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Publicado el: Mar, Mar 26th, 2013

La “barra” de mis recuerdos*


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luis_carlos_osorio.jpg-copiPor Luis Carlos Osorio R. (@lcarlososorio)

“Para Juan Carlos, ese amigo con quien compartí las cosas que te marcan para toda la vida: Donde quiera que sea ese cielo, de seguro te lo estás gozando”  Foto tomada del Facebook de Raquel.

La noticia llegó del pueblo vecino. Evita, mi abuela, siempre con una eterna “cuzca” de tabaco en la boca, que no sacaba ni para hablar, le gritaba a mi padre desde la casa:

-Adán, que esta noche viene Honorio, que te tiene buenas noticias.

– ¿Qué noticias?, le ripostó mi padre, casi una cuadra abajo, desde el platanal.

– ¡Nooo quisoo decirmeee! gritó mi abuela, y desapareció tras la alambrada.

Mi padre siguió en su oficio y yo tras él cargando la barra. De pequeño no podía con ella. Tenía pavor cuando mi padre, un joven campesino, le daba por hacer un hueco en alguna parte del extenso solar de la casa que teníamos en la Liboriana.

–Ve y tráeme la barra.

Seguramente no era consciente de mi talla y  de mi edad- tenía apenas cuatro años- y del peso de la herramienta-, pues pretendía que lo apoyara con la barra, mientras recorríamos la huerta.

Por la noche, mi padre hablaba con Honorio, un primo de mi madre que trabajaba en Locería Colombiana, una tradicional fábrica de cerámica de los Echavarría, ubicada en el municipio  de Caldas, a unos 20 kilómetros de Medellín.

–Tomá nota de los papeles que tenés que llevar el próximo lunes -le decía Honorio- creo que ahí mismo te mandan a hacer unos exámenes.

Ahí fue la desgracia: al único lapicero existente en casa se le acabó la barra y el lápiz con el que mi madre me enseñaba a escribir “no se sabía donde lo escondió el niño” – que era yo -. Por fortuna, mi tío Francisco quien había llegado minutos antes, pegó un grito para que le trajeran el suyo –éramos vecinos- y al minuto llegó Orfilia, mi prima con un lapicero con barra nueva.

Una barra de “jabón refracal” se fue consumiendo lentamente, al tiempo que una montaña de ropa era cuidadosamente doblada y luego metida en cajas, para sumarse a los colchones, trastos viejos, catres y herramientas, que era todo nuestro equipaje. Ya puesto todo en un viejo camión, incluido el carriel nuevo de mi padre, nos subimos, uno a uno, en el inmenso puesto de la cabina, yo en las piernas de mi madre, en la ventanilla, para evitar el mareo.

Cerciorado que todo estaba bien, mi padre, quien viajaría atrás con el equipaje, cerró la puerta sin darse cuenta que mi mano estaba por allí atravesada. Pasaron largos segundos antes de percatarse de la causa de mis alaridos y de ese dolor eterno que aún hoy recuerdo. Fue un viaje de un largo llanto, que cesó mientras me fui quedando dormido.

Con el despertar de mi adolescencia, apareció una  barra más: la Barra. Éste era un inmenso café, a unas pocas cuadras de mi colegio. Allí un grupo de amigos nos encontrábamos, primero, a la salida de clases y luego a cualquier hora,  para jugar billar, ajedrez, ping pong y toda suerte de juegos de mesa. En La Barra descubrí mis virtudes para el ajedrez, mi destreza para el tenis de mesa, pero también el fiasco que soy para el billar.

Desde La Barra veíamos pasar de ida y vuelta a las niñas colegialas de la jornada de la tarde. Desde allí ensayé mis primeros piropos y descubrí también que existían Neruda, Borges, Cesar Vallejo, Machado, Miguel Hernández, García Lorca y García Márquez, entre otros. Allí, con mi barra de La Barra.

Mi barra, ese grupo de amigos que uno cosecha para siempre, nació allí. Los amigos con los que empecé a devorar montañas, a ilusionarme con el teatro, la música y el cine; los amigos con quienes descubrí que subvertir era un deber y no un imposible, con quienes soñé que otro mundo era posible, mientras deambulábamos por las calles de Caldas regalando serenatas y recibiendo sonrisas. Esa es la barra de mis recuerdos.

El futbol me sacó de la música y del teatro, no así del cine. Crecí en un entorno futbolero e incluso, muchas veces le hice las tareas a Hernán Darío Herrera –el arriero-, con tal que me escogiera en su equipo. Nuestro equipo, muy ligado a la fábrica de cerámicas donde laboraban mi padre y el suyo, tenía a veces como adversario al equipo del profe Montoya. Su padre a quien apodaban “veneno”, era chófer de volqueta; lo recuerdo tomando cerveza en un viejo bar de la calle La Docena, con mi padre y el padre del arriero.

