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Publicado el: Mar, Ago 21st, 2012

ESO DEL USO DEL SUELO


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CRÓNICA de FERNANDO IRIARTE M.

Especial para Actualidad Urbana

Cuando llegué, Jorge estaba alardeando que daba gusto. Cada vez que puede, lo hace. Además de propietario del café librería `La Vorágine`, es un gocetas desconsiderado. Le contaba lo ocurrido a Jairo, El Chato, un amigo que le presta “por goteo”, es decir, mediante pago semanal, que no es tan tenaz como el pago diario.

–       Entraron dos, uno de uniforme y el otro de civil. Me la olí. Me dije, “otra vez la vieja de arriba”. Y no me equivocaba. Traían una hoja con direcciones, una era la de este local. “Usted está vendiendo cerveza”, me acusaron. Y yo les dije: “eso no es ningún secreto. Yo vendo y también venden los otros dos de aquí que seguramente aparecerán en esa hoja de papel. Pero es que se puede. Miren, este es mi certificado de la Cámara de Comercio, ¿si ven?, dice que esto es una taberna. ¿Dónde está el problema? Fue doña cosita, la de arriba, ¿verdad? Fue ella la de la denuncia, siempre lo es, no aguanta que aquí se venda más que en su negocio de bisutería, se muere de envidia…”

El Chato va todos los días al sitio, pero no cobra sino los sábados, después de la apoteosis de los viernes cuando hay música en vivo y aparecen las chicas tras alguno de los veteranos que se enrumban y pierden la cabeza. Durante la semana, se divierte con los grandes negocios que se hacen y deshacen en las mesas, la licencia de una mina de platino, el arriendo de doscientos volquetes para la construcción de una carretera, la concesión de un puerto marítimo. Todo, mediante grandes cifras que no caben en la cabeza de nadie, excepto en las del personaje anumérico que confía al interlocutor, con frialdad total, de qué modo tal conocido suyo maneja mil millones de dólares en su cuenta bancaria, sin la más mínima conciencia de la cuantía descomunal. Conciencia suya y del otro, por supuesto, pero de nadie más.

El Chato y Jorge hacen apuestas sobre el momento cuando el más fantástico de todos, dueño de una isla en el Golfo de Morrosquillo y de un palacete en España, proclamará al desgaire, a quienes lo han estado escuchando, su gran agradecimiento en caso de que alguno de los presentes le suministre el dinero necesario para pagar un taxi, pues ha olvidado su cartera en casa.

–       En Colombia, la gente se muere más de envidia que de enfermedades graves… tomó Jairo el hilo por el remate de la explicación.

–       Sí, eso lo dijo hace años “Cochise”, el ciclista -siguió Jorge-, porque después de ser record mundial en persecución individual se `olvidaron` de él y no conseguía trabajo. Eso sigue siendo cierto. Déjeme que termine. Como le contaba, se miraron los dos y no supieron qué aclarar. El uniformado, el oficial, reaccionó primero y me pidió que le sacara una fotocopia al certificado. “La próxima vez que esa señora vaya a la estación se lo muestro”, dijo. Fui y lo hice y salieron aburridos. Ni siquiera preguntaron enfrente, porque es otra taberna. Cuando ya estaban en la puerta, los paré. “Es el uso del suelo, les expliqué, aquí en esta calle se puede vender cerveza y licor, no está prohibido”. Se detuvieron un poco, pero no agregaron nada.

–       ¿Cuándo sucedió eso?

–       Hoy… hace dos horas.

–       Lo veo tranquilo sonrió malévolo Jairo, hoy no lo cogieron fuera de base.

–       La vez pasada sí, para qué decir lo contrario. Pero es que hace dos meses lo que me notificaron fue el cierre. Claro que patalié y eso está en apelación. Y seguro que el cierre no va para ningún lado, hasta se equivocaron con la dirección.

–       Pero le dio miedo, no lo niegue.

–       Miedo no, terror. Le pedí el favor a un abogado, el calvo, que viene aquí todos los días, y apelamos. Pero en el momento me imaginé que me cerrarían ese mismo día. Ya veía a los policías pegando el aviso, sacando los muebles y a mi mujer con cara de escopeta, por no haber estado prevenido.

–       ¿Uso del suelo, me dijo?

–       Eso es, uso del suelo. Uno piensa que sólo sirve para pisarlo, para andar por él y no, también hay que tenerlo en cuenta en otros asuntos. Lo peor es que yo no sabía nada.

–       ¿Quién se lo dijo?

