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Publicado el: Mar, Ago 28th, 2012

DE PEATONES Y DE AUTOS


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Crónica de FERNANDO IRIARTE M.

Antes, en la intersección de la carrera séptima con calle veintidós pudo verse alguna vez una pareja de serbios melenudos y con aspecto de artesanos callejeros, de los que fabrican y venden manillas de cuero a los transeúntes, traficando drogas duras como si comerciaran confites. Lo hacían rápidamente y con absoluta tranquilidad. Tenían un horario, previamente habían convenido señas con los compradores acaudalados y estos se acercaban con sus autos lujosos como quien va de paso. En escasos segundos entregaban el dinero y recibían del par de extranjeros el producto de su compra. Los eslavos ni siquiera hablaban bien el español. Permanecieron dos o tres semanas y desaparecieron tan enigmáticamente como habían llegado.

Hoy en día la misma escena resultaría imposible o muy difícil. La carrera séptima se hizo en parte peatonal y ya no existe la confusión de vehículos del pasado: los que iban de sur a norte por la antigua Calle Real y los que bajaban o subían por las calles, a veces a una velocidad inadecuada y peligrosa. Hoy, las personas que caminan en cualquier sentido se darían cuenta de inmediato y las operaciones quedarían al desnudo. Por supuesto, la policía tendría la misma posibilidad de visión y podría llegar en minutos con sus vehículos eléctricos de dos llantas, manejados como patinetas y en donde el sentido de avance se indica con la posición del cuerpo hasta a treinta kilómetros por hora.
Continúan, por cierto, las ventas que se hacían y hacen a mano en las aceras y en los pequeños parques, pero se trata de un comercio mínimo, de pobres, detectable o indetectable según quien lo mire.
En cambio de los jíbaros europeos y nacionales, los que hoy pueden verse en el mismo lugar son los vendedores de libros usados ⎯de segunda y tercera mano⎯, con su merca extendida en el suelo sobre plásticos muy útiles, pues sirven tanto para exhibir los libros como para cubrirlos en caso de chubascos, comunes en Bogotá.
Uno de los libreros, ubicado arriba de la séptima, piensa que su situación ha mejorado; no en sentido económico ⎯sigue vendiendo lo mismo⎯, sino humano. Respira mejor, ⎯dice⎯, oye con mejor calidad de escucha y ha dejado de angustiarse porque ahora la gente camina más despacio, disfrutando de algún modo, sin el desespero absurdo de los que andan siempre a la defensiva, sintiendo que los autos en realidad acechan a los peatones para asesinarlos.
Al librero es posible verlo en horas de la tarde y comienzos de la noche, y puede que se fije en él (al ir o regresar del Mercantil o lo que queda de él, uno de los últimos bares con “coperas” a las cuales se podía contratar en privado cuando terminaban el turno) alguno de los antiguos clientes que ahora sólo van a beber tinto barato, leer la prensa, mirar el noticiero de televisión o utilizar de manera gratuita el orinal.
A propósito de estos últimos lugares, casi no quedan los de libre acceso pero abundan relativamente los que lo hacen mediante el pago de una o dos monedas. Pasa como con el agua y puede que más adelante con el aire: antes la daba natura sin pedirla, en la actualidad la envasan y se matan por ella, de modo que de recurso para todos se convirtió en causa de guerra.
En otras épocas abundaban los mingitorios gratuitos. Por el contrario, saber de ellos ahora y poder encontrarlos es todo un arte. De las artes efímeras, sin duda.
Algunos conocedores bien intencionados podrían hacer pequeños directorios con las correspondientes indicaciones y hasta levantar planos y mapas, para los necesitados.
Dos casos son dramáticos: el del referido Mercantil, pues desaparecerá tras varios meses heroicos resistiendo sin vender cerveza ni licores ⎯no es posible hacerlo por encontrarse a menos de doscientos metros de tres universidades y por ello contradecir la norma que estableció la prohibición en ese radio⎯, y el de La Florida, el antiguo salón de onces en donde se colaban muchos directamente a los retretes sin consumir nada, pues cambiaron el ingreso e inventaron un sistema que sólo permite el uso de los baños mediante una tarjeta electrónica para abrir la puerta, en caso de ser necesario, y facilitar el pago del consumo.
