Publicado el: Dom, Nov 22nd, 2015

CULPABLE O INOCENTE


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Escoltas2Por: Guillermo Serrato

  Al apacible motel del Norte poco entraban clientes en las horas del mediodía, lo que llevaba a que los dependientes que atendían en estas horas el negocio estuvieran ya familiarizados con un  automóvil azul oscuro que, para más señas, tenía placas oficiales y del que descendían su conductor, maduro y apuesto, siempre serio y con gafas oscuras, y la misma damita caderona y esquiva, con poco maquillaje y una infaltable bufanda al cuello, que levantaba un poco para cubrirse parcialmente el rostro. Desde que llegaban él acostumbraba pedir el  almuerzo de ambos al cuarto, con una cerveza y una cocacola. Venían alrededor de dos veces por semana, siempre de prisa, y al salir precipitadamente ella iba maquillándose con ayuda del espejito del carro.

 

   Natalia y Rolfe trabajaban  en una entidad oficial del centro de la ciudad, ella como secretaria y Rolfe como conductor de confianza de uno de los altos funcionarios. Allí se conocieron, en los largos intervalos de cada mañana en que Rolfe debía estar a la espera de órdenes del ejecutivo y Natalia, en el corredor donde estaban alineados los cubículos de las secretarias, lo veía pasar una y otra vez y le admiraba su aspecto varonil que debió adquirir,  pensaba, cuando fue militar. Natalia lo impresionó por la armonía de sus veinticinco años, sus pecas, su cuerpo pequeño y atractivo, y su cara de niña curiosa. Allí, saludándose las primeras veces con formalidad y luego gradualmente con miradas cargadas de intención, se fueron enamorando.

 

   Hasta que un día Rolfe se atrevió:

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   “¿Quiere almorzar conmigo? Conozco un sitio aquí cerca que sirve unas sopas como para pedir repetición…”

   “¡No!… ¿No ve que la sopa engorda?…”

   “Ah… bien, otro día será…”

   “¡No, Rolfe, venga!… ¿Y como qué otras cosas sirven allá?”

   “De todo, Natica… ¡Seguro que no se va a arrepentir!”

   La invitación se repitió luego un par de veces, la intimidad fue aflorando, las miradas eran cada vez más espaciadas y las manos más febriles a la hora de las furtivas caricias, para luego llegar a otro punto decisivo de la relación.

   “He pensado pedirle el carro prestado al jefe al mediodía… Si me lo presta, ¿te gustaría que fuéramos a almorzar a otro sitio en donde no haya tanto peligro de que nos vean juntos?”

   “Y… ¿es que él te lo ha prestado antes alguna vez?”

   “Sí. Yo le digo que quiero ir hasta mi casa a almorzar y él me responde que hoy no se puede porque me necesita para ir a tal o cual parte, o llegado el caso me contesta que vaya, pero que regrese puntual…”

   “Bueno, Rolfe, no sé… ¡Déjame pensarlo!…”

   Así empezaron los viajes precipitados en las dos  horas de almuerzo, y cuando, ardorosos y soñadores, no les alcanzaban ya las escapadas al motel para dar paso a su pasión y a las  promesas de amor eterno,  resolvieron citarse también para la mañana de los sábados. Ella explicó en casa que tenía deseos de hacer un curso de contabilidad de nueve a doce los sábados en el instituto

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Triángulo, y tanto el esposo como la suegra, igual que siempre, estuvieron de acuerdo, tanto confiaban en sus decisiones correctas y juiciosas.

   Porque Natalia era casada.

   Fabricio, su esposo desde hacía cinco años, le había parecido siempre el hombre perfecto, pues era bueno y cariñoso, casero, ordenado, estudioso, con un alto empleo en un ministerio donde era la persona responsable nada menos que de la gigantesca nómina, con muy buen ingreso mensual, de profesión contador… ¿Qué más podía pedir ella, que no pudo pasar de bachiller porque los recursos de la madre no alcanzaban para más? Es cierto que sus condiscípulos la molestaban por el pobre aspecto del novio, con sus grandes gafas de miope y su caminar descansado, su barriga ya notoria a pesar de tener solo treinta y cinco años, o como ellos repetían, “un novio feo integral”.

