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Publicado el: Mie, Ago 22nd, 2012

Declaración íntima a una ciudad que aún no puedo contar


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Por Marco Mejía T

El lunes 9 de febrero de 1974, entré, por primera vez, al aula de Filosofía y Letras en la calle de Maracaibo por la cual se accedía al lado menos clerical de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.  Desde aquel día inicié mi lectura de una ciudad, con la cual he intimidado a veces en secreto, a veces abierta y descaradamente, a veces desde la distancia que da el no haber nacido en el Parque Berrio, sino al sur del Valle de Aburra. Intimado digo, y eso implica una relación que se ha revestido, desde hace 34 años, con todas las debilidades y fortalezas de quien entra al  círculo de los amantes. Así, la ciudad ha entrado en mí con su cercana historia de miedos y grandezas, con sus crisis y terrores, con su latido de corazón urbano y con la sangre que le da vida, o con la otra sangre, aquella que ha generado tanta muerte. He sido espectador de cruciales acontecimientos en estas tres décadas que ya casi alcanzan una cuarta. La he vivido en las cotidianidades más simples o en sus avatares más asombrosos. Basta citar el paseo recurrente por la Avenida la Playa que desdice la sentencia de Heráclito, el camino hacia arriba y hacia abajo, nunca es el mismo. Esa Playa de arena imaginaria, le dio acogida, a un recinto descolorido, casi cavernario, la Arteria, en la que confluía algo de la bohemia cultural de la época; o un poco más allá, la terraza de Cardescos, que gozaba de cierta prestigio artístico y literario. Playa que centralizó la colorida ilusión de los diciembres y desembocaba a la fuente al frente del Teatro Pablo Tobón Uribe, que en sus bajos dejaba conocer las auroras tras aquellas noches que pocos nos atrevíamos a surcar de luz a luz.

He sido actor secundario de lo uno o de lo otro. Trasegué por sus, hoy desaparecidos bares de tango, donde mujeres rezagadas de las migraciones de los años 50, se quedaron bailando sobre la tierra firme, en un puerto que nunca las retornó a sus tierras natales. Bares que tenían la huella del entrañable Tomás Carrasquilla y que pasaron a ser hoja del otro Aire que Mejía Vallejo puso entre sus páginas. Penetré a la extensión caribeña, de un Palacé, que nos llevaba al Conde, al Diferente, al Aristi a vibrar con el delirio de los timbales y de los cuerpos lanzados al vértigo de la salsa: en los carruseles, con los carruseles, en los carruseles o en ese no suave bar que se llamaba el Suave.

Como muchos, hice espera de amores en el parque Bolívar, con la ingenuidad del helado matinal y la calurosa retreta, eco externo del asombroso órgano cuyo misterio sonoro era privilegio de exclusivos momentos en la imponente Catedral Metropolitana. Parque Bolívar, cuyo espacio, recibió el codazo de quienes fueron excluidos y cuya posesión dio espacio a la circular obra de la Barca de los locos, a los perfomances de Dany o las bizantinas discusiones del ágora callejero que día a día reúne a unos dichosos desocupados que se encargan de resolver los enigmas del mundo, solución inconclusa que se retoma de nuevo para continuar con esta curiosa seducción de la palabra. Parque de Bolívar, destino inicial o final de una calle ícono que luego se volvió verbo: Junín-juniniar, como quien dice asomo, o mirada, o moros en el Astor y largos ratos, en ese nicho de eternidad, como el de la tapia rosada de Borges, de la cual gozaba y aún goza el salón Versalles, sitio en donde se diluyeron los pasos de los últimos nadaístas y que une la complicidad de dos ciudades que se confabulan imaginariamente. Parque de Bolívar, que cautivó la mirada de Etel Gilmour, discreta visual en un ventanal desde donde avizoró las hojas que se convirtieron en flores en el cálido Guayacán de su obra. Ella, si por supuesto, contó sin lejanías, las impudicias soterradas de un país, de una ciudad, a la cual le supo poner el color preciso de la infancia ideológica que no nos atrevemos a dejar atrás.

He desentrañado sus olores, con esa sensación de centralidad que todo lo reúne y lo hace estallar en confluencias que igualan lo divino y lo profano porque allí lo público se desata  para ser un todo o una nada, caos que origina encuentros y desencuentros, fin y principio; totalidad a fin de cuentas que suprime el espacio y hace del tiempo una sensación contradictoria de Apocalipsis o paraíso congestionado.

Esa Medellín que no le da la soledad a nadie,  o quizás sólo a él, a Gonzalo Arango, aterido profeta del nadaísmo que pudo estar a solas con el alma lujuriosa de la ciudad que pudo amar y a la vez odiar porque socavó sus más recónditos subterfugios y develó sus más abigarradas ambiciones. Esta ciudad que tiene un ruido incansable de monedas que topan las alcancías de la codicia paisa, tan monetaria ella, como la supo así desvestir el inquilino de Otraparte, Fernando González cual si fueran calzoncitos perfumados de la deseable o quizás  desechable Tony, si es que acaso es mejor ésta gloria en vez de aquella que se alcanza por ser eunuco en nuestro planeta tierra.

