Publicado el: Vie, Jul 26th, 2013

Joe, un pedacito de la historia nuestra


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joe-8234_276222465044_196804785044_8859577_1266811_nPor Guillermo Segovia Mora/ foto tomada de ghettobassquake.com 

Creador de un sonido propio con lo mejor de la influencia africana, caribeña, antillana y costeña, delicia de los bailadores de Colombia, América Latina y el mundo, Alvaro José Arroyo también contribuyó a reivindicar un lugar digno para los afrocolombianos en la historia y en el presente.

El “Joe” Arroyo, quien murió cerca de cumplir 56 años (Cartagena, 1o. de noviembre 1955-Barranquilla, 26 de julio de 2011), sí que está presente en la historia musical de Colombia y en la vida de muchos de los que en los 70´s comenzamos a rumbear. A mediados de esa década, por entre la avalancha tropical que con orquestas venezolanas inundaba los estaderos y salones de casi todo el país, irrumpió desde Medellín el sabor endemoniado de Fruko y sus tesos, cargado de salsa, con las voces excepcionales del cartagenero Álvaro José Arroyo y el caleño Wilson “Saoko” Manyoma: El Ausente, El Caminante, Tania, El PresoNegro Chombo, Mosaico Santero, nos pusieron a azotar baldosa. De African look o larga melena, vestidos con camisas sicodélicas, pantalón de bota ancha y tacón mediano, coreando el: “flores silvestres, luna y estrellas, todo se me acumula en mi cabeza que va estallar” – uno de sus grandes placeres pero también doloroso azote de su vida- nos iniciamos en la bohemia y en el gozar. La casa disquera le sacó jugó a la tesitura  y el “relincho” del Joe, quien grabó cientos de coros y éxitos de temporada como primera voz con orquestas de estudio  como Los Líderes, Los Bestiales, La Sonora Guantanamera y Piano Negro e impuso Las Cabañuelas, Dos caminos y Patrona de los Reclusos con The Latin Brothers. Dos bolerazos son curiosidad de aquella época: Buenos días tristeza y Volver a empezar

En los 80, creó su propia orquesta y acentuó los ritmos del gusto “currambero” que lo convirtieron en un fuera de concurso en el Carnaval de Barranquilla aunque lo distanciaron un poco del interior del país, donde nos cuesta mover hombros, menear cintura y raspar canilla al tiempo. Impactó el sicotrópico Tumbatecho, La rumbera y Bolobonchi. Pero con el Lp Musa Original y sus tres exitazos: el que da nombre al disco, Mary y La Rebelión, la sacó del estadio para conquistar Colombia, Latinoamérica y escenarios de todo el mundo. Letras de su puño y corazón, reivindicación del negro y de la noche, odas a sus amores, música con ecos del África Madre, la costa que arde, cumbia, porro, chandé, reggae, joeson (embrujador ritmo de su creación del que dijo “no sé qué putas es”. Luego Echao´pa lante con La vuelta, Son Apretao y el Yamulemao del senegalés Laba Sosseh. En Fuego en mi mente: La noche, En Barranquilla me quedo, Por ti no moriré, A mi dios todo le debo. Al final de la década, el útimo Lp con Discos Fuentes, En Acción con golpes como El centurión de la noche, Pa´l bailador, Suave Bruta.

Muchas razones para el multitudinario concierto de homenaje en sus 20 años de vida artística, en 1992, que juntó 70 mil personas en el estadio El Campín de Bogotá para escuchar al “Joe” y a los oferentes: “Richi” Rey y Bobby Cruz, Andy Montañez, Saoko, Fruko, Niche (dirigido por Jairo Varela, otro grande, que se iría tras él meses después). En los años siguientes, con Sony Internacional, la vena romántica con influjos de bachata produjo bellezas como Tal para cual, Ella y tú y Noche de arreboles. Del amor a la costa atlántica y su folklor surgieron los homenajes a Irene Martínez, Estefanía Caicedo, Esthercita Forero, Los Gaiteros de San Jacinto (La tortuga, Pañuelo y guayuco, Lo de la Chula, Falta la plata a dúo con Víctor Meléndez, Ron pa´todo el mundo a dúo con Diomedez Díaz y sus éxitos a dúo con Juan Carlos Coronel). De esta época también es una de sus mejores salsas: Madera. Siempre a su lado, en el piano  “Chelito” De Castro y, después,  Víctor del Real. A comienzos de siglo, en el Madison Square Garden de New York, desobedeció a Ralph Mercado, quien le presagió un abucheo si se salía del repertorio salsero, y puso a brincar a miles con el raspacanilla A mi dios todo le debo en la catedral de la Fania.

