraciones y términos insertos en las partidas de bautismo y el registro civil de nacimiento de las personas que tenían la mala fortuna de padecer la reprochada condición y la mala suerte de haber nacido.
Por persecución de la iglesia cristiana, cuyo fundador y guía pregonaba la tolerancia, el respeto a los demás y el amor como razón fundamental de la vida, los homosexuales y lesbianas debieron ocultar su condición hasta ahora, del mismo modo en que los leprosos del siglo II se escondían en cavernas contiguas a Cafarnaúm mientras llegaba la muerte a apiadarse de ellos.
Durante siglos esa misma iglesia ha bendecido a los más privilegiados sin importar sus atropellos,  y censurado a los descamisados cuando protestan, con argumentos que van desde el consabido: La riqueza de tu amo es voluntad de Dios. Hasta la amenaza contenida en la sentenciosa frase: ganarás la ira del señor.
La opulencia de la iglesia alcanzó extremos de chiste, (más rico que un cura con dos parroquias) y la propiedad sobre la tierra los llevó a controlar la economía mundial durante el medioevo. Las edificaciones de los sacerdotes presentan la forma de un hotel de lujo y sus servicios poco difieren de los recibidos por magnates del petróleo, las drogas o las armas.
En este iglesia emerge la figura del Papa  Francisco. Aparece con una sonrisa afable y una actitud firme a censurar la opulencia desmedida y la intolerancia irracional. En relación con los homosexuales advirtió algo  que su guía había expresado miles de veces: todos somos hijos de Dios. Sobre la opulencia contrapone palabras que su mesías menciono en muchas ocasiones: humildad, dadivosidad, austeridad. Cuando habla de economía manifiesta preocupaciones que ya eran viejas en las épocas en que vivió su maestro: Los ricos son cada vez más ricos y lo son a costa de pobres cada vez más pobres.
A este argentino amigo del futbol, de los niños y de la tolerancia, los cristianos miembros del Tea Party lo tildan de comunista. Los lefebristas lo llaman equivocado y los católicos de tradición lo miran con preocupación.
Pocas veces he encontrado tanta identidad entre lo que predicaba Cristo y la forma en que piensa y actúa Francisco. Me preocupa que en el seno de su propia comunidad existe tanta respeto por la palabra de Cristo, como existe devoción por los dulces de chocolate entre los alcohólicos.
Francisco debe intentar cambiar a su iglesia lo antes posible, antes de que su feligresía, azuzada por oscuros deformadores de su doctrina, prescinda de sus servicios.

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