Publicado el: Mar, Jul 29th, 2014

EL MUNDO NO NECESITA SABIOS


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geniosPor Mario Serrato/

 “No me saques sin razón y no me guardes sin honor”, es la divisa que se lee en las vainas de las espadas toledanas. Qué bueno sería que este razonamiento fuera considerado en todo momento por los militares en sus actos.

Su inteligencia le permitió adentrarse con profundidad en las matemáticas, la física, la astronomía, el derecho e incluso en la invención. Sus estudios y escritos en botánica aún son materia de consulta entre académicos a pesar de haber muerto,  hace casi dos siglos, en la madrugada fría y gris del 28 de octubre de 1816.

Antes de ser fusilado Francisco José de Caldas, una voz le gritó al comandante del pelotón – No lo maten- ese hombre es un sabio- A esa voz replicó el general Pablo Morillo, pacificador de la corona española, -España no necesita sabios-.

Esa respuesta de caballo, que más parece una divisa de militares, ha demostrado tener una capacidad de supervivencia superior a la de las cucarachas.

El 19 de agosto de 1936 una decisión militar como la anterior, acabó con la vida del poeta y dramaturgo Federico García Lorca. El director del pelotón de fusilamiento exigía que el frágil hombre de letras, versos y canciones, le indicara en donde se encontraban sus amigos para matarlos. Al no conseguir lo que pedía, lo acribilló a balazos y quiso enterrarlo en una fosa común en la que su sabiduría y artes se pudrieran sin recuerdo.

En la persecución militar desatada contra los republicanos al finalizar la guerra civil española, murió, después de varios años de cárcel en condición de indigencia, Miguel Hernández quien, en las “Nanas de la cebolla,” le regaló  a la humanidad la más hermosa canción de cuna de que tenga conocimiento el planeta entero.

El 28 de marzo de 1942, el autor de la “Elegía a Ramón Sijé” y “Para la libertad” dejaba este mundo, agobiado por una tuberculosis que le impedía respirar, mientras los militares que determinaron su muerte estrenaban uniformes, municiones y fusiles.

El 17 de septiembre de 2004, después de un clase de historia y mientras pensaba en las estructuras sociales de Levi Strauss, fue asesinado por un comando paramilitar el profesor Alfredo Correa de Andreis. Su pecado: pensar y enseñar a pensar.

Su reputación de intelectual de derecha y su cultura inverosímil, fueron restringidas al ser secuestrado por un  comando del M-19 el 29 de mayo de 1988.

Siete años después, el 2 de noviembre de 1995, otros actores armados, pertenecientes a un oscuro grupo de militares deformados, lo asesinaron al salir de clase en la Universidad Sergio Arboleda.

Veinte minutos antes de recibir varios impactos de bala, Alvaro Gómez Hurtado conversaba con sus estudiantes sobre filosofía, historia y política con una suficiencia tal que causaría admiración a Winston Churchill y a Konrad Adenauer.

Por último, el pasado 17 de julio de 2014, un grupo de militares ucranianos pro rusos, con un misil tierra aire, en un acto cobarde, derribó un avión comercial en el que viajaban 298 pasajeros, entre ellos, una decena de científicos liderados por Josep Lange, reconocido por la comunidad científica como el hombre que más sabía sobre SIDA en la tierra y con seguridad la persona que libraría a la humanidad de ese flagelo mortal.

El doctor Lange y su grupo de 10 colaboradores eran más útiles a la humanidad que todos los militares de la tierra juntos. Hoy los científicos están muertos mientras que los militares que los asesinaron, continúan vivos en algún rincón de las montañas de Crimea, desde donde miran a la ciudad de Balaklava con la intención de reclutar a más personas para que maten a más sabios con la autoridad criminal que reciben de sus uniformes ignominiosos y sus armas deshonradas.

“No me saques sin razón y no me guardes sin honor”, es la divisa que se lee en las vainas de las espadas toledanas. Qué bueno sería que este razonamiento fuera considerado en todo momento por los militares en sus actos.

Por el contrario, la divisa que los caracteriza parece recogida de un berrido de Pablo Morillo ampliado por una soberbia incontenible en la que todos los militares de la tierra gritan en coro: “El mundo no necesita sabios.”

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