Publicado el: Jue, Abr 11th, 2013

Desgracia de J.M Coetzee: Los Destrozos de la Fatalidad


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youth-jm-coetzeePor Marco Mejía T
Un hombre así no más, un profesor de Comunicaciones de la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo, que alcanza cierta erudición con sus clases sobre los poetas románticos, protagoniza esta novela de J. M Coetzee, cuyo punto de partida es el enredo de una situación cotidiana que lleva a un problema de juicio moral y desemboca en el infierno personal que se abre en la vida de David Lurie.

Las primeras páginas de Desgracia nos muestran a un hombre que ha sabido esconderse en subterfugios y habitar desde allí para pasar desapercibido; la ventaja de esta invisibilidad le ha permitido aparecer y desaparecer durante 52 años sin mucha pena y poca gloria, no obstante algunas publicaciones sobre la opera, el erotismo y la historia, y la disculpa de acariciar su gran obra con el personaje de Byron, visto desde una escritura que tendría los efectos de una música de cámara.

Su mundo se desmorona cuando una aventura que pudo ser pasajera lo convierte en centro de un escándalo. Este hecho no importa tanto como lo que a partir de allí se desata, Coetzee se toma su tiempo para tomar la dirección hacia la cual nos quiere conducir; el lector asiste a un escenario que desconcierta porque desconoce la pretensión que poco a poco erige el autor y que se asoma, cuando David se ve obligado a renunciar a la Universidad. La decisión de desprenderse de su entorno le lleva a reencontrarse con su hija Lucy, quien vive solitaria en una granja cerca de la ciudad de Salem, dedicada a recibir perros por temporadas y levantar la hacienda.
El paisaje de la novela cambia y tras el encuentro entre padre e hija, el hilo de lazos familiares ya rotos se anudan tras la fatalidad que, paso a paso, invade el espacio de Lucy. Aparece entonces la figura mas férrea de la novela: Petrus, el hombre- perro según se nombra en su presentación ante David. Vive allí como agregado y es una figura que representa el “hoy” de hombres que, quizás antes, eran tribus y pobladores de las inmensas tierras africanas. Ante su presencia no es posible adivinar nada, ni su pensamiento, ni su acción, ni sus palabras. Petrus encarna toda una simbología, un paraje que no tiene tiempo, un circulo cerrado, una valoración hermética que se impone de acuerdo a las circunstancias y  desplaza toda norma y toda convicción. David es de alguna manera un invasor, un extraño, un blanco, un macho fuera de lugar.
Así Coetzee ha puesto el tablero sobre el que mueve a  sus personajes signados por una carga histórica, decididos a enfrentarse, arrastrados por un cierto azar que los reúne en un campo de batalla -ignorado por David y Lucy- y al que deben entrar casi en la indefensión, intentando descifrar, solamente,  porqué han sido víctimas de un  ataque que los sume en la desgracia y  los convierte en seres marcados por un “algo” que reina allí invisible y  se impone sobre todo resarcimiento o pretensión de justicia, sin alcanzar a adivinar la justificación de la violencia que han ejercido sobre ellos. Todo esto de alguna manera se revela, pero igual permanece en lo indescifrable.
En adelante, tras los destrozos de la fatalidad, la aceptación, más que la resignación, indicarán al Padre y a la Hija que el universo que está a su lado no les pertenece; a la larga fueron convocados para un sacrificio, para un ritual cuyo sentido es garantizar que la tierra tendrá hijos de esa tierra.
La lectura de esta novela de Coetzee deja, entre sus imágenes, sensaciones encontradas, desconciertos que no llevarán a la complacencia del lector común, su estética exige cierta ruptura y de alguna manera una complicidad con los otros, con personajes que están fuera de nuestra órbita, diciéndonos algo así como esto: siempre habrá un hombre-perro que recogerá los espíritus de los perros muertos, los demás: padre e hija, o lo demás: música o no, redención o expiación de culpa,  son símbolos de la renuncia. Solo porque hay renuncia ya no pesa más la desgracia.

 

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