   Fallecido su padre, Fabricio, que era hijo único,  siguió viviendo con la madre, ahora viuda y sola, y cuando se ennovió con Natalia y la trajo a casa para presentarlas, la química surgió entre ellas espontáneamente, al punto de que luego del matrimonio vivieron los tres en la casa paterna, donde todo era deferencia y cariño, colaboración y buen entendimiento. Aunque una cosa faltaba: no tuvieron hijos.

    Pero Rolfe, cada vez más enamorado de Natalia, iba alimentando más y más unos celos terribles. Pensaba impotente que cada noche Fabricio estaba junto a ella. Y en la decisión que finalmente tomó jugaron papel importante su experiencia con

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armas y su familiaridad con personas capaces de manejarlas aun contra otras personas. Primero buscó a Nivio, su antiguo amigo y compañero en la vida militar, a quien encontró desempleado y rezongando de su mala suerte, pensando volverse a su tierra en procura de alguna actividad lucrativa. Coordinó con él el plan y le anticipó algún dinero a buena cuenta. Entre los dos localizaron a Ducuara, otro colega de los cursos de entrenamiento, quien ahora manejaba un taxi en Bogotá, y los tres se tomaron algunos tragos juntos “para recordar los viejos tiempos”, al decir de Nivio. Solo que al conductor no le confiaron el plan en que se encontraban.

   Movido por el impulso potente de sus celos, Rolfe había recorrido muchas veces el barrio de Natalia y conocía las rutas de buses, las vías de escape y los demás detalles. Escondido tras los árboles del parquecito había visto tantas veces a Natalia y a Fabricio llegar el sábado a las ocho y media al paradero, donde se despedían con un beso cariñoso. En otros días los había seguido desde la casa para presenciar, ahogado en su rabia,  la misma escena amorosa de la pareja.

   El sábado escogido llamaron a Ducuara.

   “Hermanito, ¿qué estás haciendo?”

   “Nada raro, hermanito… ¿Para qué soy bueno?”

   “Qué bueno, hermano, porque estoy con Nivio y queremos que nos recojas como en media horita aquí en la sexta frente al montallantas… Es para una vuelta cortica…”

   “Pa’ luego es tarde, hermanito. ¡Allá les caigo!”

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  Una vez los tres en el carro le dieron la dirección del parquecito donde estaba el paradero de los buses,  y ya allí le pidieron que esperara un momento, mientras llegaban unos amigos. Los dos intercambiaban miradas en silencio y mantenían los ojos fijos en la ruta acostumbrada de la pareja. Cuando los avistaron, Rolfe hizo un gesto y Nivio descendió rápidamente y fingiendo esperar transporte se acercó a la puerta de entrada de la buseta. Muy cerca de ellos los vio besarse y a Natalia subirse al vehículo, que aceleró y se fue. Mientras ella pagaba el pasaje oyó los disparos y giró asustada la cabeza para ver con horror a Fabricio caído boca arriba en el suelo. Gritó desconcertada y corrió hacia la puerta de salida. El chofer sorprendido detuvo el vehículo y ella descendió precipitadamente y dejando dentro del bus uno de sus zapatos. Ya en tierra corrió enloquecida y se arrojó sobre el cuerpo de Fabricio para tratar de levantarlo poniéndole los dos brazos alrededor del cuello.

   “¡Párate, mi vida, párate!… ¡Ay, Dios mío!… ¡No me dejes, mi vida, no…, no me dejes!…”

   De alguna parte aparecieron la ambulancia y los paramédicos con la camilla blanca, y se lo llevaron en silencio. El silencio que llega después de la muerte.

 

   Mientras tanto, Nivio  guardó  el arma y corrió hacia el taxi, dentro del cual Rolfe y Ducuara habían observado todo lo ocurrido y ahora se enfrentaban a gritos.

   “¿Qué pasa, Rolfe?… ¿Ustedes qué están haciendo?… ¿En qué lío me están metiendo?… ¡O me explica o me pierdo de aquí…!

 “¡Tranquilo, hermano, no tienes que preocuparte! A vos nada te va a pasar… ¡Es un arreglo de cuentas con ese man, y ya!”

   “No, Rolfe… ¡Tenía que haberme dicho antes porque yo no me presto para algo así! ¡Usted sabe que yo tengo problemas viejos con la justicia y no puedo hacer esto!… ¡Mejor me pierdo, y si te he visto no me acuerdo!

