Publicado el: Mar, Ago 26th, 2014

Los Militares, la Paz, la Habana y la Cabal


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Sancho_PanzaMario Serrato/

La Historia es un instrumento fundamental de la política. Aquellos que se dedican a esta actividad y no la repasan, tienden a hacer manifestaciones de sorpresa que rayan la frontera de lo ridículo.

En el año 21 a.c., Augusto, el César romano, despachó a varios de sus más representativos hombres del ejército a discutir un acuerdo de paz con los partos y a delimitar la frontera de Roma en las orillas del Eúfrates.

Más de un año los generales romanos estuvieron sentados con sus enemigos hasta que en el año 20 a.c., el gran Cesar Augusto pacta con ese pueblo enemigo un acuerdo de paz y un límite fronterizo. 33 años atrás los partos habían infringido a Roma la peor de sus derrotas en la batalla de Carrhae. Sin embargo durante las conversaciones los militares romanos y los generales partos se trataron con habilidad de estrategas.

En 1797 Napoleón Bonaparte envió a varios de sus generales a dialogar con los altos oficiales del esquema militar del conde Ludwig Von Cobenzi de Austria, con el propósito de adelantar conversaciones para la firma del acuerdo que luego se denominó de Campo Formio.

Durante más de 5 meses generales de la talla de Jourdan, Hoche, Marceau y Deroix, hablaron con los generales enemigos, estudiaron, propusieron, discutieron y finalmente, el 17 de octubre de ese año, Napoleón suscribió el histórico acuerdo.

Militares de Napoleón y del conde se encontraron muchas veces en medio de la guerra para alcanzar el objetivo. Al sentarse en las mesas de trabajo seguramente se dieron la mano y sonrieron entre ellos.

El 27 de noviembre de 1820, el mismísimo Simón  Bolívar, entonces comandante general de las fuerzas armadas de la recién nacida Gran Colombia, pactó un encuentro, en medio de la guerra, con su enemigo el general Pablo Morillo, llamado “el pacificador” y quien había sido enviado a Colombia a ganarle la guerra y a recuperar para la corona española el control sobre estos territorios.

El encuentro pasó a la historia con el nombre de “El abrazo de Bolívar y Morillo”. Sin duda, durante el la reunión que duró tres días, los dos enemigos más de una vez sonrieron mutuamente.

La ciudad de Santa Ana de Trujillo, en Venezuela, inauguró el 24 de julio de 1912 un monumento para recordar el abrazo de los militares enemigos. Al visitar esa hermosa y pintoresca ciudad, se le encuentra en su plaza principal.

Durante la guerra fría, militares soviéticos y norteamericanos, enemigos declarados, fueron enviados  por sus respectivos gobiernos a preparar las condiciones de los acuerdos llamados SALT I y SALT II.(Strategic Arms Limitation Talk).

Casi un año permanecieron o iban y venían los militares enemigos a Helsinki, o a Viena, de modo que el 26 de mayo de 1972, Nixon y Brezhnev, suscribieran el primer tratado de reducción de armas nucleares.

El segundo, conocido como SALT II, con militares enemigos antecediendo la firma del acuerdo, fue suscrito el 9 de junio de 1979 por James Carter y Leonid Brezhnev.

Ningún historiador que se respete emitiría la más mínima censura contra Cesar Augusto por haber enviado a sus generales a discutir con un pueblo enemigo un tratado de paz, pueblo que además había derrotado el ejército de su imperio tres décadas atrás.

Por otra parte no creo encontrar en el mundo un ciudadano francés, un historiador ilustrado o el más fanático de los  francófilos que sea atreva a afirmar que Napoleón degradó a sus hombres o los humilló frente a sus oponentes al enviar a sus generales a un encuentro con sus enemigos para que brindaran sus conocimientos en algo tan importante como la preparación del tratado de Campo Formio.

Tampoco encuentro en mis escasas lecturas de historia de Colombia una sola persona que haya calificado a Bolívar de traidor por su encuentro con Morillo y no he podido conocer a ningún historiador, escritor  o ensayista   que  considere el  encuentro de Santa Ana de Trujillo como un episodio en el que fueron humilladas las tropas del libertador. Ni siquiera Santander, su colega y contradictor, descalificó el encuentro.

Por otra parte en los Estados Unidos, en las épocas en que fueron suscritos los tratados SALT I y SALT II, las críticas de la prensa hacían referencia a lo acordado y al peligro que representaba la reducción del arsenal nuclear frente  una potencia armada hasta los dientes como lo era entonces la Unión Soviética, pero no he podido encontrar un solo comentario, ni siquiera de los sectores más conservadores del partido republicano, en el que se descalifique o censure a Nixon o a Carter por haber enviado militares norteamericanos a preparar los acuerdos de reducción de  armas nucleares con sus enemigos, los militares rusos.

En estos episodios ningún ciudadano americano o soviético calificó a sus militares de traidores o los consideró humillados, derrotados o ilegítimos.

Ejemplos como los anteriores se encuentran por montones en la historia.

La forma de encontrarlos es muy sencilla, pues solo se requiere dejar la majadería y el fanatismo a un lado y tener la valentía de los verdaderos hombres, es decir, la de aquellos que ganan la paz.

La política requiere de revisiones históricas en las que seguramente se encuentran razones y fundamentos que permitan comprender con mayor perspectiva los hechos presentes.

El encuentro de militares activos de fuerzas armadas frente a fuerzas enemigas, incluso fuerzas insurgentes, o dicho de otro modo, los encuentros entre militares en el marco de un proceso de paz, o un tratado de reducción de armas o intercambio de prisioneros, presenta en la Historia más antecedentes probados que ver a jinetes ególatras y extravagantes paseando un tinto encima de un caballo.

La Historia es un instrumento fundamental de la política. Aquellos que se dedican a esta actividad y no la repasan, tienden a hacer manifestaciones de sorpresa que rayan la frontera de lo ridículo.

En el caso de María Fernanda Cabal el asunto presenta una mezcla enrarecida de ignorancia con arrogancia. La política moderna permite poco o nada de aquellas dos. Sin embargo esa noble señora no saldrá de ninguno de ese par de lastres en millones de años.

Cesar Augusto, Napoleón, Bolívar, Nixon y Carter fueron políticos, pero la señora Cabal en esta actividad  solo puede ser comprendida con esta máxima del gran Sancho Panza: “No es la miel para la boca del asno”.

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