Frente a las escalinatas de la empresa de teléfonos (allí donde los dibujantes callejeros ejercen su oficio junto al saxofonista de sólo dos piezas musicales ⎯interpretadas con evidente falta de talento, pero con constancia⎯, el viejo lector del Tarot y los eventuales chamanes “llaneros”) es posible escuchar de parte de alguno de ellos que la manifestación de quienes vaticinan la “muerte” de la carrera séptima en realidad no fue muy concurrida.
La razón estará en que así como unos se van otros llegan.
Es cierto: se disfrazaron de momias y de la misma “pelona”, pero iban solos. La multitud continuó sus andanzas, trascendentes o no, e igual cosa hicieron los empleados de las cafeterías y los restaurantes populares y los funcionarios de las oficinas públicas y los peatones sin destino aparente y los propietarios de almacenes que comercian baratijas importadas de la China.
El editor de una revista urbana, observador pertinente, explicó a un colaborador suyo ⎯con quien reporteaba la protesta⎯ que era tan claro el perjuicio de algunos como evidente el beneficio de otros. “Cambiarán los personajes ⎯vaticinó⎯, se irán los almacenes de ropa costosa y los que fundamentaron el éxito en la llegada y salida de clientes en sus autos o en taxis, pero prosperarán quienes sepan o aprendan a capturar los transeúntes. A muchos podrán incluso deslumbrarlos. Entonces se dirá que peatonalizar resultó una bendición”.
Al contrario del anterior, un cuarteto de estudiantes muy jóvenes y un par de turistas no dijeron esta boca es mía, ni siquiera entre sí, a pesar de que se conocían, sino que se fueron directamente hasta el puesto donde suponían que alquilaban bicicletas y se sorprendieron porque sólo les pidieron posar para una fotografía, mostrar sus documentos de identidad y firmar un compromiso de devolución. No les cobraron nada. Pronto estuvieron pedaleando, con sus cascos brillantes y nuevos.
Por su parte, un veterano profesor universitario, en uso de regular retiro, tuvo una ensoñación. Vio la carrera séptima llena de restaurantes con mesas en la calle y parasoles, a la manera de ciertos barrios de Paris en el verano. Pensó hacer una propuesta, pero luego recordó que no era un sueño suyo sino una breve información del diario de la mañana sobre la posibilidad de permitir a los comercios hacer precisamente eso a unos metros de sus locales. De todos modos, sonrió un poco y tosió con disimulo, sin caer en la cuenta de que no hubo testigos de su supuesta idea.
Dio dos pasos adelante y de pronto regresó. ¿A dónde se dirigía? No era preciso huir. En realidad se iba a sentar a jugar una partida de ajedrez allí en el sitio del caleño, en uno de los kioscos de metal. Se acercó, pues, y alquiló una mesa.
Lo vi pasar de largo y pensé que se había corrido ⎯dijo su contendor citado⎯, pero veo que no.
Claro que no, no iba a desperdiciar el placer de mi triunfo.
Veremos ⎯dijo el primero, al abrir el tablero y comenzar a disponer las fichas.
Esta escena ocurrió camino del Café Internet donde navego, me comunico y trabajo en ocasiones. Me había detenido a comprar una revista en el lugar. Al reanudar la marcha una chica atravesó la calle en patines y dos niños corrieron tras de ella. Entonces recordé otra escena antigua, guardada en la memoria. Una visión trágica.
Una abogada conocida, diez años atrás había intentado ir de una acera a otra sin tener en cuenta el tráfico. Llevaba mucha prisa. Se puso en instantes frente a un colectivo y resultó atropellada. Jamás supe si murió. Me quedó la imagen de su maletín volando por el aire y los papeles desperdigándose sobre el asfalto. Sólo pensé en el tiempo que habría gastado escribiéndolos y ordenándolos y en la inutilidad de todo ello.

© Fernando Iriarte M. Bogotá, 2012. © Especial para la edición de “Actualidad urbana”, agosto 27 de 2012.

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