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Publicado el: Mar, Ago 14th, 2012

NADA ES COMO ANTES


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CRÓNICA de FERNANDO IRIARTE M

Los dos hombres hablaban en el transporte urbano:

–       Jamás lo hubiera imaginado. ¿Ella? Debes estar equivocado, la confundiste con otra. No, no te creo. Siempre anda acompañada por su hermano menor… ¡cuidándola!

–       Pues él también estaba. Y era ella, sin ninguna duda.

–       Entonces… ¡a esta ciudad se la llevó el putas!

–       Hace rato.

Ese fue el final de la conversación, al menos para mí. Descendí del Transmilenio en la estación del Museo del Oro y me perdí el resto, pero ya había escuchado lo suficiente: un nombre y un hecho calamitoso. El nombre de una estudiante aventajada, evocado a partir de una fotografía en un diario de prensa amarilla, y un grupo de drogadictos y jíbaros capturados la noche anterior durante una redada en una “olla”, a cuatro cuadras del Palacio de Nariño.

Algo para el coleccionista de sucesos difíciles de creer y, a veces, de imaginar.

Conocía a la estudiante, había sido mi alumna años atrás, pero el hecho no me asombró tanto. Alguna vez me enteré de su segunda vida porque ella me la quiso contar y, en cierto modo, compartir.

Un viernes, a la salida de una de mis clases, la había invitado a tomar vino en una conocida taberna de la calle diecinueve. Aceptó y fuimos. Al acercarse el mesero, me dijo:

–       Más bien convídeme a un guaro, el vino me cae mal.

De ese modo, ella bebió aguardiente y yo seguí con mi idea  del vino, un tinto argentino, no demasiado costoso. Escuchamos música y hablamos, por supuesto. Quizá yo iba, en el fondo, en plan de levante, pero sin mucha convicción. O a lo mejor estaba inspirado por el cansancio acumulado en toda la semana, las consecuencias de la perversa “dictadura de clases” de que hablamos los profesores.

Sin embargo, bien pronto se encargó de ponerme los pies en la tierra ¾lo cual no dejó de molestarme¾, pero lo compensó con sus dotes de conversadora. Es que hay personas que mejor hablan que escriben o que hacen. Ella es una.

Habló de todo, hasta de pintura. Le gustaba mucho Hopper, sus figuras desoladas en restaurantes y bares, a la orilla de las carreteras o a través de grandes ventanales. Muchas veces aparecían en sus sueños. También le encantaban el jazz y la música cubana, las películas mudas y los grafiti irónicos, como el que decía, en el muro de una iglesia: “Dios bendiga este negocio”.

Después supe que el guaro la volvía habladora, el guaro y la marihuana. El basuco la dejaba extrañamente muda, perdida, pero al final. De eso fui testigo esa noche, pero sin saber la causa. Meses más tarde, sacando conclusiones, entendí de qué se trataba. Por lo pronto, sólo noté extrañado que salía de la taberna una y otra vez. Decía “ya vengo” y se iba a la calle, haciéndome señas de que no valía la pena seguirla. Una vecina de mesa me explicó “se escapa a fumar” y como era cierto que allí dentro no se fumaba ¾no por disposición de la autoridad (como ahora) sino del dueño, porque el local era muy pequeño y siempre se llenaba¾ lo acepté como algo natural. De lo que no tenía ni idea era qué fumaba.

Luego lo supe, ella me lo dijo:

–       Fumo “susto”. Me acelera y me gusta.

Al bazuco, algunos lo llaman susto.

–       Pero se quedó callada ¾le repliqué

–       Claro, se me acabó el dinero para comprar en la esquina y cuando me falta me quedo muda.

La semana siguiente salí a bailar con ella, en grupo. Estaba eufórica. Se había terminado el curso lectivo y a todos les faltaban dos semestres para acabar siendo ingenieros. En un momento, solos, me dijo que quería mostrarme algo más “suyo”, más personal. Me pidió que la acompañara a la “olla”. Pronto vendría su hermano a estar con ella. Él lo había decidido así, conocía su vicio y no quería dejarla desamparada. Luego irían juntos a su casa y nadie más se enteraría. Me pareció muy extraño, porque el muchacho lucía enamorado. La verdad, la acompañaba casi siempre, excepto dentro de la universidad, después lo hizo siempre. Esa noche pensé que de alguna manera, a pesar de todo, yo le interesaba a mi alumna de una manera íntima.

