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Publicado el: Lun, Nov 24th, 2014

KENNEDY, LOS DERECHOS CIVILES Y LA IGUALDAD


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kennedy

Por: Mario Serrato

El 22 de noviembre de 1963 fue asesinado en las calles de Dallas el Presidente Kennedy. Texas era entonces un estado hostil a las políticas del mandatario de los Estados Unidos quien, al momento en que visitó esa región sureña, se encontraba en campaña de reelección.  

El magnicidio, aun impune, fue investigado por la comisión Warren, la que concluyó que una sola persona logró impactar en la cabeza del Presidente tres disparos de fusil a más de quinientos metros de distancia, sobre un auto en movimiento, en lapsos de tiempo, entre tiro y tiro de un arma recargable y que ese tirador solitario consiguió ejecutar los disparos a una velocidad y puntería suficientes para dejar sin palabras al más galardonado de los medallistas de oro olímpicos en la prueba de tiro al blanco.

Si bien Lee Harvey Oswald, el eterno sospechoso del magnicidio había sido Marine, en el momento en que supuestamente le encajó los disparos al presidente, tenía más de tres años sin práctica en tiro y mucho más tiempo sin relación con las fuerzas armadas de su país.

La comisión no se cuestionó el hecho de que Oswald, mientras  fue Marine, jamás se destacó como tirador de precisión y nunca mostró habilidad extraordinaria en el manejo de armas.

Antes de morir Kennedy, había tomado decisiones con las que puso a salvo a la humanidad del holocausto termonuclear. En una maniobra digna de su estatura política, consiguió que Krushev, el premier ruso, desarmara los misiles apostados en Cuba, y los devolviera a los arsenales de muerte de la Unión Soviética sin que ninguno de esos artefactos genocidas fuera disparado sobre territorio americano.

Tales decisiones dejaron a los miembros de sus fuerzas armadas sin el placer de destruir al mundo y a los señores de la guerra sin contratos y sin negocios para la construcción y venta de sus productos criminales.

Antes de caer asesinado,  tenía planeado desescalar la intervención norteamericana en Vietnam, y no les había dado gusto a sus generales con la ejecución de un planeado bombardeo a Cuba tras el humillante fracaso militar en Bahía Cochinos.

La comisión Warren nunca investigó a los ofendidos y frustrados señores de la guerra y tampoco se inquietó cuando Lyndon B. Johnson, el vicepresidente texano, revocó todas las decisiones antiguerra del mártir asesinado.

Esa comisión tampoco revisó el incremento inusitado de contratos para las compañías fabricantes de armas que firmó Johnson, y no le interesó la forma en que el presidente sustituto disparó el reclutamiento de jóvenes para ser enviados a la guerra de Vietnam.

En los comienzos de la convulsionada década de 1960, la población afroamericana reclamaba, con justa razón, sus derechos civiles y la igualdad ante la ley y en sus manifestaciones reivindicaban el pensamiento y valores consagrados en la constitución por los fundadores de la gran nación norteamericana.

Kennedy no fue inferior al fenómeno social y en una alocución presidencial, les recordó a sus compatriotas la frase de Lincoln en la que sentenciaba que una nación libre no podía tener a la mitad de su población sometida a la esclavitud.

Al recordar esa frase de uno de los prohombres de la humanidad, comparó la situación de las personas de raza negra de esa década con los momentos más oscuros de la esclavitud, la forma mas humillante de desprecio a la vida y a la condición humanas.  

En las marchas de los afroamericanos de la época se observa como los policías blancos les retiraban de forma violenta las banderas de los Estados Unidos a los caminantes, en un acto que simboliza que la patria pertenece solo a quien no protesta. Cualquier parecido con la realidad colombiana no es simple coincidencia.

John Fitzgerald Kennedy fue asesinado cuando había asumido el compromiso de conseguir que todos los norteamericanos gozaran de igualdad de derechos y de oportunidades.

En el momento justo en que esa gran nación estaba por comprender y vivir según los postulados de sus padres fundadores.

El trabajo y conclusiones de la comisión Warren pasarán a la historia como el modelo más eficiente y cínico del modo en que los poderosos desvían las investigaciones para ocultar la verdad.

El legado de Kennedy, por fortuna, no murió en esa tarde texana de lluvia escampada y de guerreros oscuros, gracias a que otras personas de su talla y valor, han recogido y ondean con dolor, persecución y tenacidad, las banderas de la igualdad entre los hombres y la esperanza de un mundo con justicia.

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