–       El abogado. Cuando lo de la notificación anterior me desesperé y empecé a pensar en irme sin necesidad de que me echaran, cambiar de sitio. El paisa, el que comercia con cinturones, me comentó: “aquí a la vuelta alquilan un local más grande que este, por el mismo dinero”. Fui y lo miré. Sí, era más grande, más amplio y con salida a la calle, no como aquí en este centro comercial. Le expliqué al abogado: “apelo porque no me gusta dejarme así no más, pero la verdad quiero cambiar de sitio, ampliar” y le conté lo del otro local. “Podría ser”, me dijo, “pero de todos modos hay que mirar lo del uso de suelo, no sea que no se pueda montar una taberna”. Fue la primera vez que escuché la frase. “Dónde averiguamos?”, le pregunté al abogado. “Vamos a la alcaldía local”, dijo él. Pues fuimos y casi nos regañan. Una empleada nos informó que las alcaldías locales no se ocupaban del tema. “¿No puede consultar por Internet?”, propuse y ella me miró como quien mira a un estúpido, un ser absolutamente despreciable. “No señor”, declaró, “cómo le parece que le va a tocar ir a usted mismo a la Alcaldía Mayor a preguntar”.

–       Linda la niña…

–       Una joya. Al día siguiente estuve en el centro administrativo y me di cuenta de que no podían funcionar tabernas ni bares en el lugar. Con razón llevaban más de dos años sin alquilarlo y lo ofrecían tan barato a pesar del tamaño que tiene. Hasta me dijeron que no necesitaba sino un fiador. Le comenté el caso al paisa, que me lo recomendó, y me dijo “en Bogotá, más de la mitad de los negocios tiene problemas así, no se preocupe por eso, mientras no haya muertos a usted lo dejan quieto”. “Mientras no haya muertos”, le acepté, “y mientras sea cumplido con la mordida, como dicen los mejicanos”.  El hombre se rió.

–       ¿Entonces, el tiro es el uso del suelo? insistió El Chato.

–       Sí… y mire que cuando me citaron para notificarme el posible cierre, el encargado de hacerlo en la estación de policía me dijo “¿cómo es eso de que usted vende libros y licores? Eso no se puede. No se pueden mezclar libros y cervezas”. “¿Por qué”, le pregunté. “Porque los libros son para los niños, los estudiantes, y el licor no debiera ser para ellos”. “Pero es que yo vendo libros para adultos y negocios como el mío existen en muchas ciudades, en Buenos Aires o en México, por ejemplo, y nunca se ha oído nada en contra”. No sabía lo del uso del suelo. El personaje hubiera podido meterse por ese lado, si fuera del caso, pero no sabía nada, no estaba enterado. Suerte mía.

Por mi parte, escuché todo, callado como siempre. Prefiero estar mudo, soy de la especie de los que escuchan, especialidad escasa. Sé muy bien que son poquísimos los que han sido encarcelados por guardar silencio, si es que existen. Pero oigo y veo y saco conclusiones.

Mi opinión es que Jorge y Jairo van por mal camino. Se burlan de los que entran al negocio, pagan un par de cafés, cuatro cervezas y dos empanadas y se retiran. Yo no sé si es que quieren que gasten más o qué. Que hablen lo que hablen es cosa suya y nadie tiene por qué meterse. Allá ellos.

Pero Jorge y El Chato se meten, a veces sin compasión. Y ahora el karma se les ha volteado. Hablo de ambos porque son socios, el uno pone la plata y el otro la aprovecha. Lo que no dicen es por qué se formó el problema del cierre, eso si no. La verdad sea dicha, Jorge fue alevoso con el grupo de veinte policías que apareció la noche cuando anunciaron que había que cerrar el local, pues estaban haciendo ruido desmedido las muchachitas que tocaban tambora y gritaban a grito pelado. Le dijo al comandante que el país estaba como estaba, entre otras cosas, porque la policía no dejaba a la gente ser feliz. Como si la gritería fuera felicidad. Por eso fue la citación al día siguiente para notificar el posible cierre definitivo, que ni se ha producido.

¡Qué uso del suelo ni qué uso del suelo! Basura es lo que es. Cómo si aquí le importara a alguien que algunos sequen los humedales para levantar urbanizaciones encima, cómo si a alguien le doliera que laven cueros podridos a la orilla de los ríos de la ciudad… ¡y no me vengan con aquello de qué hago aquí en esta taberna, criticando como lo hago. Pues vengo porque me da la gana y punto!

 

© Fernando Iriarte M. Bogotá, 2012. © Especial para la edición de “Actualidad urbana”, agosto 19 de 2012, Bogotá.

 

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