EL ARO DE LA GUERRA SE CIERRA


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Tico PinedaPor: Héctor Pineda S.//

Por esos días, entre Montería (Córdoba) e Ituango (Antioquia), no se movía una hoja sin el visto bueno de los paramilitares de Carlos Castaño y “Don Berna”, (por el lado antioqueño) y Salvatore Mancuso que comandaba el paramilitarismo caribeño, organizados en las AUC.

En Antioquia gobernaba el hoy Senador Álvaro Uribe Vélez, según dicen, con nexos políticos y familiares con la ilegalidad armada de derecha y, como es de dominio público, en guerra a muerte con la guerrilla de la FARC.

Negocios ilegales, como el corredor de tráfico de drogas ilícitas hacia los Estados Unidos por las costas cordobesas, proyectos de infraestructura eléctrica, ejemplo la hidroeléctrica de Ituango, explotación de minería de todo tipo, control de los presupuestos públicos, esencialmente los dineros de la salud “lavados” por un sin número de EPS controladas por el proyecto paramilitar,  hasta la decisión personal de Álvaro Uribe de derrotar toda injerencia guerrillera de la territorial, en una especie de venganza por el secuestro y asesinato de su padre, motivaban el ánimo bélico. La guerra, en poco tiempo, llevó al control político y militar. El Estado y las Fuerzas Armadas, en ese entonces, se comportaron como apéndices subordinados al “para poder”. En la política electoral local, por coacción o convicción, ejercían total dominio.

Los desafueros del poder provincial paramilitar “se salieron de madre”. Muchachos nacidos en cuna de familias prestantes, en una especie de desquicie,  hicieron de la guerra un juego perverso. Cuentan anécdotas que, en varias oportunidades,  se les veía alardear con sofisticado armamento bélico y, en medio de bacanales y borracheras, era usual que se embarcaran en helicópteros artillados para “cazar guerrilleros”. Varias masacres, como consta en expedientes judiciales, se perpetraron en las orgias de la muerte paramilitar. El Ejercito y los operadores judiciales, posteriormente, “lavaban” los crímenes.

Uno de estas masacres sucedió en el corregimiento de El Aro, en el norte antioqueño, territorio gobernado por Álvaro Uribe Vélez. Relatan los autores de la acción criminal, presos en los Estados Unidos, que se usó un helicóptero de la Gobernación de Antioquia para transportar el grupo paramilitar. El Secretario de Gobierno Pedro Juan Moreno, muerto en extraño accidente aéreo, dice la versión, autorizo la operación. El mando superior del Ejército, igualmente muerto, enmascaró el ataque paramilitar. La destrucción y muerte fue arrasadora. Más de una docena de campesinos fueron asesinados y los sobrevivientes se les despojaron sus tierras y obligados a desplazarse. Los hechos aún son materia de investigación.

La victoria militar y el control político territorial empezaron a extenderse a lo largo de la geografía  colombiana. La infiltración a los aparatos del Poder nacional, de los partidos políticos e injerencia descarada en los organismos de inteligencia estatal evidenciaban un proyecto político de derecha en avance. Todo presagiaba el arribo al manejo del Estado del paramilitarismo y “la combinación de todas las formas de lucha”, incluida la expresión conocida como “para política”. El cobro impositivo a empresas domésticas y extranjeras hizo parte del control del paramilitarismo. En fin, las condiciones para asaltar los escenarios de poder nacional estaban dadas.

Así lo hicieron. Ingresaron a los salones de la Casa de Nariño. La falta de vocación y talante para manejo de los asuntos de Estado, probablemente, nunca permitieron que superaran el estilo mafioso y criminal con que sometieron las tierras de la provincia. Por Bogotá, en varias oportunidades, fueron detenidos armados en “cuatro puertas” blindadas. Siguieron delinquiendo y, desde el Imperio, llegó la orden de extradición. La voz de los Estados Unidos apoya el fin de la guerra con la FARC. Los díscolos, varios sindicados de crimines, es posible que terminen juzgados y presos. El aro de la guerra se cierra. Amanecerá.      

tikopineda@gmail.com

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