Publicado el: Jue, Abr 3rd, 2014

LA MOFETA Y EL GATO


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SerratoPor Mario Serrato/

“Juan Manuel Santos se encontraba feliz con la intención de tomarse a Bogotá. Posibilidad que en sus habituales mediciones de taur, significaba una conquista casi definitiva en sus pretensiones electorales”.

Es más, en su deseo de apropiarse de algo del botín, sus opositores dieron un espaldarazo a su maniobra.  Justificaron lo injustificable y avalaron el zarpazo que sin escrúpulos de ninguna naturaleza daban los oscuros gremios de la recolección de basuras en Bogotá.

A ninguna persona le deben sorprender tales apoyos, al fin de cuentas un derechista no es más que derechista. Es su naturaleza ser iguales hasta el extremo de la total identidad.

Estos personajes en las plazas y foros públicos aparentan discrepancias y visión del mundo diferentes, incluso irreconciliables.

Pero tan pronto se ocultan en sus guadarneses de muerte, en sus exclusivos clubes sociales, en sus haciendas con nombres horribles, o viajan a las ciudades en donde los poderosos del mundo definen el destino de la humanidad. Cuando allí se encuentran, vuelven a ser martica, ivancito, alvarito, manuelito y pachito.

Recuerdan sus infinitos lazos de consanguinidad y recrean, mediante la evocación, las miles de piñatas que rompieron juntos en sus infancias felices protegidos por su padres y el patrimonio público.

Los abrazos que se niegan delante de incautos electores en Soacha, en Campo Valdés o en el sector nororiental de Cartagena, se los dan con creces en sus fincas de fantasía o en los recién concedidos palacios extravagantes de antiguos mafiosos extraditados.

Los ataques que a veces se hacen desde una cómoda silla en la sede principal de algún gremio económico, se convierten en carcajadas de piratas en una exclusiva playa de Miami, o en algún club nocturno de Las Vegas o Atlantic City.

A veces disputan y hasta se quitan entre sí espacios de poder o privilegios económicos. Sin embargo, al recibirlos unos, los otros esperan con paciencia seguros de que en su momento les llegará su parte. La triquiñuela jurídica, la concesión, el contrato, la beca o la hacienda incautada. Ellos si saben distribuir la riqueza. Entre ellos… por supuesto.

Lamentablemente en muy pocas ocasiones fracasan en la toma de lo que creen les pertenece por abolengo, conquistas que alcanzan incluso por encima de la democracia y de la ley.

En contadas ocasiones se presenta que lo rapado les resulte abiertamente nocivo.

En la ocasión que nos llama la atención, el fracaso se dio porque la maniobra de vivarachos y el estilo cínico de los taures del que hicieron gala, ofendió a uno de los pocos sectores de Colombia que goza de alguna autonomía en la elección de sus líderes: me refiero a Bogotá.

En el raponazo de la capital se vieron obligados a tomar decisiones rápidas e imprudentes. La pronta respuesta de la CIDH los tomó por sorpresa. No esperaban que ese instrumento de protección a la injusticia reaccionara de modo tan eficiente, tan ágil, tan rápido, pero sobre todo, tan contrario a sus intereses. Como el ladrón de un banco al que le suena la alarma antes de alzarse con el botín.

Una argucia legal, en este caso una pieza tragicómica de ilusionistas del derecho internacional, emergió como argumento salvador: “Esas medidas cautelares solo se usan para proteger la vida y la integridad personal, los derechos políticos no se encuentran en su ámbito formal de  protección”.  Decía la canciller, la gran derrotada de La Haya. La ineficiente funcionaria que perdió un territorio del tamaño de los  departamentos del Meta y Guaviare juntos. Así no sea culpable de ello, irremediablemente así la recordará la historia.

En opinión de la derrotada de La Haya, existen derechos humanos que según el criterio de quien es acusado de violarlos, presentan o no, aplicación. ¿Será por esos disparates que le dieron esa tunda en la Corte Internacional de Justicia?

En los primeros días de la toma de Bogotá la euforia no los dejó medir el tamaño del error.

Billones  de pesos que ya existían o que no existen, ni existirán jamás, empezaron a emanar de las cejas pronunciadas y del inmamable tartamudeo del Presidente.

Los chicos play bogotanos y sus padres barrigones, con los medios de comunicación de siempre, anunciaban el advenimiento de una nueva era y la oportunidad de corregir los errores del pasado. Hitler hizo lo mismo en su posesión como Canciller de Alemania en 1933. La ciudad volvía  a las acertadas manos de los poderosos de siempre. Vociferaban en coro en los restaurantes elegantes de la zona T.

Pero algo falló. Algo salió mal. Las encuestas que debían favorecer al presidente, y a los medios que combatieron a Petro y a labor administrativa de la  izquierda, indicaban inconformismo con la decisión tomada y el bajonazo no se hizo esperar. De la euforia desmedida se pasó a la preocupación.

Los teléfonos que repicaban y repicaban con manifestaciones de aprobación y apoyó dejaron de sonar. De las apariciones en televisión de viejos alcaldes para entrevistas en las que se justificaba el zarpazo, pasamos a menciones tangenciales de la situación de la ciudad. De la pregonada llegada de una era feliz que duraría mil años. Se pasó a concentrar la energía en conteo de “rútilas monedas” como escribía Porfirio.

La compleja situación de la ciudad. El saqueo de que ha sido víctima por los contratistas de siempre. Su situación de movilidad saturada por la venta indiscriminada e incesante de vehículos y el consecuente colapso de la malla  vial que requiere de años de trabajo y billones de inversión para su recuperación, lo anterior sumado a una ciudadanía insatisfecha y azuzada por los medios que hoy se ocultan debido a que ya obtuvieron lo que les interesaba, convierten a la ciudad en una dificultad que no deja réditos electorales y es por tanto un indeseable factor de descredito y crítica en un momento en que el usurpador recibe muchas y se encuentra a punto de perder las elecciones.

Me temo, Presidente Santos, que salió a comprar un gato y está regresando a la casa con una mofeta. Un taur de su talla debería saber que no todo lo que brilla es oro: menos cuando quien lo ofrece es un fanático religioso dispuesto a imponer a como dé lugar su posición ideológica y lo que él considera el lugar de Dios en la tierra: un lugar sin personas de izquierda que perturben la tranquilidad y la armonía con sus improperios de igualdad y derechos humanos.

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