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Publicado el: Mar, Nov 6th, 2012

Leonardo Favio, la tristeza es de todos

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Foto tomada de Facebook

Por Guillermo Segovia Mora

Desgarra la noticia de la muerte de Leonardo Favio (Noviembre 5 de 2012), no por sorpresiva, pues su salud estaba afectada, sino por irreparable en el corazón romántico de Latinoamérica y las generaciones de los 60, 70 y 80. Me viene a la memoria mi padre que alguna vez, por allá en el 68, llegó a la casa emocionado con un disco de 78 rpm de CBS que, luego del fracaso absoluto de su primer sencillo, contenía los primeros dos grandes éxitos de Leonardo Favio: Fuiste mía un verano (Hoy la vi, fue casualidad, me miró al pasar. Yo le sonreí y le quise hablar, me pidió que no, que otra vez será. Que otra vez será, que otra vez será. Quiero amanecer, sé que nunca más) y Mi tristeza es mía y nada más (Que nadie me hable del amor, quiero hundirme solo en la ciudad. No quiero consuelo, no, no, no voy a llorar), que no paraban de sonar en radiolas, tocadiscos -no existía el mp3, el ipod ni Internet- y bares a lo largo del continente, a los que seguirían más de veinte años de primeras listas, giras internacionales, grandes conciertos y su reconocimiento como uno de los grandes artistas populares del continente.

