EL AGUA DE BOGOTÁ


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Foto tomada de página Alcaldía de Bogotá

Por: Héctor Pineda S. *

Al regreso de un breve periplo por el Caribe colombiano, hace una semana, me sorprendió la noticia según la cual, por cuenta de unos análisis de laboratorio, el agua que se consume en Bogotá está contaminada de física mierda.Y me sorprendió la noticia, entre otras, porque a pesar de las enormes dificultades que debe  sortear la empresa encargada de su tratamiento para ponerla al alcance del ciudadano, desde la fuentes mismas de abastecimiento, pasando por las medidas que la ha correspondido realizar para quitarse el remoquete de ser la productora del agua más cara del país, como también la fama de empresa ineficiente y despilfarradora, a pesar de todo eso, el agua de Bogotá es ícono de orgullo de bogotanos y bogotanas, raizales y adoptivos,  por ser el agua más potable, más limpia, del país.

¿Qué sucedió entonces, precisamente en una administración que ha puesto, como ninguna otra en más de cincuenta años, el énfasis en el tema del agua, en la “gobernanza del agua”? ¿Por qué agua sucia en momentos en que se han hecho los esfuerzos para que los estratos más humildes tengan acceso gratuito al mínimo vital del líquido? ¿Qué “mano peluda” enturbia y contaminar nuestra agua? ¿Qué propósitos oscuros se mueven detrás de tan sucio atentado contra el bienestar, la salud y la vida de los bogotanos?

Por supuesto, como debe ser, las reacciones por parte del gobierno distrital no se hicieron esperar. El Secretario de Salud, un tolimense lleno de carácter y “sin pelos en la lengua”, en el recinto del Concejo de Bogotá, desmintió la noticia. De igual manera, el Secretario de Gobierno Guillermo Asprilla se sumo a la voz de rechazo del infundio  y, desde sus trinos, el alcalde Gustavo Petro insistió en señalar de mentiroso, irresponsable y provocador de pánico el informe noticioso.

Sin duda, pasado el impacto mediático, todo indica de que se trató de un “falso informe” una falsa noticia. Ahora, seguramente, vendrán las rectificaciones (“El agua de Bogotá no tiene la bacteria E. Coli”, dice el INS) o las explicaciones de quienes, con pleno conocimiento o ingenuamente, dieron credibilidad a unos supuestos análisis sin comprobar todas las fuentes necesarias antes de soltar semejante bomba que, sin duda, ha podido desembocar en el pánico. No se sabe, para especular un poco, si se trató de la réplica perversa de aquella vieja anécdota, convertida en paradigma de periodismo, la cual difundió la noticia del ataque de los extraterrestres a una populosa ciudad de los Estados Unidos, generando un bochinche descomunal.

Pero ahora que las aguas parecen retornar al cauce normal, en momentos en que como ejercicio pedagógico (me dicen) el gerente del acueducto bogotano ingiere agua directamente de la “pluma” (la llave, la canilla), cuando la tranquilidad retorna a los hogares bogotanos, recuerdo un escrito impecable del profesos Rafael Colmenares Faccini, “El agua y Bogotá: un panorama de insostenibilidad”, recordando la intima relación entre agua y ciudad  para la sostenibilidad y, en el mismo texto,  llamando la atención por la “falta de conciencia sobre el carácter agotable y limitado de los recursos y las ceguera ante las actividades urbanas en el mismo entorno regional del cual la ciudad toma los recursos y en las regiones contiguas”.

En momentos en que el planeta y Colombia están inmersos en el desquicie del cambio climático, resulta revelador, por decir lo menos, el texto de Colmenares sobre el agua y Bogotá. Es un tratado que pone en evidencia la manera como Bogotá toma el líquido de su entorno,  lo usa  y lo devuelve  podrido, inservible  a la región. Urgente, entonces, articular  a Bogotá con sus territorios vecinos para salvar el agua. Ojalá no sea tarde.

*Constituyente de 1991

 

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