Esa Medellín, silenciada a veces, yo no la he sabido contar. He callado cobardemente como muchos ante la infamia que eliminó nuestros mejores o más avisados defensores del derecho humano.

Así que más bien, esta ciudad que aún no he contado, simplemente la he visto, o la he vivido o en el mejor de los casos la he leído. Leído especialmente en las palabras precisas que Helí Ramírez atinaba desde una  terraza en el occidente de Medellín, haciendo del ladrillo el verbo de los que no tienen nada o a nadie. Adiviné la ciudad en la imagen de aquellos niños ciegos que pateaban los sonidos según puso en sus versos de oscuridad y luna el poeta Juan Manuel Roca. La he visto visible en los textos de Juan José Hoyos, que ha sabido resaltar las trascendencias anónimas de tanto nadie esencial que da vida a nuestra ciudad; la he mirado con asombro en las descripciones subterráneas del Contra-sueño de Carlos Sánchez, vindicador de los  anti-héroes que hacen gesta en los subterfugios urbanos.

La he censado en los obsesivos personajes de Carlos Mario Correa quien ha puesto sus ojos en sus crónicas inverosímiles. La he vigilado con esos ojos de celador en las pastoriles metáforas urbanas de Pedro Arturo Estrada. La he discernido en los niños y en los jóvenes sin futuro de Víctor Gaviria que refutan con sus lenguajes terribles el peso de esa realidad impuesta con zapatos sin medida y de milagros acuchillados; la he odiado en las diatribas con las que Fernando Vallejo da en el blanco de nuestros pecados más escondidos.

He gozado de su membrana metafórica tal como la han cubierto las breves palabras de José Manuel Arango; la he discutido bajo el glosario adivinatorio de Alberto Aguirre o traslapado en las barrocas y ocultas desdichas que confiesan las páginas de la prosa novelesca de José Gabriel Baena o los poemas precisos de Everardo Rendón.  La he conversado a través de los diálogos con los personajes de Luis Fernando Macías que van y vienen en un vecindario de barrios que inventan esperanzas desde  la sordidez de los rincones; la he ojeado en las crónicas que alborearon en la Hoja y que testimonia épocas que convocaron bodas de sangre y de oro. La he auscultado en esas revistas que se quedan en la suerte del tres, o en aquellas que venciendo la maldición de aquella franja,  han sobrevivido con el esfuerzo que la misma ciudad respira, se me ocurre ahora nombrar los “heroicismos”  tipográficos de Punto Seguido, Babel y Otras Voces.

La reconozco en los lugares comunes que ha palpado José Martínez, o en la evocación de José Libardo Porras de una cultura rabiosa que se resiste a entender que la ciudad cambia, se trasmuta, nos devora y arrasa con todo ese pasado al que es vano volver.  La he sabido escuchar en el inconcebible ritual de poética masiva que arman y rearman con laboriosa mística los poetas de Prometeo.

La entiendo en la resistencia arquitectónica de esa Prado que se niega a entregarse al arrasamiento urbano. La he disfrutado en las noches públicas que nos congregan bajo la ilusión del género: el tango, el jazz, el alta-voz, el solsticio de verano, la noche negra,  o cualquier espacio que con generosidad nos pone a miles, a los unos con los otros, para estar juntos, tan múltiples como somos, tan diversos y tan humanos como somos.

La he mirado con horror ante las órdenes de extermino que a garrote intentan borrar la indigencia o la dignidad de las diferencias sexuales. La he disentido por su parca y tacaña voluntad privada que desconoce la dignificación del arte. La he mirado, respetado, pregonado oponiéndome a cualquier forma de exclusión y por ello la he vislumbrado a través de esa ruta de esperanza que despunta ahora en las bibliotecas, en la ciudad que se reconoce en su esencia didáctica, en la ciudad que sabe hallar su modernidad estética en las puertas abiertas de sus museos.

Es esa la ciudad que no he podido contar, porque la he visto de tantas formas y modos, que me ha obligado a ser un espectador entre tantos. Así es esa ciudad que en este momento nombro, infinita ciudad que nos une y ante la cual mejor callo, y que contemplo bajo otros ojos, como los de las imágenes fotográficas de Juan Fernando Ospina, confeso caminante de sus arterias y vehemente recopilador de sus más insólitas crónicas visuales. En esas imágenes escucho el relato de una ciudad que apenas sí conozco, porque la realidad de esa ciudad no está en sus trazos, ni en su ambicioso plano de metrópoli, sino en la intima relación que la ciudad propone a cada uno de nosotros.

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