La rebelión: fiesta con mensaje

Las carencias y el hambre de la niñez siempre estuvieron presentes en su inspiración como denuncia de la injusticia, protesta y reivindicación de su patria y su raza. Más allá de quienes sostienen que la música del Caribe, por su sonoridad y cadencia es de por sí revolucionaria. Desde las primeras grabaciones con Fruko incluyó temas como Pueblo sufrido, Palenque, Gamincito y Abandonaron el campo. Con su orquesta La Verdad, Amerindio,  La vida va, Mundo cruel, La guerra de los callados. Llanto ven, llanto va; Blanco y Negro, La Rebelión y Mi Libertad son crónicas de la esclavitud en la Cartagena colonial y la exigencia de respeto para los afrocolombianos y la mujer negra Temas para bailar pensando que trascendieron la música hasta convertirse en corpus de investigaciones sociales sobre la realidad de los afrodescendientes en las américas. En el “corralito de piedra”, en el Fuerte de San Fernando, en el Palacio de la Inquisición, la mente vuela siglos atrás y con los ojos cerrados se escucha la voz de los cimarrones liderados por Benkos Bioho: “quiero contarle mi hermano, un pedacito de la historia negra, de la historia nuestra”. Fruto de su vida accidentada, de la desesperación y de su formación callejera e instintiva, también se involucró en una iglesia protestante sin ocultar a Changó, contradicción que, como algunas de sus letras desafortunadas, no demerita su mensaje.

En 2006, el escrito “La doble conciencia de DuBois, frente al excepcionalismo latinoamericano: Joe Arroyo salsa y negritudes”, autoría del PhD. de la Universidad de California, Doctor en Ciencia Política de la Universidad de Chicago e integrante del Departamento Ciencia Política y del Centro para los estudios Afroamericanos de la Universidad de California, Mark Q. Sawyer, fue galardonado con el premio a mejor ensayo en asuntos de negritudes. Al referirse a La Rebelión, Sawyer sostiene: “verso a verso, la canción cuestiona la percepción de una historia de Colombia unificada y saca a relucir la historia de opresión y luchas que marcan en especial la historia afrocolombiana”. El aporte de “Joe” como artista popular notable es demostrar la existencia de una “discriminación inclusionaria en la música y en las sociedades latinoamericanas”; sus canciones son “formas fractarias de respuestas a la opresión y la cultura”. Destaca, así mismo, que “Joe” replantea el papel de la mujer objeto en la salsa para reclamar por su dignidad y reivindica al hombre como defensor de sus derechos por sobre el tradicional macho gozón ¡No le pegue a la negra! ¡Porque a la negra se la respeta!

Es el legado de “Joe”, el niño que recorría a pie descalzo las calles destapadas del barrio Nariño de Cartagena con la cabeza entre un tarro para escucharse y soñar con ser un artista grande, que le cantó a los putañeros en Tesca y a los curas en la coral del arzobispado, que abandonó la escuela para graduarse en la música, que saltó a la fama niño y vivió adolescente, que casi se muere varias veces saciado de alcohol y droga, que lucía como palero santero; el Super Congo de Oro de los carnavales de Barranquilla, el Grammy póstumo a la excelencia, una de las cuotas significativas de Colombia en la historia de la música popular universal. El “Joe”, siempre echa’o pa´lante y prepara’o.

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