   Nivio llegó cuando Rolfe tenía su arma sobre la cabeza del conductor y le gritaba amenazante.

   “!Un momentico, mi hermano… o haces lo que yo te diga o hasta aquí llegamos!… ¡Prenda y coja la sexta!

   “Mejor vamos hacia el sur, y escondemos el carro en el taller de mi hermano…” Propuso Nivio con voz agitada por la carrera.

   “¡Cómo se le ocurre! Allá nos pillan rapidito… Ducuara, ¡coja la sexta y voltee en Puente Aranda hacia Kennedy!”, ordenó Rolfe cada vez más desesperado.

   Lo demás fue vagar y vagar de un barrio a otro y escuchar el radio del carro, con Ducuara silencioso y a veces suspirando y murmurando por lo bajo.

   “Pare allí para echar gasolina”.

   “Quiero ir al baño…, ¿me esperan?”, intentó Ducuara.

   “Nanay, hermanito… Luego de tanquear  yo lo acompaño, no vay se pierda…”

   Hacia las doce Nivio bajó por sánduiches y botellitas de té. Luego continuaron dando vueltas y fueron a Suba, siempre a media marcha y con Rolfe disponiendo la vía a tomar para eludir

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los puestos de policía. Y el noticiero radial contando detalles del crimen del momento, el asesinato de un hombre en la vía pública por desconocidos.

   Hacia las tres de la tarde, dominados todos por la fatiga,  Rolfe ordenó a Ducuara que los dejara en cierto lugar, y le advirtió que nada de soltar la lengua si no quería represalias. Le dio doscientos mil pesos, que Ducuara no se molestó en contar, y le prometió otro tanto para más adelante. Pero una vez descendieron Nivio y Rolfe, el asustado conductor aceleró hasta el primer teléfono público, y allí llamó a la policía para referir precipitadamente  los hechos que acababa de protagonizar sin proponérselo. Le creyera su versión o no, el agente que atendió su llamada le ordenó permanecer en el sitio sin moverse de allí,  lo que Ducuara cumplió  muy a su gusto y con una gran sensación de alivio.

   Pero no ocurrió, como él ingenuamente se imaginaba, que el trato de los que aparecieron en el lugar fuera considerado con quien había colaborado con la justicia al llamar para contarlo todo. Por el contrario, le pidieron las llaves del taxi, lo esposaron y lo condujeron a lo que sería su primera noche de detención como coautor del homicidio. A los cuatro meses de llevarlo  y traerlo  por fiscalías y juzgados y de explicar los hechos una y otra vez, finalmente le otorgaron libertad provisional con obligación de presentarse cada lunes.

    La investigación se apoyó en las llamadas por los teléfonos celulares entre Natalia y Rolfe, entre Natalia y el esposo, y por supuesto entre Rolfe y Nivio. Esta prueba contribuyó como ninguna a poner las cosas en su lugar. El expediente que la

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Fiscalía envió al juez de conocimiento tenía seis cuadernos y ochocientos folios.

   Nivio nunca fue apresado.

   Rolfe hacía creer a sus hermanos y parientes que era inocente, y así logró por meses la ayuda de algunos para rehuir la detención, aunque nunca faltaba la duda:

   “Y si eres inocente, ¿por qué no mejor te entregas?”

   Finalmente fue a parar a  un cuarto sin agua ni luz  que tenía puerta a la calle pero que estaba incomunicado con el resto de la casa. Un tío suyo anciano y buena gente se acercaba sigilosamente dos o tres veces por semana para dejarle alimentos y tal cual medicina, y para proveerlo de  botellas plásticas para la orina y periódicos para lo demás.  Pero un día la policía siguió al anciano… Para entonces, luego de tres años del homicidio, Rolfe estaba acabado por dentro y por fuera: había perdido parte de sus dientes, el pelo era un desastre, los zapatos se le habían acabado y también la ropa interior, se abrigaba apenas con un saco viejo y maloliente, tenía la mente extraviada y su estado de ánimo ni para qué contarlo.

   En la diligencia de indagatoria cerró con broche de oro:

   “Natalia fue la que me dijo que lo hiciera… Todo fue planeado entre los dos…”

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