¿CRIMEN  RECORDAR?


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flores-osarios--647x400 (2)Por: Héctor Pineda S.//

No fue difícil localizar al sindicado. El encargado de entregar la citación emanada del despacho judicial, había localizado la dirección en el buscador de las redes sociales. “El líder está enterrado en el panteón de los personajes ilustres del Cementerio Central”, leyó.

Bien temprano en la mañana, cuando el indigente que se extravió en los fantasmas de los alucinógenos baratos, que acostumbra a pedir limosnas en el semáforo de la avenida, aún dormía  envuelto de trapos sucios y roídos al pie de la reja de barrotes de hierro carcomidos por el óxido de la puerta principal de ingreso al cementerio, debajo de la sombra de los cipreses añejos, el funcionario judicial llegó con el escrito expedido por el despacho judicial del caso, días antes. Pasó por encima del cuerpo dormido, empujó con la punta de los dedos la reja que se entreabrió emitiendo un chirrido semejante a los ruidos con los que se ambientan las películas de terror de las noches de finales de octubre.

La mañana era triste y húmeda, recordó. Caminó por el camino empedrado de ladrillos en el cual, a lado y lado, se levantan los mausoleos de vírgenes y ángeles de la muerte esculpidos con mármoles helados de minas de países lejanos. La brisa de la mañana venía envuelta en el aroma de las flores podridas. Antes de depositar con el rigor del ritual con el que se notifica a un procesado por la justicia, el funcionario sintió que el frío de la muerte la calaba los huesos. Se estremeció.

“La Corte, Sala Penal, Secretaría” se leía en el margen superior del texto debajo del dibujo del escudo de la República, seguido de la fecha, treinta años después, el formal asunto y número de radicado, el nombre del implicado citado, tildado de “doctor” y un texto de distante brevedad con los que se redacta la letra y rigor jurídico de los despachos judiciales. Decía que en la brevedad, al recibo de la citación debía comparecer ante el juez de la causa, a partir de la hora señalada, para recibir el testimonio sobre los sucesos del Palacio de Justicia. Culminaba la perentoria citación judicial indicando el lugar el cual se llevaría a cabo la diligencia y rematada con el garabato de firma del Juez que lleva el proceso.

Las palabras y peticiones que desde el mundo de los vivos se hacen al universo de los muertos, no se sabe por qué desconocidos y secretos caminos, llegan a los oídos y ojos de los muertos. Así se enteró de la diligencia judicial. Leyó y, sin perder tiempo, inició los trámites para pasar a este lado de la vida. Aunque al principio sintió algo de perturbación de su descanso en paz desde aquel fatal 26 de abril, cuando la vida se le escapó por los orificio de las balas disparadas por el sicario, y de la también perturbación cuando sus huesos fueron removidos para indagar desde las ciencias forenses detalles que se habían escapado a la investigación preliminar se había prometido concurrir a cuanta citación se le hiciera para esclarecer los hechos de nuestra historia llena de sobresaltos. Buscó la asesoría del abogado recién llegado, muerto por los dolores del cuerpo que sucumbió a una enfermedad mortal.

Estaba preparado. Relataría las reuniones donde se debatió el sobre la toma. Exhibiría los textos de los beneficios judiciales después de la guerra. Recordaría, como el procesado de la novela de Kafka, que el laberinto de la justicia no podía criminalizar el derecho a recordar. Sería el final de la historia. El escribiente tomó atenta nota.

tikopineda@gmail.com

Displaying 1 Comments
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  1. Pedro Cortés dice:

    Lo sospeché desde un principio: intriga, suspenso. Pero pensé que era aquí en la tierra, pero se fue más allá de Macondo, al otro lado de la vida.

    Saludos y felicitaciones.

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