Fuimos pues en taxi hasta Chapinero a una casa que, desde fuera, parecía de familia, pero era un fumadero, un fumadero y otra cosa. Exclusivo. Pocos iban en taxi, lo más común era llegar en lujosos carros particulares. Después de todo, la droga en buen estado es cara, la más o menos pura, digamos. Era como un club, con atención similar. En los pisos superiores había habitaciones, para fumar, beber y tener sexo. Parecía una fiesta: querías algo, lo que fuera, lo pagabas y te lo traían, con grandes sonrisas y amabilidad a toda prueba.

El resultado fue llevarme una impresión equivocada. ¡El consumo de drogas no era como lo describían! “De hecho, muchas se consumen en las discotecas, lo sabe todo el mundo”, me dije. A mi edad ¾mucho mayor que la de mi alumna¾, era en realidad un perfecto estúpido. Lo peor: me fingí conocedor para no hacer el oso. ¡Vaya conocedor!

No consumí, pero bebí vino hasta que la cabeza se me volvió líquida. Recuerdo haber ido con ellos hasta su casa, cerca de la ciudad universitaria, y haber regresado a la mía, pero nada más.

Y aquí debo decir que no volví a verla durante meses.

Hasta cuando me la encontré en el parque de Las Nieves, precisamente el mismo día que cayó al piso, fulminado, un ex alto empleado oficial que llevaba semanas soplándose quién sabe qué ¾lo volvía loco furioso¾ y al cual le falló el corazón en medio de una perorata incomprensible mientras se desplazaba por la acera. Sabía todo eso uno de los dibujantes habituales de las escalinatas de la empresa de teléfonos, uno de quienes hacen retratos a los transeúntes, y lo contó en voz alta. Ella miraba al hombre con auténtico dolor. Pensé que lo conocía.

Me aseguró que no, pero supe que sí.

La vi como era siempre, quizá algo más delgada y pálida. Llevaba consigo su maleta de estudiante y me dio la impresión de que venía de la universidad.

La invité a tomar un café. Me confesó que se había retirado durante un tiempo de la Facultad de Ingeniería, donde yo había dejado de ser catedrático, pero había vuelto a matricularse y estaba dispuesta a terminar, a pesar de sus dificultades. No me aclaró cuáles eran. Como sin proponérselo, no dejaba de echar miradas al frente, a través de la vitrina del restaurante donde habíamos entrado, dirigidas al grupo de morbosos que se había formado alrededor del cadáver. Vimos llegar una patrulla de la policía y luego una ambulancia. Entonces suspiró bien desde adentro, desde sus vísceras, en una actitud que en modo alguno era sólo femenina.

–       Todo se está desbaratando ¾dijo.

–       ¿Todo?

–       Sí.

–       Explíqueme

–       ¿Recuerda el lugar al que me acompañó la última vez que nos vimos?

–       Sí.

–       Pues ya no existe. Lo hicieron cerrar. Ahora voy a otra parte donde todo es peor.

–       ¿Dónde?

–       No se lo diré, pero todo es peor. A mi hermano lo hirieron ahí y casi lo matan. Lo hirieron por defenderme. Ahora lleva siempre un puñal. No se puede respirar, todo lo que venden lo rinden con porquerías, para ganar el doble. Le mezclan drogas veterinarias, para caballos y vacas. Hay hasta heroína o algo parecido. Baratísima… para ñeros…

Y  así como había empezado, se quedó callada.

Yo tenía que irme y me despedí. Tampoco podía quedarme, emocionalmente me sería imposible. Un muerto al otro lado de la calle, otro vicioso, y ella diciendo lo que me decía había resultado demasiado. Un dedo frío recorrió mi espina dorsal.

El resto del día lo pasé mal, muy mal, como un náufrago en Babilonia, la prostituta de todas las ciudades.

Ahora, esto, no era sino la conclusión. Salí de la estación de Transmilenio, entré al parque de Santander y me quedé mirando la fuente de agua, en silencio, sin meditar siquiera. Al fondo, los turistas extranjeros hacían fila para entrar al museo o formaban grupos para escuchar a los vendedores de hamacas de hilo, que las desplegaban frente a ellos como quien exhibe telas finas. Las palomas corrían por las baldosas o se subían, para cagarse, en la cabeza del prócer.

© Fernando Iriarte M. Bogotá, 2012. © Especial para la edición de “Actualidad urbana”, agosto 12 de 2012, Bogotá.

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