Publicado el: Dom, Ene 17th, 2016

¿Despolarización o despolitización?

guillermo-segoviaGuillermo Segovia Mora

Llama la atención la actitud de algunos políticos o funcionarios, cuando, desde un medio de comunicación o desde la plaza y la calle, escenarios de comparecencia pública, se les requiere respuestas acerca de algún tema, determinación que involucra el interés colectivo o relación personal con posibles consecuencias en su desempeño. Reacción que en muchas ocasiones revela soberbia, incomodidad e, incluso, ira.


En una democracia es derecho del elector y de la ciudadanía en general conocer sin restricción, salvo los aspectos de la vida íntima que no afectan el quehacer público, los antecedentes y actuaciones de gobernantes y funcionarios, incluso todo aquello que sea motivo de conjetura, sospecha y hasta de mera curiosidad. Los servidores públicos están en la obligación de responder y hacerlo con claridad.

Los rechazos, la reticencia, la molestia y, a veces, la descalificación, como lo han hecho en diversas ocasiones reconocidos políticos y funcionarios, ante increpaciones públicas, preguntas de los periodistas, críticas de columnistas de opinión o requerimientos judiciales, son lamentables y muestran una interpretación autoritaria del poder y de los derechos propios.

Más una cuando los señalamientos o interrogantes que se les hacen no son menores, pues apuntan a decisiones que afectan al país, relaciones con sectores económicos, utilización del cargo, vinculaciones criminales y otras actuaciones que pueden reñir con los mandatos constitucionales y legales. Menos les es dable deslegitimar la justicia cuestionando sus determinaciones, caso en el que se observa si les son gratos los micrófonos y los usan para desviar y atacar.

Para corregir ese estado de cosas es que la ciudadanía debe participar. Asociarse e incidir es de la naturaleza humana, somos un “zoom politicón” según la antiquísima definición de Aristóteles. Y la democracia es el gobierno del pueblo, el poder de deliberar y determinar en los asuntos públicos. Claro, una acepción muy distinta a la que incubó la clase política colombiana de servirse del poder para beneficio de sí, sus castas y entornos.

La calidad de la democracia desmejora, más cuando ésta es precaria, si los ciudadanos están alejados de los asuntos públicos y los gobernantes se asumen exonerados del deber de comparecer, aléguese la circunstancia que sea. También con el desconocimiento de nuevas expresiones de participación, el clientelismo, los simulacros de participación legitimantes o la inocua visión de lo público como neutro. Nunca lo ha sido. Su contenido lo determina el poder.

Esa misma distorsión se pretende imponer cuando se estigmatiza la asunción de posiciones llamándola polarización. La invitación a un centro de encuentro para evitar los extremos “polarizantes” es una trampa de inacción en favor de la hegemonía dominante. El clamor por desideologizar y el acento en la técnica y el gerencialismo supuestamente apolítico, intentan soslayar la probada definición de Marx de que “la política es la expresión de la economía concentrada”.

El análisis crítico y el cuestionamiento del establecimiento son incómodos en la medida en que develan intereses o causas que deben ser superadas para lograr una sociedad con equidad y crecimiento orientado al Desarrollo Humano. En últimas, cuando se acusa a quien cuestiona y denuncia de “instigar la lucha de clases”, lo que se reprocha es que devele el statu quo.

La democracia radical plantea, por el contrario, superar el antagonismo en que ha devenido la deformación de la democracia liberal, de la confrontación excluyente, la imposición y el bloqueo, el sojuzgamiento por la hegemonía cultural y la confrontación violenta, por el agonismo, el debate sunstancial de ideas, la disputa entre adversarios, no entre enemigos, por el poder y el acceso y garantía del ejercicio del gobierno bajo reglas universales acatadas por todos, en el sentido de la propuesta de Chantal Mouffe.

Para algunos no polarizar es tragar entero, pasar de agache, actitud que ha permitido la cooptación de poderes del Estado por las mafias para nuestra vergüenza. El asunto es que la trasparencia no es del gusto del mundo del clientelismo, los negocios y los carruseles. Para la politiquería es chocante que de un momento a otro los considerados subalternos anden cuestionando lo que parecía natural y los tenía tan a gusto.

La democracia, si se quiere comprender en su amplitud, implica información amplia, deliberación constante, control efectivo y participación incidente de la ciudadanía. Como plantea Marta Nussbaum, una sociedad democrática debe fomentar el pensamiento crítico, el conocimiento, la autocrítica y las habilidades de deliberar con autonomía, sentirse parte de un colectivo (ciudad, nación, mundo) para incidir y ponerse en los zapatos del otro para motivar solidaridad.

Para que haya democracia es fundamental el ejercicio de la Política, que no es el privilegio de los supuestamente predestinados a gobernar, sino el derecho de los ciudadanos a participar, decidir, controlar y revocar y, desde luego, a elegir y ser elegidos, en un sistema que garantice procesos electorales legítimos, pluralismo mediático, condiciones igualitarias de participación y respeto al ejercicio de gobierno desde una oposición leal, entre otros aspectos.

Ad portas del fin del conflicto armado y para que sea irreversible, lo que el país necesita es más participación con incidencia, más política de la buena.

 

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