Publicado el: Lun, Nov 16th, 2015

 LAS SUPERINTENDENCIAS HACEN REIR Y LLORAR


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papel-higienico-1_2210858Por Mario Serrato//

Recientemente un chico español que se hace llamar El Rubius publicó un libro en el que habla de sus cosas, de su mundo, y entre otras, hace y escribe todo tipo de majaderías y frivolidades.El libro y el personaje son el producto de los tiempos del video y los juegos electrónicos.

Sin duda el personaje del libro insulta, es agresivo, provoca, saca la piedra y maltrata, sobre todo al vilipendiado e indefenso idioma español; sin embargo, el libro no es más que uno más de los tantos que sobre temas del mundo virtual y los computadores se producen en la actualidad.

La Superintendencia de Industria y Comercio (SIC), en una decisión del último 10 de noviembre, le dio por considerar que el libro presenta “un contenido sexual violento e incluso nocivo para el desarrollo de los menores, por lo que su contenido no es apto para niños, niñas y adolescentes”.

Después de esta valoración prohibió la exhibición del libro en los estantes para niños y jóvenes de las librerías y ordenó que se les pusiera una calcomanía en la que se advierte: ”Este libro no es apto para niños, niñas y adolescentes”.

El señor Pablo Felipe Robledo, quien dirige esa entidad, es persona preparada, inteligente, con formación amplia y liberal, razones que hacen aún más inexplicable su conversión súbita en censurador y en vigilante de la moral sexual en la literatura contemporánea.

Aunque el asunto puede revestir algo de interés, se presenta tan ridículo que prefiero abordar de inmediato el tema que llamó mi atención y que provocó la decisión del señor Robledo.

Las superintendencias en Colombia son tantas que me da pereza contarlas, y su utilidad práctica bien puede medirse con la decisión censuradora que acabamos de leer.

Existe una de esas que se encarga de “preservar la confianza y la estabilidad del sistema financiero y de mantener la integridad, la eficiencia y la transparencia del mercado financiero”, la llaman Superfinanciera, y la dirige un señor de nombre Gerardo Hernández Correa.

A este último le han pegado una rumbeada humillante. Lo cogieron entre el presidente y el ministro Cárdenas, (el grandote de Hacienda) y lo obligaron a tragarse el sapo del decreto 1385 de 2015, mediante el cual la plata que todos los ciudadanos guardamos para nuestra vejez bajo el concepto de ahorro pensional, le sea entregada a Luis Carlos Sarmiento Angulo para que tenga éxito en su nueva faceta de constructor de carreteras.

Por todos es sabido que las empresas privadas de recaudo pensional guardan nuestro dinero en los bancos de Sarmiento Angulo, quien además tiene acciones en las empresas de fondos privados de pensiones.

Frente a esta maniobra que ataca directamente la confianza, la transparencia y estabilidad del sistema financiero, y en particular la plata de los más pobres, no hubo censuras. Tampoco manifestaciones de rechazo a semejante medida tan en contravía de la naturaleza de la entidad y por completo exótica a la ortodoxia bancaria mundial.

El superintendente del ramo de las finanzas ni siquiera apareció en el decreto y tampoco le pidieron opinión alguna sobre la medida. Su trabajo, de vigilante de la confianza y la estabilidad del sistema financiero nacional, se degradó a la de portero de la caja fuerte encargado de recoger el recibo del dinero que se llevará el magnate de las finanzas colombianas.

Es el momento en que debe ser cuestionado el papel que juegan las superintendencias en el marco administrativo nacional. Y también ha llegado la oportunidad de revisar su ámbito formal de competencias con el fin de hacerlas más eficientes o de liquidarlas para que no sigan siendo el hazmerreír de los poderosos.

Los ciudadanos tenemos claro que mientras la superintendencia de Industria y Comercio produce decisiones que hacen reír, la Superfinanciera guarda un silencio que hace llorar.

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