Publicado el: Mar, May 28th, 2013

Los acuerdos de la Habana


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Por Mario Serrrto/

El acuerdo alcanzado en La Habana con las FARC parece ser que establece un hito en las muchas negociaciones que se han adelantado con esa guerrilla. El apoyo al campo; la titulación de tierras a pequeños agricultores; la asistencia técnica y seguramente la protección efectiva al campesino constituyen un gran paso en el tema que mas violencia ha generado en el país desde la independencia. 
Sin embargo no conviene olvidar que la tierra en Colombia es un factor de poder al cual no están dispuestos a renunciar los que más poseen.
En opinión de ganaderos y terratenientes el campesino pobre desmejora la producción, malbarata los recursos y subsidios que recibe del estado e impide que el latifundista desarrolle sus proyectos.  En pocas palabras, para la derecha colombiana el campesino pobre es una especie de parásito proclive a la alianza con la guerrilla. El modo en que Andrés Felipe Arias administró Agro Ingreso Seguro es un ejemplo de ese sentir.
En el mismo sentido, y ante la inconveniencia de admitirlo, los opositores del diálogo censuran que un acuerdo tan necesario y justo en materia de tierras, haya tenido origen en los encuentros de La Habana.
Tan evidente resulta que la atención del campo les quedó grande a los dirigentes colombianos, que en algunos lugares de Córdoba y Sucre los campesinos analfabetos aun le llaman al dueño de la hacienda, “El Blanco”.
Resulta casi absurdo haber sostenido una guerra de 50 años por la búsqueda de derechos y condiciones de vida posibles que cualquiera tiene en países europeos, México o Costa Rica, en donde reformas agrarias profundas y sostenibles han permitido al campo y a la ciudad alcanzar un desarrollo armónico y equilibrado.
En Colombia las relaciones entre el campesino y el hacendado aun conservan modos feudales.
Tanto es así, que el siervo de la gleba, además de trabajar para el hacendado, se obliga a votar por sus candidatos y a elogiar sus éxitos como si fueran suyos en una especie de trasmisión de la alegría a través de la miseria.
Ahora, cuando ese campesino sumiso y servil se organiza y exige sus derechos, la reacción del latifundista siempre ha sido violenta. Paramilitares, chulavitas, pájaros y cóndores no son más que la zaga histórica de una misma reacción por parte del terrateniente.
El acuerdo de La Habana en materia de tierras ya generó las primeras reacciones de FEDEGAN, y de ex presidentes campesinos.  En su opinión, el acuerdo no tendrá procedencia debido a que no ha sido claro en materia del manejo que se dará al latifundio.
Con las recientes declaraciones del presidente de FEDEGAN los latifundistas ya se destaparon, afirman que quieren la paz, siempre que esta no toque o melle su privilegios.
Una paz que los obligue a ceder algo de su riqueza absurda no es viable, menos si se dispone del hijo del campesino para que combata a las guerrillas y del auxilio extranjero para el patrocinio de la guerra.
Resulta lamentable que lo que se consiga en La Habana con tanto esfuerzo y con tantos muertos y lágrimas, pueda perderse por un plumazo en una asamblea de FEDEGAN o una reunión de alto nivel de la ultraderecha organizada, y por intereses tan mezquinos y tan medievales como la propiedad sobre la tierra que quieren mantener intacta para continuar sus privilegios.
Lo que se alcance en La Habana debe ser defendido, debido a que soluciones tan justas y viables,  vengan de donde vengan, constituirán la gran labor que nos permitirá alcanzar y consolidar la paz en Colombia.

 

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