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Publicado el: Sab, Dic 29th, 2012

Gustavo Petro y el neoliberalismo

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foto petroPor Mario Serrato

Está  comprobado que cualquier intención de desmonte del modelo neoliberal constituye para el servidor público una falta disciplinaria e incluso una conducta criminal. Gustavo Petro en su programa de retornar al modelo público de recolección de basuras, con las interesantes y legítimas estrategias de reciclaje en la fuente, y de entregar al reciclador primario la posibilidad de trabajo, ha chocado contra la férrea estructura que el neoliberalismo presenta en los sectores mediáticos, políticos e incluso en los organismos de control.  

Fiscalía, Procuraduría y Contraloría revisan con lupa todos y cada unos de los movimientos que el actual alcalde de Bogotá realiza con motivo de su intención de desmontar el neoliberalismo. Y la prensa oficial entona cantos de victoria y censura cuando muestran el error, la demora en la toma de una decisión o la sensatez que puede tener implícita un necesario cambio de estrategia. El asunto grave consiste en que las políticas neoliberales ya no son un modelo sustituible o un esquema que los poderosos estén dispuestos a negociar.

En el gobierno del mexicano Vicente Fox, (99/04) la fortuna de Nicolás Slim se triplicó. A cambio de ello, los sectores populares de México vieron nacer una guerra que en el último sexenio arrojó 60 mil cadáveres de personas que padecieron de forma letal el ascenso del narcotráfico, hijo legítimo de la acumulación de capital. Sin embargo la fortuna de Slim continuó creciendo indiferente al fenómeno más violento en la vida de esa nación hermana después de su legendaria  revolución.

En la Argentina de Menen, hasta las bancas de los parques pasaron  a manos privadas y el número de “Villas Miseria” en Buenos Aires y Mendoza crecieron al mismo ritmo en que se incrementaron las fortunas de los poderosos banqueros que Cavallo, su Ministro de economía, defendía a ultranza. El vertiginoso ascenso del sector financiero en la nación panameña presenta, en la otra cara de la moneda, unos índices de analfabetismo que serían escandalosos en el siglo XIX, analfabetismo que se posó, como un tatuaje indeleble, en los hombros y futuro de las comunidades afrodescendientes e indígenas de un país que no cesa en su intención de mostrarle al mundo un rostro que no tiene y una realidad que prefiere ocultar.

En la Colombia de Uribe Vélez la inversión extranjera se multiplicó de manera desmesurada, pero esta llegada de capitales no tuvo por único motivo la pacificación de la nación. No, esos capitales entraron al país gozando de unas prerrogativas tributarias tan amplias que difícilmente las habría ofrecido Fernando Séptimo a un maderero en las selvas del Guaviare así este le entregara la cabeza de Bolívar empalada en un tronco de guayacán. Los beneficiarios del neoliberalismo estarán dispuestos a cualquier cosa, incluso el atentado personal, antes que ceder a sus privilegios en cualquier faceta de la economía.

Frente a esta realidad que debe ser conocida por el alcalde Gustavo Petro conviene sugerirle que a su equipo de trabajo debe incorporar personajes de la talla de Joseph Stiglitz, Eduardo Sarmiento o al doctor Ocampo, a quien los neoliberales santistas y uribistas le sabotearon de modo descarado su firme posibilidad de ser director del Banco Mundial, solo por no ser neoliberal.
No encuentro otra posibilidad de equilibrar en algo la lucha contra un enemigo que tiene de su lado a los organismos de control, entes que surgieron de la democracia y de la constitución pero fueron cooptados por el aciago y despiadado consenso de Washington.

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