Publicado el: Mie, Ago 13th, 2014

La censura en el ojo ajeno


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Foto: www.elpais.com.co

Guillermo Segovia Mora/

“Escándalo desvía debate sobre democratización de los medios y la información”

Canal Capital adelanta, desde hace dos años, bajo la gerencia y dirección periodística y de contenidos de Hollman Morris -funciones respaldadas por las normas que rigen el canal- una programación innovadora en cuanto al enfoque alternativo de la información, pluralismo de la franja de opinión y diversidad e inclusión en su parrilla de minorías, nuevas ciudadanías y movimientos sociales, sectores invisibilizados o desdeñados por los medios privados pertenecientes a los grandes conglomerados económicos del país. El lema “Trabajamos por los Derechos Humanos y una Cultura de Paz” es un lineamiento trasversal a la propuesta televisiva que le da identidad al canal y ha logrado un nicho importante en la audiencia.

 La coartada precisa

En ese contexto, El primer café, magazine ya existente en la línea ligera y a veces cursi de la televisión comercial, fue replanteado para ofrecer a la ciudadanía una mirada crítica de la realidad, las perspectivas del gobierno de la Bogotá Humana de Gustavo Petro, la presencia  de la sociedad civil a través de sus organizaciones y acciones, cultura y deporte en sus diversas manifestaciones. El positivo impacto del programa es el resultado de un trabajo en equipo en el que es innegable el aporte del veterano periodista y antropólogo Antonio Morales con sus intervenciones formadas, cuestionadoras y amenas.

La molestia pública y destemplada del director del programa por la presentación de un sondeo de audiencia en el noticiero del canal, en medio de las conversaciones para la firma de un nuevo contrato de servicios, llevó al gerente a solicitarle disculpas para sus compañeros y finalmente a suspender el trámite. El periodista, en reacción airada, contactó colegas para ofrecerles denuncias taquilleras, que ellos, sabedores del gancho de audiencia del morbo, no repararon en amplificar. Aparte de que a algunos les servía en bandeja la oportunidad para desatar su tirria, la de sus patrones o de los amigos de ambos contra Hollman. El case lo puso la Silla Vacía (caja de resonancia de los intríngulis internos del canal, no obstante la ponderación de algunos columnistas).

El periodista comentó algunos hechos que sus colegas reprobaron iracundos, en medio de una andanada de desinformación, interpretaciones amañadas y “mala leche”. El equipo de comentaristas de Blu radio se desató en su malquerencia trayendo al cocido todo tipo de supuestos y sugerencias (olvidaron que de allí salió censurada Laura Gil); Caracol radio ni hablar (Arizmendi ya  había acusado cínicamente a Hollman de autoamenazarse y aprovechar esa condición, Gustavo Gómez no oculta su ojeriza y Darcy Quinn no perdona que el canal  haya informado los negocios de basuras de su marido) y en La luciérnaga se fueron de chismes sin fundamento (allí el omnisapiente Gardeazábal la emprendió colérico contra Claudia Morales hace poco); RCN radio intentó ponerle  tono de análisis con una declaración de Rodrigo Pardo (censurado por la casa El Tiempo por sus investigaciones en revista Cambio) y ético con un pregrabado sin contexto a Javier Darío Restrepo (censurado por El Colombiano por su posición frente al expresidente Uribe); Julio Sánchez, con Hollman al otro lado de la línea, sentenció: “Eso es censura” (días antes le había aplicado su dosis de mando al aire a su periodista Camila Zuluaga).

El Tiempo enfatizó en la denuncia (la columnista Claudia López fue echada ipso facto por demostrar parcialidad política del diario). El Espectador, elevando la preocupación a editorial, quiso matizar la acusación sugiriendo un debate sobre la televisión pública y la delimitación de funciones de gerencia y dirección. Daniel Coronell se fue por la misma tesis, enrostrándole a Morris haber desconocido sus consejos y deslizando entrelíneas críticas a otras supuestas actuaciones de aquél, para rematar condenándolo. Semana colocó al gerente del canal como el personaje negativo de esa edición (su director, Felipe López, es resaltado por La silla vacía por su estelar capacidad de orientar la información). Todos saben que el que golpea primero golpea dos veces y  golpearon al tiempo.

