Publicado el: Lun, Oct 1st, 2012

La calidad en Educación: un reto que va más allá de la cobertura

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Por Javier Forero y Susana Noguera

Invertir más en libros que en balas. Esa parece ser la consigna de Bogotá para mejorar la educación, así lo demuestra el anuncio del Distrito de ofrecer 140 mil nuevos cupos en instituciones públicas en 2013 para mejorar la cobertura y los programas que actualmente realiza la administración para que “ningún niño deje de asistir a la escuela”. Sin embargo, para algunos educadores y expertos la revolución educativa se quedó en un muy buen eslogan de una campaña presidencial y no en una realidad”, basta con ver los pupitres dañados, la infraestructura deteriorada, el hacinamiento en las aulas y la baja calidad de la educación pública.

Según cifras de la Secretaría de Educación Distrital, Bogotá ha venido progresando en cuanto a cobertura, pasando de 1 millón 500 mil estudiantes en 2009 a más de 1 millón 600 mil en 2011. 63% de la demanda educativa es cubierta por las instituciones públicas, de éstas, tan solo 2% está en la categoría superior o muy superior, de acuerdo con los resultados de las Pruebas Saber 11, mientras que 40% de los colegios privados está en este rango.

Lo anterior repercute directamente en la baja posibilidad que tienen los estudiantes de colegios distritales de acceder a la educación superior. Solo 12 mil de los 60 mil jóvenes que se gradúan en educación pública en Bogotá entran a una universidad.

La alta deserción escolar es otro tema que preocupa a los expertos pues, según reveló la hoy consejera presidencial para Bogotá, Gina Parody, solo 55% de los niños que ingresan a educación primaria llegan a grado 11. Esto se agrava además con el bajo nivel de inglés que presentan tanto colegios públicos como privados, apenas 10% de los estudiantes bogotanos son bilingües.

La educación de la primera infancia en Bogotá es un tema del que se ha hablado y como todo, presenta unos avances palpables así como cifras y aspectos negativos.

Es bien sabido en el mundo académico que las experiencias vividas en la primera infancia influyen profundamente en el desarrollo, psicológico, intelectual y social de los niños. Es decir, si quisiéramos bajar más la taza de 16.1 homicidios por mil habitantes que se dan hoy en día en Bogotá deberíamos empezar por brindarle a los menores una buena educación.

El plan de gobierno del actual alcalde Gustavo Petro reconoce que la primera infancia es un momento único para estimular el desarrollo cerebral por medio del uso intensivo de los sentidos, el establecimiento de unos fuertes lazos afectivos y la garantía de unas condiciones óptimas de salud y nutrición.

Estas afirmaciones contrastan fuertemente con los hechos, pues la cobertura del 51% con la que cuentan los niños y niñas de 0-5 años evidentemente no responde a la necesidad. Este porcentaje une a todas modalidades de atención: los jardines infantiles de la Secretaría de Integración Social, los jardines infantiles privados, la atención que prestan el ICBF y la Secretaría de Educación. Eso quiere decir que 340 mil niños que están viviendo en este momento la época de aprendizaje más importante de su vida se encuentran completamente aislados del sistema educativo.

Este problema tiene su origen en dos factores. El primero es la posición desventajosa que tienen muchas familias en lo económico: dos de cada tres familias deben subsistir con el salario mínimo o menos, lo cual los inhabilita para proporcionarle una educación de calidad a sus hijos. El segundo factor importante que influye en la baja calidad académica de los niños y niñas bogotanos es la falta de docentes calificados.

Claro que en la actualidad Bogotá es la única ciudad del país que cuenta con un lineamiento pedagógico y curricular para la educación inicial que ha desarrollado unos estándares de calidad, como el de talento humano donde plantea que quienes atiendan a los niños y las niñas deben ser maestros profesionales y se establece el número de niños por maestro; también se cuenta con estándares de infraestructura, nutrición, dotaciones, entre otros.

El plan de la alcaldía actual busca suplir la necesidad de 170 mil niños, es decir, 50% de población que se encuentra fuera del sistema educativo. Ya se identificaron cerca de 60 sedes de colegios que hoy en día podrían estar ampliando cobertura a esta población infantil, haciendo una reorganización de los espacios.

Lo preocupante es que muchos de los colegios de la red distrital no están preparados para recibir la apertura de cupos que planea la Administración. Así lo demuestra un documento de la Personería de Bogotá, en el que se asegura que la infraestructura de varias instituciones educativas, la mayoría ubicadas en los barrios marginales de la ciudad, está a punto de colapsar, siendo el más preocupante el caso del Colegio Ciudad Bolívar.

No obstante, “el problema no es tanto de plata, el problema es de calidad y ésta se ve afectada por el ambiente que se vive en el colegio. En los alrededores de las institución, e incluso dentro, se da un entorno que hace que uno vaya a todo menos a estudiar”, aseguró Felipe Manrique, estudiante de 11° del Colegio Distrital Francisco Miranda, quien agregó que hay mucha densidad de estudiantes por salón, “no siento como si estuviera en clase, es más enriquecedor un grupo de máximo 20 personas, hay un trato más personal”.