Los partidos que jugábamos en la antigua cancha de la escuela Goretti, terminaban a veces en verdaderas batallas: las piedras iban y venían desde La Docena hacia El Hoyito, donde nos replegábamos nosotros. Los padres de unos y otros se quejaban porque no sabíamos perder.

-Cosa de barras, decíamos nosotros.

La tregua  de los enfrentamientos de la semana llegaba el domingo con el viaje, al estadio Atanasio; algunos acompañados de sus padres y yo escabullido, pues mi padre no era muy aficionado al futbol.

De La Barra de la Estación pasé a la barral del Nahual y de allí a la Mancha. Los amigos solíamos sentarnos alrededor de ese inmenso tablón de madera que separa al barman de sus clientes – la barra-, en unos butacos de madera muy altos, que dejaban los pies colgando; en esa barra alargada, no sólo departíamos con Mario, sino que nos sentíamos copropietarios del lugar. El nombre de los dos negocios, fue influencia de las lecturas compartidas con Marco Antonio, los textos de Carlos Castaneda y la figura del Quijote  En un lugar de la Mancha… Realmente él fue la persona mas influyente de la barra. Por él incursionamos casi de manera competitiva en la literatura y en el teatro; él era capaz de arriar con toda la barra al borde de la media noche para ver un ciclo de Hertzog en el Subterráneo, un teatro hecho para divulgar el cine culto en el exclusivo barrio El Poblado, en Medellín. Con él nos entusiasmamos a liderar un movimiento cineclubista en todo el Valle de Aburrá. Con él aprendimos a tomar vino, a disfrutar en Manrique las jornadas de la Tango vía y a deleitarnos con Serrat, Patxi Andion, Leonardo Favio en su versión balada y cinéfila.  Con él y la complicidad de Santiago Echavarría, nos metimos en el Centro de Cerámicas que “el mejor de los Echavarría” tenía en la plaza del Pueblo a degustar largas jornadas de música y poesía con el cantautor Leonardo Álvarez.

La barra del cineclub es memorable y dolorosa. Una noche me senté en el Nahual con mi amigo Juan Carlos –si existe alma gemela, él era la mía-, a debatir sobre algunas contradicciones que nos alejaban. Mario, medio dormido, debió echarnos casi a las dos de la mañana, un poco molesto porque sólo habíamos consumido tintos.

–Hay mucho carro raro por ahí, no se porqué pero creo que les están echando el ojo y ustedes no se han dado cuenta. Nos dijo.

Ya con algo  de paranoia salimos del Nahual y a pesar de la hora Juan Carlos me acompañó hasta mi casa. Efectivamente nos seguía un Toyota Land Cruise color café, sin placas.

-Quédate en mi casa, le dije.

– Fresco, no pasa nada, me respondió.

Él se perdió en la esquina, mientras el campero se detenía frente a mi casa. Tras las cortinas, yo observaba. En esa época estaba en pleno apogeo el estatuto de seguridad.

Al día siguiente, Juan Carlos y el resto de la barra, mis amigos del alma, nos encontramos en un batallón, acusados de ser un comando guerrillero. La reacción no se hizo esperar. Desde Francois Truffaut en París, quien por la época era el presidente de la Federación Internacional de cineclubes, hasta La revista Alternativa, en su último aliento, denunciaban esta acción bárbara contra la junta directiva del Cine Club Caldas. Se sabía que un gran contingente de hombres del ejército había realizado muchos allanamientos en la población, que los muchachos del cineclub fueron sacados de sus casas, pero nadie sabía dar razón de su paradero.

Un ser extraordinario alzó sus manos y lanzó su grito desde la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia: Héctor Abad Gómez. Por esa época yo cursaba tercer semestre de medicina y Héctor Abad y mis compañeros de aula, mi otra barra, no descansaron hasta localizarnos en el Batallón Bomboná, en el barrio Buenos Aires de Medellín, y llevarnos a la libertad. Pero ésta no fue inmediata, debimos pasar aún varios días recluidos en pequeñas celdas, mientras nos recuperábamos y resistíamos el dictamen médico de que todo estaba bien. En medio de la angustia y el dolor, vinieron varios días maravillosos. Las pequeñas celdas eran inundadas con un silbido celestial:  Alfonso Melena y Manuel, su hermano, nos entregaban cada día un concierto que salía de lo más hondo de sus pulmones.

