“EL DERECHO A BLASFEMAR”


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buddyPor: Héctor Pineda S./

Se imagina uno, siguiendo los estereotipos de las películas policiales de esta orilla planetaria, a los creyentes de las letras del “libro sagrado con las máximas del profeta Mahoma”, desde muy niños, repitiendo  el rito cotidiano de la oración, inclinados sobre la tierra, orientado el trasero al lado contrario hacia el lugar de la geografía en donde, desde épocas inmemoriales, se les ordenó a todas las Tribus ubicar el “templo sagrado” y donde “El Profeta” ascendió a los cielos. Detrás del vidrio de interrogatorio de cuerpo Federal, con barbas a medio rasurar y pañolones con dameros e inscripciones alfabéticas escritas de derecha a izquierda,  observan imperturbables a los orantes señalando, aquí y allá, a potenciales militantes, todos jóvenes, en la milenario “guerra santa” contra el “demonio occidental”. Por los parlantes instalados en las cúpulas de los templos, a la misma hora, se escuchan canticos y plegarias

En esta orilla, en oratorios, en una mixtura de textos sagrados y libros políticos, con cortes de pelo a la usanza militar, círculos de jóvenes y adultos hacen oraciones en largas lecturas de las enseñanza del evangelio y la letra bíblica escudriñando el “imperativo divino” para recuperar al mundo del desquicie del libertinaje y el desbarajuste que se ha producido en la “sagrada familia”, por la perdida de los valores de la “moral católica”. Varios de ellos, alentados por quienes se consideran tiene el encargo de hacer preservar la tradición de las enseñanzas, en círculos aún más reducidos, clandestinos, “por orden divina”, adiestran a los escogidos en las artes poco santas del ejercicio de la violencia para quemar letras impías, perseguir a “los de color extraño” y asesinar lesbianas y maricas. “El orden natural no se debe perturbar por desviaciones y aberraciones”, declaran en sus largas cantaletas, aunque después, como indican testimonios, sacian los calores de la carne en orgias que preceden al rezo del rosario y el culto rezado en lengua muerta y de espalda al público. Desde la ventana, en el Estado Vaticano, en la plaza atiborrada de creyentes, el sucesor de Pedro clama por “convivencia entre las civilizaciones y religiones” y dice, en todas las lenguas universalmente conocidas, que la libertad de expresión no debe irrespetar el culto y los credos religiosos.

Recuerdo, en los escritos de la historia de la humanidad, tanto oficiales como ocultos, que “guerras santas” siempre han existido. Unos y otros se han trenzado en épicas batallas y conquistas territoriales terrenales para alcanzar celestiales salvaciones. Inquisiciones en tribunales religiosos, por estas tierras, precedían a las hogueras para la quema de los herejes y brujas. “La tierra no gira alrededor del sol”, se retractó el sabio y le hizo el quite a las brazas de la candela terrenal, más acá de las eternas llamas infernales. Las caricaturas humanas de burla a Mahoma se castigan con el atentado minuciosamente organizado del asesinato a ráfagas de fusilería contra los blasfemos del dibujo o el atentado de sicario para silenciar la voz del humor satírico.

“Blasfemia”, según el relato sagrado, fue la acusación que inauguró el martirologio en el que se fundamenta la tradición religiosa en la que, seguramente, fuimos bautizados. La blasfemia fue el pecado, el delito que, de acuerdo con la ley divina y los códigos humanos,  condenó a Cristo a morir en la cruz. Aunque para algunos la blasfemia se invoca para suprimir al otro, para otros, en los que me incluyo, es sinónimo de libertad. El derecho humano a blasfemar es el derecho a vivir la diferencia, a ser libre, sin claudicar a la censura terrenal o divina.

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