La ñapa corrió por cuenta de un artículo publicado en la página web de Razón Pública, en donde un abogado, dando carácter de incontrovertible a la denuncia, hace un curioso análisis para argumentar la supuesta censura, de consuno la violación de la libertad de prensa, y, como en este caso se trata de un canal púbico, deducir que el gerente, como agente estatal, está violando los derechos humanos, trasgresión estatal cuya denuncia desde hace años le ha traído a Hollman, su familia y colaboradores calumnias, exilios, interceptación ilegal de sus comunicaciones y amenazas.

En medio de la coincidencia en el descrédito a Morris, que también corrió por las redes, en el que los objetivos son deslegitimar su reconocida y galardonada lucha por los derechos humanos, su carácter de víctima de persecución por el Estado y el paramilitarismo, desconocer el fenómeno de Canal Capital, maniatarlo para que no pueda seguir impulsándolo y manifestar su antipetrismo por interpuesta persona -y también, como no, cobrar una que otra diferencia personal-, ninguno de los imparciales, veraces, objetivos y equilibrados periodistas de los medios privados reparó en la actitud del periodista denunciante.

Utilizaron su desatino para generar un escándalo, no obstante que periodistas y directores saben y comparten que los pormenores de una reunión de programación, mesa de trabajo o sala de redacción de un medio hacen parte de la confidencialidad que ética y contractualmente se exige en el periodismo y en profesiones que imponen el sigilo profesional como la medicina o el derecho. Así lo ha conceptuado Javier Darío Restrepo, quien como consultor ético de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano sostuvo:

“Un consejo de redacción es una instancia de deliberación donde sin las restricciones que impone lo que se emite para el público, se tratan los temas de la agenda, el enfoque de los contenidos y asuntos de concepto y de forma. El ambiente propicio para esa deliberación, indispensable como factor de calidad de la información que se sirve al público, está hecho de confianza y de lealtad, porque es conversación entre unos pocos y de ninguna manera para conocimiento del público.

Hacer pública una conversación privada es una forma de deslealtad, una traición a la confianza y un golpe destructor para la unidad de un grupo de trabajo. Desde luego, no existe razón válida alguna para que desde fuera  -las autoridades, los superiores- se crean con el derecho de invadir lo privado. Al periodista se le juzga por sus informaciones públicas, no por sus conversaciones privadas.”

¿Están dispuestos los directores de informativos en el país a que los demás medios divulguen las discusiones, acuerdos, órdenes y sugerencias que se imparten en sus consejos de redacción por un periodista excluido de su planta? ¿Le darían vocería privilegiada al periodista por sobre los representantes del medio? ¿Calificarían de censura la determinación gerencial, administrativa o periodística? Claro que no. Entonces ¿Cuál es el motivo de la alharaca en este caso?

El asunto es otro

Golpear a Morris, no cabe duda, por eso, trataron de agrandar la trama asociando renuncias, publicitando supuestos vetos (De Roux no les siguió la cuerda, RCN radio tuvo que rectificar especulaciones sobre Baltazar Garzón y Caracol no quiso hacerlo con su versión sobre la no trasmisión de una actividad del Concejo que a la fecha éste no había solicitado); guardaron silencio sobre las aclaraciones del canal, la carta de protesta por el trato de que ha sido objeto Morris y de defensa de sus actuaciones como periodista y defensor de los derechos humanos suscrita por un destacado grupo de intelectuales -en cambio aprovecharon para atacar la que lo postulaba al Ministerio de Cultura-, y el comunicado de las organizaciones de derechos humanos que denuncia la actitud de los medios como una forma de desviar el verdadero debate sobre el Derecho a la Información y la televisión pública  que está planteando con su posición editorial.

