Publicado el: Vie, Jun 14th, 2013

“Ha derribado usted, el último símbolo de la dominación colonial”


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cuadro BolívarPor Guillermo Segovia Mora/

Discurso imaginario del Libertador Simón Bolívar, a partir de sus frases históricas, en el acto inaugural del Salón Libertador, antes Gonzalo Jiménez de Quezada, y develamiento de la pintura “El Chamán”, en su honor, en la  Alcaldía Mayor de Bogotá, Distrito Capital, el día 6 de junio de 2013

Señor Alcalde Mayor de la ciudad, Gustavo Petro, al transitar por la plaza que lleva mi apellido y exhibe en el centro la estatua que me esculpiera Tenerani, honores que me ha hecho la ciudad de Bogotá en nombre de toda Colombia, de paso a este insigne salón de la Alcaldía Mayor, que hoy usted, como máxima autoridad de gobierno y en representación de sus conciudadanos, ha determinado renombrar Libertador al tiempo que reemplaza la pintura del cruel invasor español Jiménez de Quezada por una inspirada en mí, vestido de pueblo, alegóricamente nombrada “El Chamán” y pintada por Luis Luna, un tributo más de gratitud que me enorgullece, me preguntaba cómo pudo ser que tras más de 200 años de Independencia, la sede del gobierno de la capital del país, exhibiera sin pudor los símbolos más elocuentes de la invasión y el coloniaje.

Trepidé de emoción al recordar que, tras haber arribado con el ejército libertador en medio de vítores y honores, una semana después de derrotar a las huestes de Barreiro en el Puente del Teatinos, coloqué  Bogotá y no Santa Fe como lugar de origen del parte de victoria enviado al Presidente del Congreso, Francisco Antonio Zea, en remembranza del poblado de los muiscas, para como bien dice usted “volver a tender el puente con la historia, volver a construir las raíces”[1] y constituir el símbolo de soberanía que guiaría las batallas que en adelante se darían hasta poner fin a la presencia realista en esta parte de América.

“No poco se ha conmovido mi sensibilidad al llegar a esta capital de la Nueva Granada, en donde todavía se ven marcadas la depredación y la crueldad de los déspotas de la Península…”[2], decía entonces y, ya a las puertas de este salón, rememoré con indignación que en la Constitución de 1991, la más consagrada a los derechos del pueblo de cuantas hemos hecho, con esa nostalgia realista que aun anida en muchos hombres públicos del país, alguien coló en la confusión la retrógrada decisión de retornar a la ciudad el mote colonial de Santa Fe, error corregido años después para gloria de Bogotá, nombre de la capital de la república por mandato del Congreso de Angostura del 17 de diciembre de 1819.

Por eso, desde las profundas convicciones que me llevaron por años de lucha para cortar las cadenas del yugo español, con la autoridad que me dan las batallas libradas y ganadas para la Independencia de América y la convicción de que «Todos los pueblos del mundo que han lidiado por la libertad han exterminado al fin a sus tiranos”, permítame decir: Ya era hora. Como atinadamente usted afirma “Este es el salón de los libertadores, no de los conquistadores, porque somos una República, aunque a veces se nos olvide”[3]. Demás está recordarle que “Bogotá ha sido siempre y es el trono de la opinión nacional”[4]. Hoy ha derribado usted, el último símbolo de la dominación colonial. Desafortunadamente, ya formalmente libres, otras son las cadenas que actualmente oprimen a los discriminados y menesterosos.

Debo decir también que, en mi sentir, más allá de las virtudes y logros que se me reconozcan, que atesoro y agradezco, Bogotá y Colombia entera están en deuda de reconocimiento público con Antonio Nariño, patriota, precursor, ideólogo, guerrero y mártir de esta patria e hijo de este terruño, a quien los colombianos, en consulta realizada años atrás por una importante gaceta, concedieron el título del compatriota más importante de la historia. En su momento, luego de promover su nombre a la vicepresidencia en el Congreso de Cúcuta, como un gesto de desagravio con él y sus gestas, pude afirmar: “Entre los muchos favores que la fortuna ha concedido últimamente a Colombia, cuento como el más importante, el de haber restituido los talentos y virtudes de uno de los más célebres e ilustres hijos. V.S. merece por muchos títulos la estimación de sus conciudadanos, y muy particularmente la mía”[5].

Frente a los males que aún persisten, con hondura y ampliamente ha hablado usted de la necesidad de superar la segregación y de generar condiciones de equidad en la ciudad y actúa en consecuencia. Basta una mirada sensible para “probar el estado de esclavitud en que se halla aún el bajo pueblo colombiano; probar que está bajo el yugo no sólo de los alcaldes y curas de las parroquias, sino también bajo el de los tres o cuatro magnates que hay en cada una de ellas; que en las ciudades es lo mismo, con la diferencia de que los amos son más numerosos, porque se aumentan con muchos clérigos, frailes y doctores; que la libertad y las garantías son sólo para aquellos hombres y para los ricos y nunca para los pueblos, cuya esclavitud es peor que la de los mismos indios; que esclavos eran bajo la Constitución de Cúcuta y esclavos quedarían bajo cualquier otra constitución, así fuese la más democrática; que en Colombia hay una aristocracia de rango, de empleos y de riqueza equivalente, por su influjo, pretensiones y peso sobre el pueblo, a la aristocracia de títulos y de nacimiento aun la más despótica de Europa; que en esa aristocracia entran también los clérigos, los frailes, los doctores o abogados, los militares y los ricos, pues aunque hablan de libertad y de garantías es para ellos solos que las quieren y no para el pueblo, que, según ellos debe, continuar bajo su opresión; quieren también la igualdad, para elevarse y aparearse con los más caracterizados, pero no para nivelarse ellos con los individuos de las clases inferiores de la sociedad: a éstos los quieren considerar siempre como sus siervos a pesar de todo su liberalismo”[6].

