Publicado el: Mar, May 10th, 2016

LA LOCURA Y LA RESISTENCIA CIVIL A LA PAZ

Uribe resistencia1Por Mario Serrato//

Hace unos años, cuando se desarrollaban los diálogos con las autodefensas en Santa Fe de Ralito, la entonces senadora Piedad Córdoba señalaba con su particular vehemencia que tales acuerdos vulneraban el derecho internacional humanitario y denunció en cuanto foro pudo hacerlo, el sacrificio de la legalidad en el altar de la impunidad vestida de autoridad.

Los calificativos que en su contra se dieron en los medios y en el alto gobierno, no la bajaban de terrorista aliada de las FARC, guerrerista de izquierda, manipuladora de la opinión porque, según afirmaban, decía mentiras en relación con las concesiones entregadas a los paramilitares. Tales acusaciones concluían acusándola de traición a la patria.

En el fondo de la censura a la senadora se pretextaba el anhelo de paz de los colombianos.

Cuando han pasado más de 10 años de la firma de dichos acuerdos y los masacradores más crueles de los últimos tiempos gozan de libertad o están a pocos días de obtenerla,  la tierra que robaron pasó a manos de terratenientes poderosos, las familias que destrozaron y las personas que desplazaron, continúan siendo las mismas víctimas impenitentes y cohibidas de las épocas en que tales asesinos eran amos y señores del campo colombiano y las armas y organizaciones que prometieron abandonar como gesto de paz, cambiaron de manos y de nombre mediante el eufemismo macabro de un gobernante ególatra que en un arrebato de inspiración alucinada las llamó BACRIM.

La paz con los paramilitares se presentó entonces como un acto patriótico dirigido por un mesías infalible y todo poderoso que cortó de tajo cualquier crítica e incluso criminalizó a quienes tuvieron la osadía de señalar los errores que se estaban cometiendo.

La vida en sus incesantes vueltas, atraviesa como vaca en el camino de la paz con la guerrilla al antiguo gestor de la paz con los paramilitares.

Un hombre astuto y sin escrúpulos que ha logrado introducir en los colombianos el argumento insostenible según el cual los acuerdos, las concesiones y la paz con los paramilitares deber ser considerados actos patrióticos, pero la paz con los guerrilleros, quienes incurrieron en actos similares, constituye un imperdonable acto de traición.

Este mesías rabioso, el mismo que estuvo dispuesto a otorgar curules en el Congreso a los guerrilleros de las FARC, aquel que ofreció su integridad personal como garantía para que Pablo Escobar volviera a la cárcel de La Catedral, el jefe de gobierno que indultó a alias Karina e incorporó en sus huestes senatoriales a Everth Bustamente y a José Obdulio Gaviria, el que negoció con los paramilitares unas condiciones de entrega fundadas en que su proyecto militar continuaría vigente en los falsos positivos, en el presupuesto militar y en la erradicación del pensamiento de izquierda, ahora le presenta al País una propuesta de resistencia civil a la paz.

Tal propuesta muestra un telón de fondo en el que sus hijos y los de sus amigos jamás conocerán los rigores de la guerra. Su protección costará al año el acueducto de 30 municipios y su apoyo a los terratenientes ambiciosos solo servirá para hacer más injusta la paz que nunca logró.

Por el asesinato de su padre desató un odio que contagió a Colombia entera, sin importarle la sospecha creciente fundada en evidencias censuradas,  en las que parece descubrirse que la causa determinante del acto violento fue una vendeta de mafiosos inconformes con las cuentas.

Tal situación, y muchas otras, ponen sobre el tapete una extraña modalidad de sociopatía con negación de la realidad, soportada en una modalidad de neurosis obsesiva, la cual puede explicarse mediante un cuadro patológico de egolatría incurable que, fundida con el poder, arroja por resultado a un peligroso demente con visos de incoherencia, capaz de llevar a la guerra civil generalizada a la Nación entera con el único propósito de dar satisfacción a su descomunal ego de orate irresponsable.

La propuesta de este señor, a minutos de silenciarse para siempre los fusiles de las FARC, demuestra que Piedad Córdoba tenía razón y que la locura, antes que la Patria, es la razón en la que se funda su inocultable amor por la guerra.

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