Publicado el: Sab, Sep 26th, 2015

NO FALTA EL BRUTO


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12046939_10154167825498368_1261469775390221537_nPor Mario Serrato//

El acuerdo parcial de paz alcanzado en La Habana y difundido al mundo con la estrechada de manos entre Santos y Timochenko, está en peligro.

Esta advertencia haría pensar de inmediato en la inquina y la bronca destapada de Uribe y sus seguidores. Cualquiera pensaría en el procurador Ordóñez y sus rencores religiosos, o en los llamados histéricos a empuñar las armas contra el castrochavismo que se lee en las redes sociales y twitter.
Pero por ahí no es la cosa. Si bien los mencionados atrás tiene contra la paz y la dejación de armas de la guerrilla una oposición tan irracional como el odio visceral de Uribe, el mayor peligro se encuentra en seno de las mismas FARC.
Los muchos comandantes de frente, los dirigentes de cuadrilla, los encargados de uno o dos hombres, los que guardan armas, plata o pertrechos militares, y los mismos miembros del Secretariado, han dado muestras de torpeza política tan monumentales que obligan a pensar si el que dio la orden, la ejecutó o adelantó el operativo militar, era un ser humano o un burro vestido de camuflado.

Hace unos meses una mujer guerrillera, encargada de cuidar a un secuestrado, presentó una especie de informe de actividades en el que, entre otras imbecilidades, insultó y degradó a un ser humano sin consideración de su dignidad y sin que le importara su condición sometida y estado de indefensión.
La última pincelada a ese acto torpe e inhumano se dio por la publicación orgullosa que hicieron del informe en el órgano informativo de esa guerrilla.
Hace muy poco tiempo, en Buenos Aires, Cauca, en uno de los momentos de mayor aceptación popular de los diálogos, determinados por la tregua unilateral decretada por las mismas FARC, un grupo compuesto por algunos hombres y un comandante sin ninguna visión política, vio un “papayazo”y actuó. En efecto, atacó y mató a 12 soldados indisciplinados y borrachos que habían hecho campamento en un polideportivo desprotegido.
El comandante de ese grupito insignificante y torpe tiró por el piso no solo doce vidas, sino también casi tres años de proceso de diálogos y precipitó una reacción que al mes les costó la vida a más de 25 de sus camaradas en un bombardeo nocturno adelantado a pocos kilómetros del sitio en el que había dado el golpe de su vida.

La alegría de Uribe y Londoño, las manos de José Obdulio y Rangel frotándose de alegría, el pecho hinchado de satisfacción de los militares en retiro de ACORE, los saltos de satisfacción de María Fernanda y José Félix y la sonrisa espléndida de Paloma, iluminaron durante días el recinto del Congreso, las redes sociales y las pantallas de los noticieros abiertamente enemigos del proceso.
Debo reconocer que Santos fue grande.
En el momento en que cualquiera se hubiera levantado de la mesa, justificada su decisión en la torpeza del guerrillero que aprovechó el “papayazo” y presionada hasta el extremo por los detractores del proceso, el presidente persistió y siguió adelante.
Contra todo pronóstico, Santos se mantuvo.
Un poco más acá en el tiempo, un comando de las FARC bajó a Genaro García del carro en el que se transportaba y lo mató miserablemente por una vieja rencilla de poder y territorio, en la que el líder afrocolombiano mantuvo una posición digna que no fue tolerada por el torpe comandante de las FARC con influencia en una región aislada de Nariño.
El asesinato canalla se produjo en un momento en que los negociadores de las FARC habían declarado otra tregua unilateral.
Los enemigos del diálogo y los funcionarios del gobierno se unieron en sus prejuicios ancestrales: ni los unos, ni los otros, reaccionaron a la vulneración de la tregua, sin duda alguna porque el asesinado fue un afrocolombiano.
Este tipo de actuaciones, esas salidas en falso de la torpeza política de la guerrilla, sumadas a las embestidas de odio de Uribe y sus seguidores, son las que pueden alterar el paso vertiginoso que adquirió el diálogo y pueden empujar al fracaso el anhelo de paz de los colombianos.
El proceso va bien. El optimismo moderado puede tomarse el momento. Los apoyos nacionales e internacionales deben sumarse en mayor cantidad. Los juristas responsables de diseñar el modelo a seguir para aplicar la justicia restaurativa deben trabajar con vigor. La bancada parlamentaria afecta al diálogo debe cerrar filas.
Pero sobre todo, las FARC deben estar atentas a impedir que un torpe la vuelva a embarrar.
No falta el bruto.

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