Como tuve oportunidad de expresarle al General Santander, cuando compartíamos la causa de construir la república, refiriéndome a los cabildantes, legisladores y procuradores, que distanciados de sus votantes o a contrapelo de sus funciones y actuando en favor de sus intereses y los de sus patrocinadores, obstruían ayer y quieren malograr hoy  los proyectos progresistas que usted conduce para aminorar la indignante situación antes descrita, «Esos señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia (…) es el pueblo que quiere, el pueblo que obra y el pueblo que puede; todo lo demás es gente que vegeta con más o menos malignidad, o con más o menos patriotismo, pero todos sin ningún derecho a ser otra cosa que ciudadanos pasivos. Esta política, que ciertamente no es la de Rousseau, al fin será necesario desenvolverla para que no nos vuelvan a perder esos señores. (…) ¿No le parece a usted, mi querido Santander, que esos legisladores, más ignorantes que malos, y más presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la tiranía, y siempre a la ruina? Yo lo creo así y estoy cierto de ello”[7].

Para poner fin a esa realidad oprobiosa luché y juré un día “No envainaré jamás la espada mientras la libertad de mi pueblo no esté totalmente asegurada”[8]. Y fui fiel al compromiso de romper  las cadenas que nos ataban a la monarquía para ser formalmente libres, pero 160 años después, un comando del Movimiento 19 de Abril, al cual usted perteneció, advertido de una democracia restringida, una realidad social dramática y de un país sometido,  asaltó mi residencia en Bogotá, la Quinta de Bolívar, y se la llevó proclamado: “Su espada pasa a nuestras manos. A las manos del pueblo en armas. Y unida a las luchas de nuestros pueblos no descansará hasta lograr la segunda independencia”[9], causa que aun reivindican otros partidos.

Tras episodios dolorosos, luego de un período aciago para la república, abocados a los riesgos de la disolución, los hijos dolidos de esta patria se juntaron para, entre todos, encontrar el camino de la reconciliación. Las cosas habían llegado demasiado lejos. Los tratados de paz que su organización y otros agrupamientos rebeldes establecieron con el gobierno  prosperaron en una nueva Constitución, que a pesar de consagrar una carta de derechos inédita en la historia nacional, pasó a ser letra en salmuera ante el tremedal en que se sumió el país por las mafias y el clientelismo. Pero su gesto fue un mansaje de esperanza.

Sigo convencido y sé que usted comparte conmigo que «El sistema de gobierno más perfecto es aquél que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política». A ello entregué mi vida, que en el fragor de la lucha política y las decisiones de Estado, orientadas por objetivos estratégicos mayores, fue cuestionada y hasta despreciada, como lo demostró el complot para asesinarme apenas a un par de cuadras de aquí, en aquella nefanda noche septembrina. Curtido en la batalla, fui generoso en la victoria. Tras la guerra a muerte que sentencié contra los españoles y sus cómplices, no dudé en dar un apretón de manos al sanguinario Morillo, quién durante el régimen del terror anegó en sangre esta plaza, luego de firmado el armisticio previo al  fin de la confrontación armada  contra España. Se trataba de humanizar la guerra y en ello fuimos precursores. Entonces era el escenario necesario, pero mí enseña es la paz. Sé que en ese anhelo usted y Colombia entera hoy están  conmigo: “La paz será mi puerto, mi gloria, mi recompensa, mi esperanza, mi dicha y cuanto es precioso en el mundo[10].

Corren tiempos difíciles. Enfrenta usted innobles y poderosos enemigos porque sabe que “La destrucción de la moral pública causa bien pronto la disolución del Estado”[11] y que “La mejor política es la honradez”[12]. En esa lucha ha sido valiente y enfrenta las consecuencias. “El crimen de todos los partidos es igualmente odioso y condenable: hagamos triunfar la justicia y triunfará la libertad”[13]. No se puede desfallecer. Bien sabe usted, Señor Alcalde, que “El hombre de honor no tiene más patria que aquella en que se protegen los derechos de los ciudadanos y se respeta el carácter sagrado de la humanidad”[14].

A Bogotá llegué pleno de gloria y de ella salí para el cadalso enfermo, afligido, calumniado  y en andrajos. Hoy soy protagonista imprescindible de vuestra historia y desde este salón estaré vigilante.



[1] Gustavo Petro, Alcalde Mayor de Bogotá, acto inaugural Salón Libertador, junio 6 de 2013

[2] Mensaje a Francisco Antonio Zea, 14 de agosto de 1819

[3] Gustavo Petro, op. cit.

[4] Palabras pronunciadas al llegar a Bogotá, 24 de junio de 1828

[5] Carta de Bolívar a Antonio Nariño, marzo 24 de 1821

[6] Perú De Lacroix, Diario de Bucaramanga, 24 de abril de 1828

[7] Carta a Santander, 13 de junio de 1821

[8] Discurso pronunciado el 2 de enero de 1814

[9] “Bolívar, tu espada vuelve a la lucha”, MOVIMIENTO 19 DE ABRIL , Enero 17 de 1974

[10] Carta al Gral. Santander, 23 de julio de 1820

[11] Carta al Doctor Castillo Rada, 6 de enero de 1829

[12] Carta al General Santander, 17 de agosto de 1820

[13] Carta al Coronel Antonio Morales, 25 de febrero de 1820

[14] Carta al Teniente Coronel Francisco Doña, 27 de agosto de 1820

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