Publicado el: Lun, Jun 8th, 2015

IMPOSIBLE NO TRASBOCAR


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mariamercedesPor: Mario Serrato

La orden del Congreso en el grado de Gran Cruz con Placa de Oro, le fue otorgada a María Mercedes Cuéllar. Según se lee en la placa redactada por los oferentes del homenaje: “Por su vocación de servicio al país como gran conocedora y ejecutora de políticas públicas en beneficio de los colombianos”.

Debo admitir que al enterarme, me resultó imposible impedir que lo consumido durante el almuerzo se devolviera de forma incontenible. También me hizo palidecer de indignación la sonrisa de la señora Cuéllar López mientras recibía el galardón.

Esa señora, mientras fue directora del Instituto Colombiano de Ahorro y Vivienda, ICAV, desarrolló a fondo el UPAC, y desde sus cada vez más exigentes y despiadadas condiciones en la cuantificación de los intereses, despojó de sus viviendas y de sus recursos a miles de ahorradores que padecieron el modelo.

Los juzgados de Colombia permanecieron colapsados durante casi dos décadas por las injustas demandas de los bancos y los remates cotidianos de las viviendas de los ilusos esperanzados sometidos sin alternativa al sistema UPAC.

La galardonada, desde su condición de directora del ICAV, adelantó miles de lobbies en el congreso en los que consiguió asegurar mayores garantías a favor de los bancos y corporaciones de ahorro y vivienda, en detrimento paulatino de los condiciones de pago de los usuarios, a quienes les eliminó cualquier tipo de control sobre los intereses del crédito y les hizo imposible retener sus casas tras las sentencias de los jueces amarrados por las condiciones legales hechas a la medida del banco.

Durante los ocho años en que dirigió el ICAV se produjo el mayor número de desalojos o lanzamientos de vivienda y la mayor cantidad de suicidios de ahorradores frustrados. Eran las épocas en que los usuarios del UPAC se apertrechaban en sus casas con un grupo de familiares y vecinos solidarios, a esperar a los funcionarios de los juzgados y de la Policía encargados del lanzamiento, para iniciar y prolongar durante días las batallas desiguales de la soberbia del banquero desalmado, que exigía el retorno del bien por la falta de pago de una sola cuota, y el ahorrador desangrado que solo pedía un plazo más, una reducción de intereses mínima o una alternativa de crédito.

En los tiempos de la galardonada las casas se perdían, o regresaban a manos del banco, sin importar que se hubiera pagado dos o más veces su valor. La crisis desatada en el sistema UPAC en 1998, mientras la cínica banquera dirigía el ICAV, le costó al erario más de 12 billones de pesos, los cuales fueron a parar, por arte de magia, a los bolsillos inescrupulosos de los banqueros. De muchas maneras programas como “Medellín sin tugurios” de Pablo Escobar y las estafas de los urbanizadores piratas, fueron una reacción al UPAC que María Mercedes Cuéllar profundizó desde su posición de directora del ICAV.

La institución que dirigía tenía entre sus funciones la búsqueda de modalidades de financiamiento inmobiliario, sin embargo la economista Cuéllar López nunca se preocupó por encontrarlas. Para ella el UPAC y sus amigos banqueros lo eran todo.

Cuando terminó su gestión el ICAV, por allá en el año 2006, fue reconocida por el gremio de los banqueros y sin más ni más, se convirtió en presidenta de la Asociación Bancaria, Asobancaria, en donde se mantuvo casi dos lustros en un episodio más de puerta giratoria, esta vez de lo público a lo privado. En la condición de presidenta del gremio, condujo a la banca privada a los periodos más insolidarios y excluyentes del crédito popular y a las condiciones de expoliación del usuario más infames de la historia del sistema financiero en Colombia.

Los desproporcionados intereses a los usuarios de tarjetas de crédito, los múltiples descuentos por cualquier transacción al pequeño ahorrador, el cobro de comisiones incomprensibles al cuentahabiente por mantener depósitos en el banco y los intereses descomunales por créditos para vivienda, caracterizaron su aciago paso por Asobancaria.

En su gestión de prestamista desalmada, más de una vez clamó e impuso leyes y prerrogativas para mejorar aún más las condiciones de trabajo y los negocios de los dueños del sistema financiero, y practicó, con eficiencia ejemplar, la vieja costumbre de los banqueros torticeros: socializar las pérdidas y capitalizar las ganancias.

No siento un considerable respeto por el Senado de la República, en ese recinto escasamente cinco personas merecen ostentar la dignidad democrática, pero el poco respeto que me quedaba se extinguió con la decisión de su presidente de galardonar a María Mercedes Cuéllar con su voz ronca de fumadora, sus decisiones canallas, su corazón indolente y por los argumentos falsos que consideró para hacerlo. Es posible que mi confianza en el Senado retorne cuando galardonen a Luis Alfredo Garavito con la orden al amor por la infancia en el grado de “Gran Protector”. Sería un acto de coherencia.

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