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Publicado el: Dom, Ago 18th, 2013

Despertar


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dali-marioPor Mario Serrato

“En la  musculatura de su cuerpo se imponían formas y figuras que hacían recordar el uso constante de la fuerza y su pico, parecido a un revolver, solo se habría para emitir o disparar montones de sonidos similares a un trino”.

Cuando Pascasio Rueda se despertó esa mañana después de un sueño intranquilo descubrió que se había convertido en un monstruoso insecto. Su espalda estaba endurecida por la presencia estrecha de cuatro hombres armados de miradas asesinas y rostros adustos que lo veneraban como a un Dios. Sus patas, demasiado cortas en relación con el tamaño de su cuerpo, sumaban un  número aproximado de ocho, aunque hubiese querido que fueran más.
Su cabeza diminuta, cubierta por una estructura calcárea parecida al plomo, le indicaba a su interior que ese era el único metal que valía la pena usar.
Su vientre, similar al de un ganadero de la sabana, era una especie de bolsa hinchada en el que muchachos retardados de pueblos anodinos estaban siendo triturados en un proceso de digestión pedregoso y difícil de explicar, situación que lo obligaba a expeler unas ventosidades con un fuerte olor a intolerancia y rabia.
Al intentar moverse, siempre hacia la derecha, descubrió que sus huesos traqueaban por la falta de movimiento por lo que pensó:  cuando dejen de traquear así, me habré vuelto licencioso y perderé el control de todo lo que hago y de todo lo que me rodea.
En la cavidad del cuerpo en la que debería estar el corazón, una extraña forma, compuesta de carne y roca,  palpitaba de modo incesante y con ello bombeaba odio y rencor a las demás partes de su organismo.
En su cola, larga como la de un dragón, se encontraban nudos enteros de personas encarceladas, personas que pensaban como él, en las que soportaba todo su peso y de las que emanaba todo su poder.
Entre las cejas, su sueño, siempre fruncido, permitía a sus ojos ver las cosas solo en dos matices, el blanco y el negro. Y su cerebro, también partido en dos, estaba montado de tal manera que su hemisferio derecho, muy desarrollado, oprimía al hemisferio izquierdo de un modo terrorífico.
En la  musculatura de su cuerpo se imponían formas y figuras que hacían recordar el uso constante de la fuerza y su pico, parecido a un revolver, solo se habría para emitir o disparar montones de sonidos similares a un trino.
Cuando su esposa ingresó al cuarto y lo saludó con ademanes cotidianos, le asombró notar que su aspecto y modales no le sorprendían, solo entonces descubrió que siempre había sido así y que los demás sencillamente lo soportaban.

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