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Publicado el: Vie, Ago 23rd, 2013

No es la cárcel la solución


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unicorPor Unicor

“es indiscutible también, que dicho matrimonio –el de trago y la conducción de vehículos- no puede persistir, las consecuencias para la vida, la integridad física y la salud de las personas, son nefastas

A falta de civilidad, educación, compromiso social y administrativo, la propuesta para abordar el problema de los conductores de vehículos en estado de ebriedad, que ponen en riesgo la integridad y la vida de las personas, el tratamiento es el de siempre: cárcel y más cárcel.

Es cierto, en los últimos años los conductores borrachos han cobrado cientos de víctimas inocentes, situación que indigna y compromete la actuación no solo del Estado sino de la ciudadanía en su conjunto.

El tema de los conductores embriagados no es nuevo; descubren el agua tibia quienes se asombran ante la constante ocurrencia de este tipo de hechos. No es cierto, el tema no es nuevo, lo que sucede es que hay más cubrimiento mediático y sí, más consciencia ciudadana y administrativa sobre sus inaceptables efectos. Sin embargo, tradicionalmente el licor y los vehículos han sostenido un matrimonio indisoluble hasta hace muy poco, y aun desde la Colonia, cuando nuestros antepasados, en sus bestias se dirigían al pueblo, a conseguir los utensilios necesarios para la subsistencia, de paso, se quedaban en las nacientes fondas a “jartar” chicha, aguardiente  y otros licores, hasta más no poder,  y terminando “jinchos”, se montaban a su bestias, muchas veces para dirigirse a las fincas que quedaban a “6 y 7 tabacos de camino”. Después, las fiestas se hacían con el carrito de la familia, a los bautizos, los matrimonios y grados, llegaban todos “embutidos”, en el  “chéchere”; el cual era manejado por el papá, quien tenía licencia para conducir, con los aguardientes en la cabeza.

También hay que  recordar cuando era normal ver a los “choferes”, de carros pesados, tractomulas, camiones, volquetas, bebiendo “al soco”, sintiéndose más poderosos, con sus vehículos parqueados al lado, taponando vías y saliendo por ellas prácticamente sin sentido. Muchos gravísimos accidentes se registraron por esa causa.

Igual pasaba con los “chachos” del pueblo o la ciudad, que en sus “lanchas” bien “engalladas”, llegaban al parche, pisando duro, “tomaditos”, y con su licor en el vehículo, asegurando la fiesta.  Así mismo venia pasando con muchas personas, que sin importar su rol social, se sentían mejor conduciendo con unas cervecitas en la cabeza. Claro, los accidentes ocurrían también, pero reitero, la sanción social era menos drástica que ahora, es más, incluso existía la aprobación social  a tal comportamiento, es posible que fuera, entre otros motivos, porque en esas épocas, muchos de los comprometidos con dichos hechos, eran las mismas autoridades: alcaldes, concejales, jueces, parlamentarios, etc, hoy, todos éstos altos funcionarios cuentan con carros oficiales, y conductores, que les garantizan seguridad a la hora de tomarse sus whiskies.

En fin, el tema tiene profundas raíces culturales y de tolerancia social; es indiscutible también, que dicho matrimonio –el de trago y la conducción de vehículos- no puede persistir, las consecuencias para la vida, la integridad física y la salud de las personas, son nefastas. Sin embargo, su tratamiento debe trascender la simplista mirada policiva y criminal, así como la aceptación de dicho hábito contó con la tolerancia del Estado y la Sociedad en un momento determinado, por lo que alcanzó niveles de costumbre. Es preciso que el Estado y la sociedad asuman su cuota de responsabilidad estableciendo medidas serías y creíbles, con efectos a mediano y largo plazo, que pasen por la formación desde la familia  de personas responsables y conductores idóneos, a través de la educación efectiva en las instituciones educativas, de la formación técnica y ética de los conductores, y de una serie de controles administrativos que impacten antes, durante y después de acaecidos los hechos trágicos de tránsito.

El “ius puniendi” del Estado es la última “ratio”, con la que cuenta la sociedad para proteger los valores jurídicos y constitucionales, es decir, la vida, la dignidad, la integridad física, la salud y la tranquilidad de las personas , en estos casos, pueden ser protegidas, primero con la observancia y aplicación de los medios de policía  y convivencia con los que se cuenta , Así es, más controles, más sanciones, más cobros coactivos, más responsabilidad civil solidaria, más eficiencia judicial, mas formación y educación , la cárcel debe ser como lo dicta el derecho y el constitucionalismo imperante;  la última opción.

Un país como Colombia, que tiene un sistema carcelario colapsado, donde a quienes se le impone medida de aseguramiento o la pena de prisión, se les violan sus más caros derechos fundamentales, donde no hay recursos para financiar nuevas cárceles y funcionarios, no debe crear más tipos penales, simple y llanamente para hacer populismo criminal. Quienes se toman un trago y manejan un carro no son criminales, no merecen ser tratados como tales, el hecho de transito está diseñado hace bastante tiempo por el derecho penal, y sus consecuencias y las responsabilidades de quienes causan el daño, por el derecho civil, también, su prevención, siempre ha estado a cargo de las autoridades administrativas y de policía.

Evidentemente, falta hacer mucho más, y quien de forma tendenciosa causa daño al conducir en estado de ebriedad, debe responder hasta las últimas consecuencias. Empero, el Estado, la sociedad y con ella, los políticos, no deben desaprovechar este momento de concienciación colectiva para simplemente hacer propuestas populistas; recordemos que hasta hace poco, conducir “prendidito y en familia”, para muchos, era toda una bacanería.

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