Ya para entonces había despuntado como actor y director de cine, con el aplauso de la crítica a Crónica de un niño solo (1964), elegida por el público en 2000 como la mejor película argentina de todos los tiempos, sobre la vida callejera de explotación de la niñez pobre tan generalizada por esa época y aún presente de otras formas, en parte un relato de su propia infancia. “El Romance del Aniceto y la Francisca” (1966) obtuvo la misma distinción en 1998, en una encuesta especializada. Se suman a otros nueve filmes que dirigió, que sin el mismo impacto, sin embargo son piezas indispensables en la historia del séptimo arte en el país austral, como “Nazareno Cruz y el lobo”, “Juan Moreyra”, “El dependiente”, “Gatica, el mono”, Premio Goya a la mejor película extranjera de habla hispana en 1994, “Soñar, Soñar”, protagonizada por los fallecidos Carlos Monzón, boxeador, y Gianfranco Pagliaro, cantante, y “Aniceto”, versión moderna de “El romance…” (La mujer disputada, danza, tango, luz, riña de gallos y duelo a puñales) y “Perón, sinfonía del sentimiento”, un documental de nueve horas de duración, realizado en 1999.
Fuad Jorge Yuri, nació en Luján de Cuyo, provincia de Mendoza, un 28 de mayo de 1938, abandonado por el padre y bajo el cuidado de una madre actriz de radio, que sostuvo un hogar con muchas carencias. De adolescente consiguió algún dinero en papeles extras que su mamá le conseguía en la radio, lustrando zapatos, pidiendo monedas y hasta delinquiendo. Así aprendió de la vida dura, a querer a su pueblo, a la gente humilde, y dejó la niñez con la rubia del cabaret (“¡que lindo fue!, ¡que lindo fue!”). Su amor al pueblo natal, llevadero y entrañable, lo cuenta en Mi historia. Un talento excepcional y la constancia le abrieron el difícil camino del cine, pasión que en sus comienzos financió con los frutos que le daría el canto, en el que incursionó con el nombre artístico de Leonardo Favio. Como cantante se afianzó convirtiendo en éxito Para saber como es la soledad, versión de una composición de Luis Alberto Spinetta en homenaje a un amigo presuntamente muerto en un accidente (Canción del pototo)
La balada romántica tiene en Leonardo favio uno de sus más eximios exponentes como interprete y compositor. Fue un cronista de los dramas del amor, temática robada al tango, con arreglos musicales lúgubres, fúnebres, que erizaban la piel y zaherían, aunque a veces se dejó oír con letricas juguetonas, en dos decenas de discos de larga duración. Construía, declamaba y lloraba sus historias llegando profundo a quienes en su propia carne vivían tragedias sentimentales. La dicha que me fue negada es una balada-novela de tres minutos que estremeció en su trágica trama. Como ella, de repente brotan a la memoria: Ni el clavel ni la rosa, El amanecer y la espera, O quizás simplemente le regale una rosa, Ding dong, La foto de carnet, Quiero aprender de memoria, Mi amante niña mi compañera, Como me duele la piel, Ella… ella ya me olvidó, Y al verte así, Borracho si señor, Sirva vino cantinero, Ojos azules, de su autoría, o sus interpretaciones de otros románticos y bohemios clásicos: Aquella noche de verano, Como poder saber si te amo y El amor y la felicidad de Leo Dan, La cita (Jaen), Tiemblas (Curet), La bohemia (Aznovour), Amar o morir (Puron), Porque yo te amo (Sandro), y Yo no nací para amar (Juan Gabriel).
Pero el amor no fue su único tema o, mejor, no solo lo fue el amor sentimental, porque también canto su amor fraternal a Latinoamérica en La hija de Juan Simón, El carretero, Guayabo negro, Hablemos de Amor, Vamos a Puerto Rico, Adelita, La bamba, Somos y a las virtudes de la gente común y los avatares y esperanzas de los oprimidos: Juan el botellero, Nació Nazareno, Chiquillada, Si mi guitarra canta como canta, Vamos mi guitarra, Aleluya por mi pueblo, Madre de Mayo, Magdalena, Mujer (a Carolita en el exilio), Anotaciones para Carola, Acordate de olvidarme (o Milonga del hombre nuevo) y Estoy orgulloso de mi general, entre tantos.
Vivió el peronismo, una experiencia populista contradictoria y polarizante en la historia argentina, su defenestración y clamoroso regreso, cuando el movimiento peronista forzó la apertura de puertas para el General. Leonardo favio fue una de sus acompañantes en el vuelo de retorno del exilio y luego, cuando Perón volvió para asumir el gobierno que había ganado su partido con otro candidato, Héctor Cámpora, le correspondió el doloroso papel de tratar de evitar desde los micrófonos de la tribuna, la batalla campal entre bandos de derecha e izquierda que desató la masacre en el aereopuerto de Ezeiza el 20 de Junio de 1973, hecho que marcaría tristemente su vida.
En 1976, los militares tomaron el poder, tras un violento golpe que desangró y llenó de horror a su país, enviando a muchos al exilio, entre ellos a Leonardo Favio, quien debido a un accidente de carretera cerca de Villavicencio, Colombia, tuvo que asumir como ciudad de residencia para su recuperación a Pereira, donde permaneció con su familia durante nueve años, estableció su centro de actividades, organizó su carrera artística, vio crecer sus hijos y se enamoró profundamente de esta tierra. Sus Lps de los 80 testimonian su afecto por Colombia. Grabó dos cumbias inolvidables del chocoano Senén Palacios: La subienda -donde le dedica una voz de apoyo a los sandinistas y a Omar Cabezas en las montañas de Nicaragua en plena lucha contra Somoza- y Las lavanderas, y la cantata Vida, pasión y vuelo de la Abuela Zenaida, una crónica vibrante sobre la Colombia profunda de la pobreza y el paraíso travel del narcotráfico, basada en la cumbia de Rosendo Romero. Con el regreso a la democracia retornó a Buenos Aires en 1983. Hace unas semanas, su hijo Nico realizó una premonitoria visita a la ciudad que los acogió.
A muchos colombianos nos unió la vida con Leonardo Favio, por lo que alguna de sus canciones significó en algún momento y lo hicieron compañero de nuestras alegrías y tristezas. Jorge Emilio Salazar, uno de los más integrales e íntegros actores que ha dado este país, ignorado y olvidado como es costumbre con quienes no transigen, decepcionado de la farsa, trasegó su camino hacia la muerte con la compañía incondicional de Vera Grabe, el aguardiente y Leonardo favio. Con su hermano Darío, con quien nos dieron tantas madrugadas de vinos coreando al mendocino, derrotados por el cansancio de andar errantes por Buenos Aires, perdimos una cita única con nuestro juglar en homenaje a Jorge Emilio que lamentaremos siempre. Hoy su mensaje en el celular lo dice todo: “Querido hermano, nuestro Leonardo Favio murió. Luto en el alma”. Sin misterios con la muerte, Leonardo Favio cantó:

Cuando llegue la hora

Yo, yo le cante a la vida cotidiana
y sencilla a la simple manera de
pensar y sentir.

Por eso estoy
seguro que cuando yo me vaya,
cuando llegue la hora de empacar
y partir, en alguna recova un par
de vagos reos, una triste sonrisa
dibujarán por mi

Y tal vez, digo,
tal vez, en la humilde mesa de
un obrero mandarán a la cama
los niños a dormir
Y así, en la
sobremesa surgirá mi recuerdo:
– la canción del loco con la
que te conocí.

No aspiro a más,
no aspiro a más, tan solo, si es
posible, entre mis manos quietas
quisiera acariciar un rosario, el
más simple, y que me dejen
solo o con algún amigo
que quiso trasnochar.

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