Este no solo es un problema que se presenta en los colegios distritales; Juan David Noguera, estudiante de 11° del colegio Bosques de Sherwood, de Chía, opina que “el ambiente no proporciona los medios para aprender a llevar las presiones de la universidad o ejerciendo la profesión que uno escoja. Pero esto no es tan malo, porque finalmente somos jóvenes y la etapa que estamos viviendo, el hecho de que no tengamos tantas responsabilidades, nos da la oportunidad de disfrutar esa etapa, es un episodio que uno tiene que vivir”.

Al respecto, Fabián Sanabria, director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, aseguró que “en los colegios no hay maestros, sino dictadores de clase”. Cada estudiante es un código y no una persona, pues no existe el tiempo para verificar si la lección se aprendió o no, y mucho menos para planear o aplicar estrategias pedagógicas eficaces, de tal forma que la excelencia académica y la formación de calidad queda rezagada por las necesidades económicas de un docente mal remunerado. “Es aquí donde la revolución educativa se queda en un muy buen eslogan de una campaña presidencial y no en una realidad”.

Así mismo, Sanabria indicó que la educación aquí muchas veces no prepara para la vida ni para cosas prácticas, prepara simplemente para repetir información, donde el profesor dice su verdad y los alumnos pasivamente escuchan y reproducen. “En Colombia, la educación es muy reproductiva, muy consumidora, casi que descomponedora, todavía no alcanzamos a ser productores de educación”. Esto lleva a que el proceso educativo se vuelva aburrido para los alumnos, “las tareas son una repetición de lo que debió ser la clase, entonces uno realmente no tiene que pensar sino hacer lo que le manden. El profesor no tiene tiempo de leer los trabajos y uno no siente ningún tipo de motivación ni piensa que vale de algo esforzarse. Mi mejor escuela son los videojuegos, la música y los amigos, o sea la vida”, confesó Manrique. Muy por el contrario Noguera opina que “tiene que existir un término medio. Uno tiene que diferenciar entre los dos tipos de estímulos: el de la diversión y el del aprendizaje y aunque muchas veces se juntan y es bueno que lo hagan, eso no es un requisito para aprender”.

Por su parte, Mauricio Bautista, director del área de matemáticas de la Universidad Pedagógica, asegura que “en educación básica y secundaria, hay inconvenientes en la forma en que se enseña. Los docentes se basan en los ejercicios que traen los libros y no trascienden de ahí, esto hace que la enseñanza no tenga ningún contexto y lo que se aprende no sea útil”, mientras que Sanabria agrega: “La educación no puede ser enciclopédica de verdades que uno se aprende de memoria, eso no sirve para nada, tiene que ver con ese aprender haciendo, esto nos tiene que llevar al saber hacer práctico y al mismo tiempo reflexivo, es un saber hacer que piensa pero al mismo tiempo sirve para preparar la acción y ejecutarla, que lleve realmente a un aprendizaje”.

Noguera opinó que “no me molesta que me estén bombardeando con información todo el tiempo, es más, me gusta” y agregó “el exceso de información no es malo, sino el hecho de que no sabemos manejarla”.

Más optimista se muestra Carlos Polo, coordinador del colegio Agustiniano Suba, quien aseguró que Bogotá poco a poco está resurgiendo en materia educativa en comparación a años anteriores. Prueba de ello son “los buenos resultados que han obtenido los colegios en los exámenes de estado, donde muchos de ellos superan el nivel alto, incluso aparecen instituciones públicas en los primeros lugares. El hecho de que el inglés sea prioritario tanto para el Distrito como para nosotros los privados significa un avance importante”.

Además, para Polo, es bastante satisfactorio el anuncio del Ministerio de Educación en el que se informa que las Pruebas Saber se aplicarán a partir de este año a los alumnos de 3°, 5° y 9°, además de los de 11°, como es habitual. “Eso demuestra el compromiso que hay ahora con la educación”.

No obstante, “todavía existe una brecha bastante grande entre educación pública y privada. Un egresado de colegio distrital tiene menos posibilidades de ingresar a una universidad que uno de colegio privado, estos últimos salen bilingües, mejor preparados y tienen el respaldo de una buena institución”, afirmó Polo, quien agregó que la ciudad tiene un gran reto en construcción de nuevos colegios, dotación de laboratorios, adecuación de bibliotecas.

“Las locuras que uno escucha, las historias terribles en los colegios privados son como un ´coco´ para mis compañeros. Las mamás lo amenazan a uno con enviarlo a un colegio oficial si no se portan bien”, dijo Noguera. “Pero, finalmente, el colegio no es el que te hace bueno o mal estudiante, sino el deseo de aprender”, agregó el joven de 16 años.

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  1. Artículo que dice muchas verdades, los profesores somos víctimas del sistema , he sido docente universitario, contratos cada cuatro meses, pésimos sueldos, sin seguridad social, carga alta de cursos y número elevado de alumnos,funciones administrativas , y claro somos dictadores de información, no hacemos investigación, no manejamos un segundo idioma, no nos digamos mentiras, es una manera de obtener ingresos adicionales, en mi caso ético sin traficar con notas , pero no todos los docentes son pulcros, y que me dice de la pereza de los estudiantes, si los pone a investigar , a leer, a escribir, a pensar, te califican mal y te sacan de la Universidad, si es que antes no le inventan cuentos con las estudiantes.

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