Publicado el: Mie, Abr 1st, 2015

ME GUSTÓ LA MUERTE DE CARLOS GAVIRIA DÍAZ


Warning: Illegal string offset 'custom_page_theme_template' in /home4/actualid/public_html/actualidadUrbana/wp-content/plugins/custom-page/custom-page.php on line 345

carlosgaviriaPor: Mario Serrato

Este titular puede confundirse con el pensamiento de algún aturdido fanático de la ultraderecha en Colombia. Sería una equivocación. Me gustó que un intelectual de su talla, un prohombre sin comparaciones, un ser humano intachable y un jurista de tantas dimensiones, haya muerto de muerte natural en la cama de un hospital rodeado de sus familiares y admirado por millones de colombianos y miles de extranjeros a quienes tuvo la oportunidad de llevarles, mediante la cátedra, la maravilla de su dialéctica y la fuerza de sus argumentos.  

Sus más cercanos amigos, la mayoría de ellos hombres limpios, maestros esclarecidos y profesionales ejemplares,  fueron asesinados a tiros por su forma de pensar en un país que se niega a judicializar a los responsables que todos conocemos y que se empeña en considerarlos mártires de la patria por sus gestas criminales.

Las convicciones del doctor Gaviria Díaz, las mismas que argumentó del modo más civilizado y con un altísimo lenguaje jurídico, siguen siendo motivo de persecución en el territorio nacional.

Mientras estuvo vivo el doctor Gaviria Díaz no cesó un instante en enseñar un mundo y una sociedad que basara en la tolerancia y la compresión de la diversidad, todas y cada una de sus inquietudes y angustias.

El reconocimiento de la razón y la dialéctica como instrumentos para la comprensión de los grandes problemas nacionales, fueron sus modelos, y estos podían aplicarse en la práctica incesante de la búsqueda de la igualdad entre los seres humanos. Una igualdad que no pretendía llevar al poder ninguna forma de dictadura.

La suya era una igualdad que censuraba los harapos, el hambre y la ignorancia.

La forma en que interpretaba la economía no restringía el derecho a la propiedad privada, como señalaban sus enemigos políticos, algunos de ellos, asesinos de sus amigos entrañables, solo exigía que esa propiedad privada cumpliera una función social, papel que cumple en todos los países que se ufanan de vivir en democracia.

En su limpia campaña política a la presidencia, nunca perdió las elecciones, aunque así lo indicaran los resultados. La razón es simple: durante la campaña el maestro siguió educando y una vez más, como siempre, enseñó a hacer política con ética, con argumentos, con la mirada puesta en Colombia y sus gentes y no solo en el poder y el deseo de tener los privilegios que gozan quienes lo detentan.

En alguna ocasión, durante esa campaña presidencial admirable como su gestión en la Corte  Constitucional, se alzaron las voces sucias de los proselitistas profesionales: – “El doctor Gaviria recibe una pensión del Estado además del salario de Senador” -.  – “Es tan repugnante como nosotros” –  le decían al electorado los acusadores en los corrillos de la infamia de los que nunca salen a mostrar su verdadero rostro. – “Sus argumentos no tienen soporte porque es tan deshonesto como nosotros”-, se ufanaban en las cloacas de sus mentideros políticos.

Cuando la fuerza de las evidencias puso las cosas en su sitio y la incuestionable contabilidad documentada demostró que las acusaciones eran mentira, ninguno de los embaucadores profesionales de la política electoral, reconoció la equivocación; y no lo hicieron por una razón: su intención nunca fue denunciar una realidad oprobiosa, su verdadera intención consistía simplemente en llenar de llagas el rostro del contrincante digno, para confundir su imagen en su propio espejo de miserias y mentiras.

Aclarada la situación: el doctor Gaviria nunca ocupó un minuto de su tiempo en solazarse con el calumniador oculto.

Los derechos humanos, en particular, aquellos que se vulneraban a las minorías, fueron protegidos en brillantes y argumentadas sentencias que solo han sido cuestionadas desde las toldas de la intolerancia medieval, con las maniobras del poder y la amenaza. Nunca con el lenguaje del derecho, la razón y la filosofía que expuso cuando las construyó.

Su forma de recreación la gozaba en los muchos viajes de fantasía que le proporcionaban los mil libros de su espléndida biblioteca.

También en la cátedra llena de ideas capaces de hacer vibrar la imaginación de una piedra, o en una noche de aguardiente antioqueño, con tango de fondo, con uno de sus queridos amigos, a los que no alcanzaron los disparos de los pacificadores uniformados, condecorados por el odio y el rencor.

El maestro murió entre los suyos de muerte natural. Claro en sus convicciones y seguro de que sus ideales de tolerancia, igualdad y los derechos humanos, seguirán calando de modo más profundo y arraigado en una sociedad que ahora, como nunca, se encuentra más cerca de la paz.

Paz en su tumba.

Deja un comentario

XHTML: Puedes usar estos tags en HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>