Frente a la inusitada publicidad y solidaridad con el periodista denunciante, resalta el silenciamiento (¿censura?)  de la posición del  director de los informativos y de la mayor parte del equipo periodístico de Canal Capital, quienes cuestionaron las afirmaciones de aquél, la posición de los medios y la actitud de directores y periodistas a los que conocen en sus prácticas profesionales y éticas. Éstos y éstas profesionales, por el contrario, dado el matoneo mediático, fueron sometidos a la burla de algunos colegas que, en la otra orilla, les cuestionan su lealtad y compromiso con el proyecto en el que laboran, cuando se engañan la supuesta independencia propia y alardean de principios que ajustan a sus necesidades, cuando no están al servicio del mejor postor. Con un irrespeto rayano en la infamia, la página Pulzo publicó como atributo para trabajar en el canal, ser imbécil. ¡Y ninguna agremiación periodística dijo nada!

Si de censura se trata, en sus diversas manifestaciones, en Colombia abundan ejemplos de negación de la democracia, como el Artículo K de la Constitución de Núñez, la Ley de los caballos de Abadía, las turbas laureanistas, los censores de Rojas Pinilla, la legislación de Estado de sitio del Frente Nacional, por el lado de los gobiernos; el estrangulamiento financiero, privado o estatal a la Nueva Prensa, Alternativa, el Noticiero de las 7 y El Espectador, y los asesinatos y atentados de los carteles y la extrema derecha contra la prensa y los periodistas, que no cesan.

Son muchísimos los casos de despido de periodistas, no siempre con buena maneras, por afectar intereses económicos del medio (entre los recientes, además de los ya citados: Daniel Pardo de Kien y Ké y Pilar Calderón de Revista Diners) y una verdad de a puño la autocensura que impera en todos los medios respecto de los intereses empresariales y políticos de sus firmas propietarias o patrocinadoras (RCN, Adila Lulle; Caracol TV, Blu y El Espectador, Santodomingo; Caracol radio, Grupo Prisa; la pauta de Pacific Rubiales). Aspectos que calla o elude un grupo de periodistas empresarios, funcionales a la industria de la información y a intereses dominantes.

Siendo graves esas manifestaciones de censura, que constituyen una violación flagrante a las libertades de expresión y prensa y el Derecho a la Información, tal vez la más aberrante es la exclusión de los medios comerciales de la mayoría de los colombianas y colombianos, de sus particularidades étnicas, sociales y económicas, de sus organizaciones, de sus problemáticas, de su forma de ver el país y de sus propuestas. En Colombia, los medios comunican desde el poder, son parte de la estructura de poder, la trasmiten y legitiman. En su lógica mercantil, el pueblo aparece como producto informativo cuando es atractivo para la venta: las tragedias, la violencia, el morbo, la curiosidad, la filantropía, el emprendimiento para solucionar las falencias del Estado o para decir sí.

Esa es la censura que como medio masivo -hay miles de medios alternativos que hacen su parte- está rompiendo Canal Capital al entregar su programación a las nuevas ciudadanías y los movimientos sociales, priorizar la información sobre sus realidades, hacer memoria desde las víctimas, dar cobertura a la Bogotá Humana, ofrecer análisis alternativos y perspectivas hacia una Colombia más justa y más democrática. Como medio público -esa es su función- contribuye a visibilizar y empoderar a los sectores subalternos de la sociedad, promover la diversidad, el pluralismo y la diferencia, y a la construcción de una cultura de paz y respeto a los derechos humanos, a la vez que agencia grandes espectáculos para llevar arte y cultura a públicos imposibilitados de costearlos. En una agenda democrática un esfuerzo plausible, desde la república señorial un atrevimiento inadmisible.

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