Mientras tanto, mi barra de Caldas, mis cuates, realizaban una semana cultural, inolvidable en el municipio. Nos recibieron como héroes. No voy a referirme al trato cruel al que fuimos sometidos por mas de quince días, pero este evento hizo trizas la barra. Marcos, aunque no había sido detenido, se dedicó a sus labores académicas. Casi todos nos aislamos e incluso abandonamos literalmente el municipio. Algunos entraron en un ostracismo sospechoso y yo mismo me aventuré a nuevos mundos. Sólo quiero recordar, de aquellos días, un golpe directo al estómago que me propinó la única mujer que no necesitaba golpearme para quitarme la respiración.

Mi barra de infancia y adolescencia se fue convirtiendo en un referente lejano. En mi cotidianidad solo fue apareciendo la barra espaciadora y la barra de herramientas, hasta que una tarde, mi oficina se inundó de jóvenes barristas de todos los colores: Comandos Azules,  Blue Rain, Guardia Albi Roja Sur, Los Del Sur, Nación verdolaga y Disturbio Rojo, entre otros, fueron llegando con sus problemas “irreconciliables”. Mucho camino se había recorrido desde aquellos enfrentamientos de club de pueblo, donde la confrontación no iba mas allá de exacerbar las contradicciones entre quienes venían de una escuela pública –el profe Montoya y su combo- y quienes veníamos de una escuela privada – el arriero y su barra-, mi barra. Lo único común, es que ayer como ahora, el enfrentamiento siempre había sido entre pobres.

-¿Porqué buscan al Ministerio Público? Quieren garantes, -me respondían algunos funcionarios de la entidad.

Saben que su historia es una vida de vulneración de derechos. Por eso no les da temor reconocerse como factores de conflicto. Muchos han delinquido, han robado, han tomado un arma contra el otro, pero saben que hay una sociedad en deuda con ellos. Una sociedad que es implacable. “Barras bravas”, “desadaptados”, “bandidos”,” delincuentes”, les increpan desde los medios. Los usan los clubes, los manipulan los políticos y se legisla como si fueran esencialmente delincuentes.

El concepto de barra se ha ido transformando con el tiempo. Pero yo sigo aferrado a la mía. En la Panamericana solo entienden de mina o repuesto para el lapicero; la barra de jabón refracal desapareció con el siglo, La Barra, ese viejo café que albergaba jóvenes inquietos en la década del setenta, se convirtió en una tienda moderna, y mi barra, ese grupo de compinches con los que soñamos en cambiar el mundo, sigue ahí en la distancia, aunque algunos se hayan detenidos en el tiempo y otros, como Juan Carlos, mi hermano, mi carnal, mi otro maestro, se haya ido. Y sin embargo La barra sigue ahí.

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* Marco Antonio, muchas gracias por tu juiciosa revisión del texto.

Displaying 8 Comments
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  1. Excelente forma de hacer memoria. Salud por su barra y por el arte de escribir.

  2. Se me puso la piel de gallina. Seguro que tienes muchos mas recuerdos como este. Ustedes que escriben tan lindo y tienen tanto para contar deberían ir haciendo un libro cada uno de sus recuerdos y experiencias y que se vaya uniendo hasta quedar en un solo recuerdo que contenga todas esas vivencias juntos. Es que siento que sería hasta como un tratado de la historia de nuestra Colombia.

  3. Después de tantos años, apenas me entero de que Juan Carlos ya no está entre nosotros. Para mi es una triste noticia bien contada. Sigue escribiendo amigo Luis, lo haces bien.

  4. Creo también que la barra aun existe, en los corazones de quienes estuvieron y se transformaron en ella, acosados y perseguidos. Que desde las barras se verán cambios, y se transformará el mundo. Las barras de la juventud, las barras o ventanas que tanto añoramos. muchos recuerdos… y un me gusta….

  5. clara Inés dice:

    Hola Luis Carlos, si, me gustó mucho, estas historias de vida son bellas porque sencillamente nos muestran el significado en toda su dimensiòn de lo que es la vida, de lo que es vivir para cada ser humano. historias como esta nos humanizan, nos acercan, nos permiten conocer y reconocer al otro. Me gusta esta propuesta. Un abrazo.

  6. Nelly Maria Perez Garcia dice:

    Lamentable que a lo largo y ancho de la historia esté prohibido soñar y más grave aún, hacer los sueños realidad. Fraternal abrazo doctor Luis Carlos.

  7. Marco Antonio Mejía Torres dice:

    Bien por la memoria…realmente mueren quienes quedan en el olvido, lo demás es vida

  8. Patricia Hoyos dice:

    Gracias Luis Carlos y Marco Antonio por recordar a ese gran personaje que fue y seguira siendo mi hermano Juan,yo se que el desde donde este nos seguira acompañandonos.

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