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Publicado el: Jue, Sep 27th, 2012

¿Medios para la paz o para pacificar?

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Guillermo Segovia Mora

La buena nueva del inicio de conversaciones para la búsqueda de una solución política negociada al conflicto armado interno, con una amplia favorabilidad en las encuestas, pareciera encontrar los primeros escollos no en las diferencias obvias de las partes, sino en la manera parcializada, arrogante, pretenciosa y abiertamente hostil contra una de ellas por parte de algunos medios de comunicación, en particular, radiales y televisivos, que son los de más amplio consumo. Los periódicos de mayor circulación, por afinidad política y filial, están más cerca de un tratamiento positivo al esfuerzo y a sus posibles logros, como lo evidenció  El Tiempo en su jornada de reconciliación bajo la dirección de Juanes, un artista que siempre ha manifestado sensibilidad  por estos temas, y la reacción editorial a la columna abiertamente saboteadora del señor José Obdulio Gaviria. De lo que hagan, cómo lo hagan o dejen de hacer los medios dependerá, en buena medida, que los colombianos comprendan a cabalidad el reto histórico que con pragmatismo asumieron las partes al convenir sentarse a negociar,  no pararse de las sillas  hasta no lograr un acuerdo y que nada está acordado hasta que todo esté acordado, es decir, la finalización del conflicto armado y una paz justa y duradera.

Es cierto que las Farc acusan los efectos de una década de guerra sin cuartel declarada por el Estado desde la ruptura de las negociaciones del Caguán en 2002, para lo cual se creó un impuesto de guerra a los grandes patrimonios, se reorientó la ayuda estadounidense y se destina un porcentaje importante del presupuesto nacional, lo que permitió modernizar la Fuerza Pública, con medio millón de miembros hoy, ampliar la presencia militar en todo el país y usar tecnologías de punta, todo lo cual incidió en la reducción de combatientes, neutralización ofensiva  y afectación de la estructura de mando y control  de la guerrilla más vieja del Continente. Tampoco es falso que en los logros de la estrategia contrainsurgente,  tuvieron papel relevante los grupos paramilitares, encargados durante más de dos décadas de quitarle “el agua al pez”, mediante masacres, asesinatos, desapariciones y desplazamientos y los desmanes judiciales al amparo de la “Seguridad democrática” de Uribe Vélez. Lo que nunca suscitó una campaña mediática en favor de las víctimas como la que hoy se promueve con las de las Farc por algún canal de tv.

Pero las Farc siguen ahí, son un hecho social, político y militar o en términos de tipos penales de un código que ellos aún no reconocen, a gusto del periodismo draconiano: “delincuentes”. Más aún, en la radicalidad ideológica de los partidarios de las soluciones lapidarias: “terroristas”. No obstante, las palabras no desaparecen las realidades. De lo dicho por las Farc también se desprende que no están en la guerra por la guerra. Advierten las dificultades más no se sienten derrotadas como les exigen algunos medios. Así la crema de la politología periodística les niegue el carácter político militar de su lucha, que de hecho les reconoce la contraparte, para calificarlos a partir de los medios que utilizan -reprochables, desde luego-, llegan a la mesa acordando un temario que es la concreción de un programa que mira casi medio siglo atrás cuando nacieron a raíz de la miseria, la exclusión y el sojuzgamiento de las gentes del campo. Y lo hacen en un momento que América Latina, debido al fracaso del neoliberalismo, ve ganar elecciones, asumir gobiernos, realizar cambios y ejercer el poder a propuestas que hace un par de décadas no tenían otra opción que la insurrección contra la opresión y el terror.

Como no apostarle a la paz si continuar esta guerra solo significa atraso y aumentar sin compasión la dolorosa cifra de un millón de muertos, cuatro millones de desplazados y 30 mil desaparecidos por causas políticas en el último medio siglo, entre los estragos de la violencia liberal conservadora de los cincuenta y el conflicto armado interno que continúa en nuestro días. Hechos que reclaman que se conozca la verdad de quienes los instigaron y propiciaron como paso a la reconciliación. Pero ayudar a la paz no significa no volver al pasado como aconsejó  Yamid Amat, director del noticiero de tv. CM&, en el foro por los 30 años de la revista Semana, por el contrario, con esa engañosa comodidad del momento, negarnos el derecho a la memoria y a conocer la verdad es sembrar la causa de futuras tragedias. Los pactos de silencio, como el del Frente Nacional, encubrieron responsabilidades que aún acechan en las sombras.

En lo económico, la confrontación nos ha costado en los últimos años el equivalente a una y media vez el presupuesto nacional del 2013, o casi la quinta parte del producto interno bruto nacional, y es un espantapájaros para las multinacionales que preocupa al gobierno, uno de cuyos puntales en materia económica es la inversión extranjera en minería e hidrocarburos. La rentabilidad del fin de la guerra es provocativa. El Gobierno Santos lo tiene claro y emprendió la tarea. La inclusión de miles de familias pobres absolutas e indigentes ampliará la demanda, el superávit actual permite sobregirarse para costear el proceso. Aparte de poner a andar sigilosamente los contactos, implementó una política social, diseñó un  marco institucional y gestó un andamiaje legal al cual más propicio para encarar las negociaciones.

La paz es posible, pero hay que andar con cuidado. Estas tentativas siempre han encontrado “enemigos agazapados” entre quienes por tara ideológica o interés mezquino, solo verían solución en el aniquilamiento de la subversión. De otra parte, Colombia ya no es ajena a la posibilidad de que una coalición de izquierda, o con la izquierda, llegue al gobierno nacional -así ella misma haga todo lo posible porque eso no sea realidad-, en tal caso,  quienes reivindican la democracia ¿están preparados para aceptarlo? Por último, el fin de las hostilidades, la desmovilización de la guerrilla, la consecuente reducción de las fuerzas armadas, aparte de generar un ambiente pasajero de nuevos entusiasmos, no se traducen en posibilidades materiales y espirituales de convivencia y condiciones de equidad e inclusión para los marginados, pueden ser, paradójicamente, el caldo de cultivo de un nuevo desangre  con otros nombres y motivos o sin razón alguna, como ha pasado y como aún pasa.

Es el riesgo que hay que advertir y sobre el que debemos actuar. No es poca la desilusión de los guatemaltecos y salvadoreños cuando contrastan las expectativas de sus arreglos de paz con la realidad de esos países hoy. Para los más optimistas, la paz trajo una democracia desconocida,  en El Salvador, inclusive, gobierna nominalmente un periodista a nombre del FMLN, una de las partes en la guerra, que tras los acuerdos avanzó progresivamente al gobierno nacional, pero por cuenta de las pandillas callejeras de jóvenes paupérrimos, desadaptados y sin futuro, se convirtió en el país más violento del mundo. En Guatemala, las mayorías indígenas, las más laceradas por la guerra, confundidas votaron en contra de los acuerdos a poco de su vigencia y el país anda de tumbo en tumbo. A esa realidad, el eminente sociólogo Edelberto Torres Rivas la denomina, tal vez de forma dramática, “democracias malas”, fruto de unas “revoluciones sin revolución”, cientos de miles de muertos  y el hastío.

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