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Publicado el: Mar, Ago 25th, 2015

EL BIRRETE COLOR ROSA


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Tico PinedaPor: Héctor Pineda S.

Ahora, en el escritorio desde donde ejerce la inmensa autoridad de cancerbero de la pureza de la moral,   sin sonrojo, aún recuerda la ensoñación que lo persigue desde la adolescencia viéndose ingresar en la larga fila de los purpurados, en medio de inciensos y cánticos religiosos, luciendo un alegre birrete color rosa. Su corazón, octogenario, aún late desbocado.

Cuando en la catequesis, preparando el recibimiento de la visita papal, se enteró que la vida sacerdotal, en esencia, consistía “en un matrimonio indisoluble con Jesús”, los huesos de sus doce años recién cumplidos se estremecieron en un cataclismo que amenazó con desprenderlos de cada una de las articulaciones y sacarlos de las carnes expulsados por el desespero. Ojeó la estampita con la imagen de Cristo agonizando en la cruz y, casi sollozando, sintió cada una de las heridas y de las laceraciones de la espinas de la corona y los latigazos  dibujados  en la ilustración. El dolor, que le dolía en el alma invisible más que en mismo cuerpo,  lo contuvo en silencio. En ese mismo instante, en cuerpo y alma, se prometió que se dedicaría al sacerdocio. Arrodillado, con el rostro pegado a la rejilla del viejo confesionario, sobrecogido, hizo una larga enumeración de pecados, incluyendo el pecado primigenio heredado de los primeros padres desde los tiempos del Jardín del Edén.

Comunicar la decisión a su padre no fue fácil. Hablar de sacerdocio a un comerciante acostumbrado a lidiar con palabrotas de grueso calibre con los estibadores de la plaza de mercado, en su adolescente edad, lo llenaba de pánico. Sabía que en los corrillos de basuras y verduras podridas esparcidas por las calles inundadas de aguas de olores nauseabundos, a diferencia de los uniformes de las milicias, se murmuraba con burla que las sotanas y hábitos eran vestidos reservados para personas extrañas,  para cachacos. “Un costeño a la Iglesia no le cae nada mal”, dijo en tono socarrón el padre. Le hizo, sin que se lo pidieran, una larga disquisición sobre lo que imaginaba sería la vida en el internado, no sin dejar de describir las cosas inmundas de curas pedófilos.  Sin entender mucho las palabras del sermón, mirando distraído la bandada de gallinazos que se peleaban los pedazos de viseras podridas que eran lanzadas a la calle desde lo alto de los muros del mercado de la carnes, no pudo escuchar las palabras del padre  indicándole que pasara por el Pasaje de los granos donde vendían baúles con triple cerradura de cobre, necesario para empacar la ropa que llevaría al internado de seminarista. En la calle, la canícula del sol de medio día hacía hervir los desechos de repollos sobre el cual revoloteaba el zumbido de las moscas.  El bramido del pito del barco se escuchó a lo lejos y lo imaginó navegando por las aguas del caño, buscando las boca del río abierta a las aguas salobres del mar.

La brisa fría del río, impertinente, penetraba por la pared de calados de las duchas del baño colectivo. La hilera de regaderas perfectamente alineadas, desde el primer día de baño de grupo,  le servía de trinchera voyerista  para imaginar, detrás del tafetán húmedo de las pantalonetas, los penes erectos de las madrugadas de noches de sexo reprimido. Cerraba los ojos recordando la sensación de los dedos hurgando en la bragueta del compañero de pupitre. “Nos tocamos hasta ponernos calientes”, le confesó al Catequista. Los domingos, cuando fungía de monaguillo, buscaba los rostros de bigotes adolescentes de los mozalbetes asistentes a la misa solemne, cuyas recordaciones guardaba para naufragar en solitarias masturbaciones.

La orden draconiana de prohibir los contacto amorosos entre colegiales le frustró toda vocación. Ahora, en el escritorio desde donde ejerce la inmensa autoridad de cancerbero de la pureza de la moral,   sin sonrojo, aún recuerda la ensoñación que lo persigue desde la adolescencia viéndose ingresar en la larga fila de los purpurados, en medio de inciensos y cánticos religiosos, luciendo un alegre birrete color rosa. Su corazón, octogenario, aún late desbocado.

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