Publicado el: Lun, Oct 6th, 2014

EL CONOCIMIENTO NO NOS PONE A SALVO DE LA BARBARIE


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Germán Holguín, director de Misión Salud.

Germán Holguín, director de Misión Salud.

Por: Mario Serrato

Gracias al doctor Germán Holguín se pudo recuperar del oscuro mundo del TLC, lo regalado por el gobierno de Uribe a las trasnacionales farmacéuticas.

Hace muy poco tiempo tuve el placer de enterarme de la existencia  del doctor Germán Holguín. Para quienes no lo conocen, es la persona que logró, con argumentos imbatibles y razones lógicas, demostrar que el más irracional de los negociadores del gobierno, aliado de las multinacionales de la farmacia, no consideró la necesidad  de excluir del Tratado de Libre Comercio TLC, un alto número de medicamentos y la prerrogativa de esos industriales de apropiarse, mediante el juego macabro de las patentes, de los conocimientos adquiridos y por adquirir de quienes habitamos estas tierras y somos conscientes del  poder infinito de nuestras plantas y de la clarividencia poética de la naturaleza.

Gracias al doctor Germán Holguín se pudo recuperar del oscuro mundo del TLC, lo regalado por el gobierno de Uribe a las trasnacionales farmacéuticas.

El acuerdo, preparado y suscrito por un hombre obeso con un Phd en economía y conciencia de mercader, llamado Hernando Gómez Restrepo, estaba a punto de producir beneficios inimaginables en materia de ganancias para las multinacionales a cambio de precios asfixiantes e injustos para nuestros pacientes, quienes se verían obligados a comprar lo suyo por sumas descomunales, debido a que ese colombiano regalado y sin escrúpulos, designado por un presidente del mismo talante, decidió convertir en patrimonio exclusivo de la Hoescht, Bayer o Pfizer, las bondades de la yerbabuena, la magia de la caléndula y los poderes misteriosos de la sábila.

Personas como Gómez Restrepo, con su Phd en economía de Yale,  demuestran que el conocimiento no nos pone a salvo de la barbarie.

A nuestro bosque tropical esparcido por el pacífico y nuestra selva amazónica, espléndida y casi infinita, prácticamente esos dos sujetos le habían colgado un gran letrero en el que se leería: “Propiedad extranjera, no se acerque”.

Me imagino su rabia cuando el doctor Germán Holguín presentó a los congresistas demócratas norteamericanos argumentos que acogieron, y con los que demostraba la inconveniencia de entregar nuestra cultura, en esta ocasión, convertida en hojas y raíces de muchas plantas, a un grupo de empresarios animados por el servilismo de nuestros dirigentes y por ganancias desproporcionadas e inmerecidas.

En caso de que el doctor Germán Holguín no hubiese intervenido, los colombianos nos enfrentaríamos a la obligación de pagar, en menos de 2 años, 600 mil millones de pesos por un conocimiento que es nuestro, y sobre el que dos de nosotros consideraron conveniente venderlo a los peores postores.

Con el dinero que nos veríamos obligados a entregar a los empresarios de las farmacéuticas podríamos dotar de agua potable más de cien poblaciones de la olvidada provincia colombiana. O podríamos construir miles de parques recreativos iluminados en los oscuros espacios urbanos de nuestros barrios populares. También sería suficiente para enseñarles a leer y a escribir a dos millones de colombianos que no aprendieron por una sola razón: porque los recursos que se requieren para ello, se los hemos regalado en distintas épocas y con otras modalidades, a empresarios despiadados, similares a los que estuvieron a punto de apropiarse, con las nocivas y avivatas patentes, de nuestra riqueza natural y de nuestra dotación ambiental.

El doctor Germán Holguín ha contribuido más a la vida, a la salud y al destino de los colombianos, que todos aquellos que se enloquecen firmando tratados para recibir armas y dinero con que combatir a los irracionales que creen que la revolución se alcanza manteniendo secuestrados a sus congéneres entre un cercado de animales durante más diez años.

Gracias al doctor Germán Holguín podemos asegurar que las investigaciones de los jóvenes científicos colombianos en la farmacia, la química y la medicina, no estarán sesgadas por la propiedad que un puñado de empresarios ostente sobre el conocimiento y las fuentes naturales en que se apoya, sino basadas en la inquietud intelectual y las políticas públicas de un estado que se encuentra en la obligación de apoyarlos de manera decidida, con recursos e infraestructura.

En su libro, “La guerra contra los medicamentos genéricos”, el doctor Holguín demuestra que las maniobras de las farmacéuticas producen, cada año, casi 10 millones de muertos en el mundo. Esto significa que cada 4 años tienen responsabilidad en el fallecimiento de un número similar de seres humanos a los que dejó la segunda guerra mundial. Cifra que alcanzan orgullosas, con la complicidad servil de los dirigentes de nuestra nación.  

La gestión del doctor Holguín evitó que el acceso a nuestras posibilidades en la ciencia y en la investigación fueran truncadas. El curso de nuestras investigaciones en ciencia y tecnología sigue su camino. Es lento y errático, pero no perdido, como sucedería si ese par de irresponsables se hubiese salido con la suya.

Necesitamos muchos más colombianos como el doctor Germán Holguín y muchos menos personajes, ojalá ningunos, como Hernando Gómez Restrepo y su mandante amargado, quien en sus periodos presidenciales se mostró con los suyos como un intransigente hombre de honor y combatiente implacable, mientras con los empresarios extranjeros dejó la merecida imagen del más servil de los gobernantes. En esto último, se puede asegurar, el actual no lo ha traicionado.

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