Publicado el: Mar, Sep 11th, 2012

La guerra por la paz


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Por Jaime Alonso Muñoz

Hay dos ángulos de mucho interés en la noticia sobre la apertura de una nueva fase en los diálogos de la administración de J.M. Santos con las FARC que deben llamar la atención en el actual contexto de la realidad del viejo conflicto armado colombiano.

El primer aspecto se refiere al complicado manejo de la opinión pública que indudablemente obligó a que los acercamientos se desarrollaran de manera clandestina, es decir, que teóricamente no salieran del círculo negociador hacia el espacio público mediático , espacio en el que las cosas adquieren una dimensión que empezamos a observar , donde todos los actores de la opinión se suman a las tropas de uno u otro contingente para ir a la otra batalla: la de ganar o perder la guerra por la paz.

La guerra por la paz se inicia en el terreno de la Mesa de diálogos, se prolonga al terreno de la política local e internacional, suma contingentes en los bandos de la opinión capturada por los medios y solo se resuelve si se logra imponer la razón de que es más costoso en todos los sentidos el camino de perpetuar la guerra que el de insistir razonablemente y con justicia en que conquistar una paz duradera es posible en las actuales condiciones.

El lugar que en esta guerra tienen actores singulares de ella como los poderes mediáticos es un asunto de extremo cuidado. Basta observarlo. Basta compararlo con experiencias anteriores en el que fueron los grandes medios los mayores ambientadores del clima de opinión y si se quiere ir más allá le sirvieron de centro de operaciones a los interesados en la prolongación del conflicto a otras esferas del mismo: las disputas por imponer una particular verdad o pretensión de verdad.

Es eso lo que empieza a repetirse frente a temas como el secuestro, el narcotráfico, lo que hay detrás de los diálogos, la interpretación de los mensajes ocultos o evidentes de cada actor en el proceso, el efecto mediatico de los nombramientos del equipo negociador en ambos lados de la mesa, el perfil mismo de los protagonistas reales del nuevo intento y el protagonismo que quisieran tener muchos y muchas dada la farandulización que las grandes cadenas masivas de la información  le quieren imprimir al hecho más importante en Colombia por estos días.

Qué pasará cuando iniciada la Agenda el escenario de esta se traslade a la península escandinava, no lo sabemos, pero lo sospechamos. La guerra por capturar la opinión no dará tregua. Los combatientes de esta modalidad del conflicto no pedirán que haya cese de hostilidades. Veremos a los medios disputarse cada centímetro de terreno en la conquista de una imagen o un dato así sea mínima la nota que les pueda servir para alimentar una u otra expectativa, una u otra versión de los hechos. Así como se rompió la confidencialidad de los encuentros en la Habana por la disputa entre las cadenas por obtener la primicia y la exclusividad, así se prevé que será el comportamiento mediático en Oslo. Es inevitable. Los poderes alrededor de los medios hacen que la información sea parte del botín que se disputan los bandos contendientes.

El segundo ángulo de interés tiene que ver con el efecto que este nuevo proceso de conversaciones pueda tener en los escenarios de opinión y de vida urbanos, en el futuro inmediato de las ciudades como Bogotá, afectado de una u otra manera por el conflicto armado.

El traslado de las conversaciones a un escenario no local, produce un conjunto de expectativas y de contrastes de opinión. No es lo mismo que el escenario sea el de las ciudades frías del norte europeo o que sea la Habana a cambio de las selvas o pequeños poblados colombianos. Estamos frente al impacto internacional de un hecho que algunos consideran local y doméstico. Algunos se escandalizarán de que se laven los trapos sucios afuera y más si estos están manchados de tanta historia de muerte y sangre. El país a veces parece no poder soportar tanta verdad.

Y la verdad es que las ciudades nuestras, las regiones bajo conflicto bélico y  en particular Bogotá deberán empezar a prepararse para ser escenarios no ya de las arduas disputas en el marco de la agenda acordada por las fuerzas en confrontación armada, sino del que algunos empiezan a denominar como el verdadero postconflicto en Colombia, de llegar a darse un acuerdo de cese definitivo o parcial de la guerra.

El llamado postconflicto no es el que algunos creen que ya se ha dado en el país sino el que puede sobrevenir de posibles acuerdos de cese de hostilidades o de paz con justicia en el marco del actual proceso.

En ese marco las ciudades empiezan a ser escenario de procesos que prolongan los efectos dramáticos de una larga guerra. ¿Cuál es la política de paz para la respectiva fase de un posible postconflicto en una ciudad como Bogotá?. La pregunta habría que hacérsela a  todos los actores de las políticas en la ciudad, pero sobre todo a los responsables de la gobernabilidad urbana. El postconflicto tiene un alto porcentaje de ejercicio en las ciudades. Bogotá contiene programas que para responder a estas preguntas de manera satisfactoria tendrían que mostrar su grado de efectividad y adaptabilidad a situaciones más complejas como las que podrían sobrevenir en el supuesto caso de que arribemos a un proceso y acuerdo de paz sostenible.

Actualmente dicho grado de efectividad no es alto. Los programas de atención a víctimas del conflicto y de reincorporación de actores del mismo no están  en su mejor momento. La política de la capital para atender el proceso de restitución de derechos de los afectados por las secuelas de la guerra  es un marco de acciones y recursos potenciales todavía en construcción. El programa de atención a la población desmovilizada y reincorporada de Bogotá fue reducido a la mínima expresión presupuestal, y de recurso técnico, profesional y personal, en la Bogotá humana. Fue despojado de sus fortalezas que buscaban lograr impedir que muchos desmovilizados retornaran a la aventura de la ilegalidad en su vida civil o fueran ajusticiados por cualquiera de los bandos del conflicto. Según un reporte de Semana en el 2008 había 4.500 excombatientes en Bogotá, según estudios del programa para reincorporarlos a la vida de la ciudad el promedio de reincidentes en actos o grupos delictivos en Bogotá era menor que en el resto de ciudades y el país. En este último llegaba a constituir casi el 20% de los que abandonaban las armas. En Bogotá no llegaba a constituir el 10% de reincidentes. Bogotá mantuvo a muchos de ellos en el programa de resocialización, con programas de un perfil asistencial, que deben mejorarse para transformarse, pero no acabarse bajo la ineficiencia y el ahogo de la baja inversión y la desfinanciación.

En eso, nuevamente,  en la recuperación de la vigencia de dichas políticas y programas, la comunidad internacional tiene un rol definitivo y lo ha tenido en los  6 años aproximados que tienen iniciativas como las experimentadas por la capital en la llamada fase de postconflicto.

En ello y en la efectividad de los pasos que debe tener el programa de atención a víctimas y  las políticas sociales y de seguridad y convivencia en la capital recae un alto grado de la responsabilidad política con la que debe afrontarse una situación como el efecto de un posible acuerdo para desmontar los factores del conflicto y la guerra.

El resto de la enorme responsabilidad histórica le compete a usted, a los ciudadanos, a los canales de comunicación con la ciudadanía, con el país y el entorno internacional, a todos nosotros como sujetos de opinión y agentes políticos y del control ciudadano contra los defensores del unanimismo de la guerra.

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