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Publicado el: Mar, Oct 9th, 2012

LA LEGIÓN

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Por: Héctor Pineda S. *

El día fue agitado. Con los primeros rayos del sol, en un modesto salón comunal, peroré, con la ayuda de las diapositivas proyectadas en un telón plástico,  sobre la visión que se tiene en la articulación de los planes y programas de Bogotá con otros planes del extenso territorio conurbado o interdependiente en su enorme estructura ecológica de páramos y cerros, tierras zurcidas por los hilos líquidos de los ríos y quebradas (muchas contaminadas y mal olientes), tierra de llegada de toneladas de productos agrícolas que se desparraman de madrugada en las plazas de mercados y, por supuesto, cargando infinidad de problemas que atraviesan las fronteras del territorio metropolitano, en la vecindad cercana, o la región con los vecinos de los territorios departamentales. Las noticias de la mañana, se filtraban: un senador, sin barrera, insistía en recubrir con el “chantillí” de razones de Estado la intensión de destituir al enfermo Vicepresidente; el alboroto de los periodistas captando el registro del Presidente, convaleciente, sonriendo desde una ventana de hospital de alcurnia.

Los rayos del sol no alcanzaban a diluir la neblina del amanecer de lluvia. Mientras repasaba los pantallazos de las páginas de los periódicos virtuales, preparaba los argumentos para el encuentro con unos empleados inconformes. No me gusta inmiscuirme en estos asuntos laborales, les dije, pero entiendo que volver realidad la letra escrita en las metas del Plan, siendo las víctimas y la primera infancia los sujetos prioritarios de atención, necesita que los mejores funcionarios, los más aptos y capaces, se encuentren ubicados en los territorios más difíciles, en las comunidades más excluidas. Allí es donde podemos compartir nuestra propia felicidad con los que nada tienen. Hay que ir, literalmente, a apretar la mano de los más necesitados, argumenté. Luego, después del medio, al otro lado del territorio, explicaciones sobre decisiones con respecto al  manejo en la distribución del agua potable y, ya bien entrada la noche, unas conversaciones revisando  atrasados textos sobre normas que castigan las agresiones contra los bienes ambientales.

Aunque aún escuchaba la voz diciendo que el único jefe al que debía obediencia era el Presidente Juan Manuel Santos, pronunciadas por Angelino vestido con una sudadera de la Selección Colombia, el relincho de los caballos, junto con el tropel de los metales de los escudos y espadas, el ruido de las botas amarradas por largos cordones de cuero sin amansar, enterradas en el lodazal, el olor de los cuerpos apretujados, mojados por el chubasco de época remota, sin duda, indicaban que me encontraba como uno más del inmenso ejercito legionario. Recordé que la figura de la “Legión”  había sido uno de los recursos retóricos de las tantas charlas. Pero el aroma a chubasco del monte mojado y la adrenalina exhalada por la piel, sin asomo de dudas, indicaban la inevitable cercanía de la batalla. Una yegua de pelo negro, de lo más negro del negro, pasó rosando con el anca temblorosa el borde del cobre del escudo. Sobre la yegua, firme, la figura del guerrero. Jaló la rienda, los cascos levantaron el agua del charco de la hierba enchumbada. Frenó frente a  la primera fila de la legión y, contra luz, dejó ver su bello rostro enmarcado por el brillo del casco rematado en un enorme penacho dorado: era ella, bellamente altiva, invocando la victoria.

El sonido de trompetas y el estropicio de  las espadas golpeando los bordes del metal de los escudos anunciaron la inminencia del combate. Nada podía contener el golpe bélico. Sin embargo, un segundo antes del choque en la onírica batalla recordé, entonces, que durante el día había leído un trino que decía que la mejor columnista mujer del periódico es un hombre. Desperté tranquilo, sin sobresaltos.

 

*Constituyente de 1991

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