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Publicado el: Jue, Sep 10th, 2015

EL OLOR INFELIZ DE VENEZUELA


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Tico PinedaPor: Héctor Pineda S.

Los recuerdos juveniles que sobreviven de la geografía fronteriza con Venezuela, por La Guajira, inevitablemente, vienen acompañados del penetrante olor de la gasolina.

El vaho del combustible, evaporado, reverbera delante del parabrisas del vehículo que, jadeante, devora la carretera destapada, sembrada a lado y lado de polvorientos y resecos Trupillos. Recuas de chivos, con el cuero pegados al espinazo, hacen esfuerzos por atrapar las hojas de la vegetación marchita por la sed. Un camión forrado en tablas, seguramente cargado de contrabando, nos empuja a la berma  de lo que en tiempos de la prehistoria fue una quebrada de aguas transparentes.

El viaje desde Barranquilla, para al encuentro de la tía materna, me llevan trepado en un bus durante más de cinco horas desesperantes, después de una larga espera en el Ferri para cruzar las aguas enlodadas del Magdalena, antes de penetrar como una mancha al Mar Caribe. Mujeres vestidas con mantos negros y alpargatas con borlas de colores vivos, hombres en taparrabos con los pies enfundados en abarcas de cuero crudo, ingresando por caminos de tierra seca, anunciaban la cercanía del pueblo en el que debía apearme para luego tomar una campero hasta el puente fronterizo: Maicao.

En la curva antes de la torre metálica de la energía de alto voltaje, inesperadamente, un reten de soldados, vestidos de riguroso camuflado de “tigrillo”, con un palo atravesado en el camino, detuvo el bus. “Personal abajo”, dijo la voz en tono marcial. Alineados contra las costillas hirvientes del vehículo, con la carabina terciada a la espalda, atrancando las piernas con la bota pegada al tobillo, uno a uno fuimos requisados, palpados, en búsqueda de armas. A la orilla del camino, otro soldado sudoroso nos pidió la identificación. La Tarjeta de Identidad la había extraviado. Con un gesto del que comandaba el grupo, se me apartó y, con golpes que poco a poco fueron creciendo en intensidad y número, se inició un extenso interrogatorio con improperios y preguntas sobre rutas de contrabando, venta de gasolina y enceres robados de los almacenes de los libaneses. A lo lejos, en lengua, desde el alto parlante se escuchó el llamado a la oración.

El bus reanudó su jadeante marcha. La mochila con el pan de sal con mantequilla y queso salado, envuelto en una servilleta blanca para el almuerzo, se quedó en la silla vacía. La imagen del vehículo se perdió en la estela de polvo levantada por las llantas. Obligado a permanecer con el rostro pegado a la tierra manchada de combustible, siguió, implacable, el interrogatorio. El olor laceraba las vías respiratorias y la sangre empapaba las ropas. Las botas de suelas remachadas con clavos de acero, en varias oportunidades, se estrellaban contra el rostro. Los huesos crujían amenazando desprenderse de las carnes abiertas, sanguinolentas.

“Este no es el hijueputa”, dijo la voz. El contingente de soldados, de dos en dos, caminó en formación rumbo al pueblo. Alguien, como la Samaritana del pasaje bíblico, me ofreció un vaso con agua hirviendo con el sol de medio día, antes de perder la conciencia. Cuando volví en mí, el jadeo del motor del vehículo me llevaba de regreso. Seguramente, la tía materna, en el otro lado de la frontera, ese día del mes de diciembre, se quedó a la espera.

Por la radio, ese fin de semana, me enteré que al cantante le habían castigado el atrevimiento de interpretar el Himno de Venezuela con el fuelle del acordeón. Sucedió al otro lado de la frontera. Después de muchos años, niños de hoy, a lo mejor, tendrán el recuerdo del olor infeliz de Venezuela que, sin piedad,  los expulsó. 

tikopineda@gmail.com

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